León Trahtemberg
Correo, 23 de enero del 2026
Le pedí a una inteligencia artificial que preparara un postre dulce con ají, curry, pimienta, ajo, cebolla, toronja, mantequilla y chocolate, con sabor a milhojas italiana. La IA obedeció. Mezcló todo. El resultado fue una receta técnicamente correcta e intelectualmente absurda.
La inteligencia artificial no tiene paladar. Tiene capacidad combinatoria. Puede unir ingredientes, conceptos o competencias, pero no percibe cuándo una mezcla resulta incoherente para la experiencia humana. Ahí empieza la analogía educativa.
Hoy pedimos a los estudiantes que acumulen competencias como quien arma una receta sin criterio: pensamiento crítico, creatividad, liderazgo, ciudadanía global, programación, educación emocional, emprendimiento, sostenibilidad, ética digital y trabajo colaborativo. El currículo se vuelve una despensa infinita y la educación, una suma de competencias sin dirección que obliga a convivir sin jerarquía ni propósito.
El resultado no es un estudiante integral, sino fragmentado, obligado a saltar de una competencia a otra sin comprender el sentido del conjunto.
¿Qué cambiar? Primero, dejar de diseñar la educación como un catálogo de competencias y empezar a estructurarla alrededor de grandes propósitos, preguntas o problemas que ordenen los aprendizajes. Segundo, reducir para integrar. Menos competencias simultáneas, trabajadas con mayor profundidad y continuidad, para que el estudiante pueda conectar lo que aprende.
Tercero, diseñar experiencias, no listados.
La IA puede mezclar ingredientes. El criterio pedagógico no se delega. Solo una educación con sentido cocina futuro.






