Iván Arenas
El Comercio, 24 de marzo del 2026
“Así de igual funciona el mito de las ‘concesiones ociosas’ en un proyecto de ley que, de aprobarse, liquidará las inversiones en la minería formal”.
Es 11 de marzo. El FBI inaugura su primera oficina en Quito. Antes, el presidente Álvaro Noboa ha firmado un memorando de entendimiento con el Departamento de Justicia de Estados Unidos. En el documento se incluye –por primera vez– la lucha contra la minería ilegal. “Minetorrismo”. Atención a ese neologismo. Son tiempos nuevos con palabras nuevas. Narcoterrorismo antes, hoy mineterrorismo: minería y terrorismo o terrorismo en minería.
Vatican News. Portal de información oficial de la Santa Sede. Es 19 de marzo. “No podemos comprometernos con proyectos de muerte; es un pecado. Debemos avanzar hacia una transición ecosocial integral y equitativa que proteja a los pueblos”. Quien dice esas palabras es monseñor Vicente Ferreira, obispo de Livramento de Nossa Senhora de Bahía, Brasil, el estado de Jorge Amado hecho por los “bandeirantes” y jesuitas. Ferreira estudió filosofía con los jesuitas. La Santa Sede ha organizado una Plataforma de Desinversión en el Sector Minero y apunta a las “experiencias” en el “sur global”, Latinoamérica entre ellas.
Ahora vamos al 16 de marzo. La Comisión de Energía y Minas del Congreso de la República, liderada por congresistas de Juntos por el Perú (JP), aprueba por mayoría un dictamen que modifica la Ley General de Minería, con el objetivo –dicen– de “fortalecer el régimen de concesiones y evitar la existencia de concesiones ociosas”. El mito de las “concesiones ociosas” –es posible– se convertiría en política pública.
Tres hechos sucesivos. Relevantes para un país “desorganizado políticamente”. Son hechos que en apariencia no están unidos, pero son parte de un mismo tenor: vivimos un “momento minero”. Ese “momento minero” refiere a un signo de los tiempos. Es un momento trascendente, una “coyuntura crítica” como se le suele llamar. Por un lado, la revolución tecnológica –la cuarta revolución industrial–; que clama por minerales “críticos” (cobre, mucho cobre sobre todo) y, por el otro, tres noticias de vital relevancia para el país. Veamos.
Si el FBI está en Ecuador, entonces, más temprano que tarde, mirará al Perú. Hay mucha minería ilegal entre Ecuador, Colombia y nuestro país. La Cordillera del Cóndor es hoy una meca de ilegales mineros. Según el IPE, la ilegalidad en minería habría producido y exportado más de 100 toneladas de oro, lo que representa más de US$11.500 millones. Frente a nosotros hay una industria criminal e ilegal. Los capos –las familias feudales que coleccionan Reinfo y algunos dueños de plantas de procesamiento que camuflan producción ilegal e informal– deben estar atentos. El activo embajador estadounidense ya se habrá dado cuenta de que la ilegalidad en minería atraviesa la sociedad peruana, paga corruptos y, sobre todo, lava activos en paraísos fiscales.
La segunda noticia. La Santa Sede ha creado la Plataforma de Desinversión en el Sector Minero. Atentos a lo siguiente porque no es con el “apoyo” del Vaticano. Es el mismo Vaticano el que crea esta “plataforma” (promovida por la asociación “iglesias y minería” y respaldada por 40 instituciones, todas católicas) y busca “la justicia climática reconociendo sus raíces estructurales (…) la minería desempeña un papel clave en la crisis climática, la desigualdad global y la carrera armamentista, ya que sustenta los patrones de consumo en el Norte Global”, dice en un documento. En los próximos meses, la “plataforma” o el propio Vaticano –del peruano por elección (y corazón) León XIV– desarrollará una intensa campaña contra la minería formal y moderna que en el Perú es un motor antipobreza y generador de clases medias emergentes. Somos una república del cobre con proyectos y reservas mineras para poder reducir la pobreza a un dígito, pero el mito posextractivista –ahora del mismo Vaticano– funciona a todo trapo.
Así de igual funciona el mito de las “concesiones ociosas” en un proyecto de ley que, de aprobarse, liquidará las inversiones en la minería formal (pequeña, mediana o grande), industria que mira los plazos de “onda larga” y solicita concesiones que siempre están en exploración geológica como un activo de ampliación. Las “concesiones ociosas” no son sino un invento para legitimar las invasiones de concesiones de terceros.






