Iván Alonso
El Comercio, 30 de enero del 2026
“Fue la recuperación de la confianza empresarial […] lo que finalmente sacó a los Estados Unidos de la Gran Depresión”.
“False Dawn” (Falso Amanecer) del economista George Selgin es el primero de la lista de mejores libros de economía y negocios del 2025 publicada por el “Wall Street Journal”. Selgin, uno de los principales especialistas en historia monetaria, aborda en este libro una cuestión fundamental para el entendimiento de la macroeconomía: ¿por qué demoraron tanto los Estados Unidos en recuperarse de la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado?
La sabiduría convencional sostiene que el New Deal del presidente Franklin D. Roosevelt fue una respuesta “keynesiana” para reanimar la economía, en alusión a John Maynard Keynes, el economista británico para quien el origen del problema era una falta de demanda, y la solución, un aumento del gasto público. Pero Keynes, dice Selgin, no era una fuente de inspiración para Roosevelt: en primer lugar, porque, aunque era conocido y respetado a ambos lados del océano, no había alcanzado el status de celebridad que alcanzaría años después con la publicación de su Teoría General; segundo, porque no faltaban economistas estadounidenses que recomendaran un aumento del gasto público; y más importante aún, porque Roosevelt era un presidente fiscalmente conservador.
Su inspiración venía, más bien, del Brains Trust, una especie de “consejo de sabios” con instintos planificadores, que se abocó a la tarea de subir los precios de los productos agrícolas e industriales –uno de los principales síntomas de la Gran Depresión– por el contraproducente método de restringir la oferta. La National Industrial Recovery Act de 1933 estableció una serie de códigos laborales que subieron los costos de producción y que solamente consiguieron reducir el desempleo dividiendo un mismo trabajo entre dos personas.
Roosevelt, además, desplegó una gran hostilidad hacia la “realeza económica”, que es como se refería a los empresarios. “Son unánimes en su odio hacia mí”, dijo una vez en un mitin, en el Madison Square Garden –con qué base, vaya uno a saber–, “y su odio es bienvenido”. Meses antes había propuesto al Congreso un impuesto a las utilidades no distribuidas, que penalizaba la reinversión.
Todo cambió con las elecciones congresales de 1938. Una coalición de republicanos y demócratas del sur tomó control del Congreso y mandó a la papelera las reformas del Brains Trust. La retórica antiempresarial cedió, y la empresa privada respondió con celeridad a las demandas de material de guerra de los futuros aliados europeos. La inversión privada volvió, después de 16 años, al nivel de 1929, y siguió creciendo casi ininterrumpidamente otros 20. Fue la recuperación de la confianza empresarial, concluye Selgin, lo que finalmente sacó a los Estados Unidos de la Gran Depresión.






