Luis Carranza
Perú21, 15 de febrero del 2026
«A nosotros lo que nos interesa es atraer la mayor inversión posible, comerciar con quien quiera comprar nuestros productos y aprovechar la ventaja geoestratégica de nuestro país».
En el siglo I a.C., Sima Qian, el gran historiador chino, fue encargado por el emperador de visitar las regiones al oeste de China. Habían logrado controlar a las tribus nómades del norte y enviaron una misión de exploración a tierras desconocidas. En ese entonces gobernaba la región de Asia central el Imperio arsácida. Cuando regresó Sima Qian le dijo al emperador: “Son malos guerreros, son pésimos gobernantes, pero son extraordinarios comerciantes”. Ahí nació la Ruta de la Seda.
Evidentemente, no solo se comerciaba seda y no solo se refería al comercio de China con Persia. Había muchas rutas y productos que iban de un lado a otro: la seda de China, las especias de la India, el lapislázuli de Asia central, el trigo de Egipto, las vasijas de Bagdad, los caballos del valle de Fergana, la plata de occidente, las pieles de Escandinavia, infinidad de productos y rutas.
Luego del descubrimiento de América, surgen nuevas rutas comerciales, nuevos productos y nuevas dinámicas políticas, económicas y sociales, ahora sí de carácter global. A nivel de comercio se consolida el “triángulo maldito” entre Europa, África y América, cuyos tres vértices eran la plata, el azúcar y los esclavos. Potosí era una de las ciudades más ricas del mundo, con más de 600,000 habitantes cuando Madrid no era más que una villa.
Con la Segunda Revolución Industrial, la del hierro y el acero, era fundamental conseguir fuentes de energía baratas y más potentes que el carbón. Así que allí aparece la Ruta del Petróleo, que desde finales del siglo XIX y todo el siglo XX dominó el comercio mundial. La obsesión de Inglaterra para garantizar su acceso al petróleo la llevó a buscar el control territorial en Medio Oriente con acuerdos infames como el Tratado Sykes-Picot entre Inglaterra y Francia después de la Primera Guerra Mundial. Ese fue el inicio de una serie de intervenciones nefastas de Occidente en Medio Oriente.
El comercio ha sido consustancial al desarrollo de la humanidad. Es evidente que cada país o sociedad quiere sacar el mayor provecho posible y nosotros estamos en un momento crítico de nuestra historia en medio de un juego geopolítico entre EE.UU. y China.
En medio de la sustitución de fuentes de energía y la revolución digital e IA, el petróleo deja de ser relevante y los metales y las tierras raras entran a jugar un rol fundamental, en especial el cobre, que viene a ser para la IA lo que fue el petróleo para la Revolución Industrial. Así, el precio del cobre ha tenido dos cambios estructurales muy marcados: el primero por la fuerte demanda de construcción en China entre 2004-2014 y luego, desde inicios de esta década, por la fuerte demanda derivada de los centros de datos, las energías renovables, los vehículos eléctricos y la electrónica de consumo. Estamos entrando en la era de la Ruta del Cobre (ver gráfico 1).

En esta nueva era no solo importan los metales, sino también han cambiado los patrones de comercio. Hace 25 años el principal socio comercial de Sudamérica era EE.UU., pero hoy es de lejos China y por el fuerte crecimiento de los países asiáticos esos flujos comerciales con Asia tenderán a crecer aún más en el tiempo (ver gráfico 2).

Pero tenemos un problema geopolítico. Por un lado, China quiere tener acceso a esos recursos naturales y productos que necesita y, por otro lado, tiene un fuerte superávit comercial que tiene que invertir en el resto del mundo. Por el otro lado, EE.UU. quiere el control de los territorios con metales críticos y tierras raras, y quiere reducir la influencia de China en América (la nueva doctrina Monroe). El uso de la política arancelaria como instrumento de negociación en política exterior junto con la destrucción del multilateralismo, para avanzar en un bilateralismo que les permita negociaciones donde impongan sus intereses, ha generado una fuerte fragmentación del comercio mundial.
¿A Perú qué le interesa? No nos interesa alinearnos con ninguno. A nosotros lo que nos interesa es atraer la mayor inversión posible, comerciar con quien quiera comprar nuestros productos y aprovechar la ventaja geoestratégica de nuestro país que surgió recientemente a raíz de los nuevos patrones de comercio. Así, Perú se puede convertir en hub logístico en el comercio de Asia con Sudamérica. Pero eso requiere que nuestros gobernantes dejen de preocuparse por comer wantán o hamburguesa y se enfoquen en que el mundo coma nuestro cebiche.
A lo largo de nuestra historia hemos sido el territorio que albergó a las grandes civilizaciones en Sudamérica. Luego, durante el Virreinato, fuimos el centro administrativo más importante de Sudamérica durante tres siglos. Cuando en España, el Imperio más poderoso y rico del mundo en el s. XVI y s. XVII, querían referirse a algo muy valioso decían “Vale un Perú”. Esa preponderancia a nivel regional la hemos perdido en los dos últimos siglos de vida republicana. La nueva ruta del Cobre nos brinda la oportunidad de convertirnos en la nación más próspera de la región. Depende de nosotros no desperdiciar esta oportunidad.






