Jorge Zapata Ríos
Gestión, 10 de abril del 2026
Fragmentación, partidos débiles y candidaturas sin sustento evidencian la necesidad de reconstruir la representación política.
“El gran día ha llegado”, y ante un proceso electoral que arriba a su momento cumbre tocaría hacer un análisis sobre posibles resultados; sin embargo, un sistema político impredecible como el nuestro hace que toda apuesta, en ese terreno, resulte en extremo riesgosa, de manera que me abstengo de asumir tan compleja tarea. Por otro lado, se habrá advertido ya de lo incoherente que resulta la oración ePartidosntrecomillada, pues, en efecto, el adjetivo “gran” le otorga una inmerecida relevancia al sustantivo “día”, ya que es probable que la “esperada” fecha quede como una más en el calendario, en consonancia con el 95% de los postulantes al congreso cuya suerte se define ese día.

Ironías aparte, hay que decir, con toda claridad, que el sistema político electoral que nos rige no da para más y que requiere ser reformado a profundidad. No podemos ir a una elección con 36 candidaturas, la mayoría de ellas sin una estructura partidaria mínima que les permita –realmente– hacer política, y que a lo único a que juegan es a tentar suerte en una ruleta; como si la Presidencia de la República y la representación parlamentaria fueran premios a obtenerse en una alcanzable lotería de periodicidad quinquenal.
Por supuesto hay excepciones y postulantes que han hecho un gran esfuerzo por construir una propuesta amplia, articulada y seria, pero lamentablemente son los menos. Los más son los que compraron el huacho; algunos con la esperanza de obtener la bendición del soberano por obra y gracia del azar, y otros ni siquiera con esa pretensión, sino únicamente con la de aprovechar una buena oportunidad para hacer un lucrativo negocio.
Esto tiene que cambiar. Es demasiado importante lo que le encomendamos a estas personas y agrupaciones como para dejar su elección en manos del azar. Como nación tenemos que aspirar a un mejor modelo de representación política y como ciudadanos exigir, y por qué no, involucrarnos también en la construcción de propuestas serias y honestas. Necesitamos partidos políticos representativos de sectores de la ciudadanía, con una ideología clara, sólida y sostenida en el tiempo, con un trabajo permanente de inclusión en el tejido social del país, y con una labor constante de formación de cuadros.
Hoy los mejores ciudadanos no están en la política y esa es una tarea pendiente e impostergable que tenemos que asumir como peruanos. Hay que salir del hoyo profundo en el que nos encontramos. Pero es innegable, a su vez, que, por ahora, alguien tiene que gobernar, de manera que tenemos que buscar mecanismos que permitan que lo hagan mejor. La alternativa está en una efectiva y vinculante vigilancia independiente. Doy algunos ejemplos: el Acuerdo Nacional tiene políticas de estado consensuadas durante 25 años y el Consejo Fiscal el encargo de advertir sobre propuestas populistas que perforen la Caja Fiscal. ¿Por qué no otorgarles a estas dos entidades la capacidad de censurar normas que vayan en contra de las políticas de estado y de los intereses del país? Finalmente, si los políticos no hacen bien su tarea, un control ciudadano independiente puede contribuir a que gobiernen y legislen mejor.






