Iván Alonso
El Comercio, 23 de enero del 2026
“Si la mejor política comercial es reducir al mínimo los aranceles, la mejor respuesta a su uso coercitivo por un gobierno extranjero es también reducir al mínimo los propios”.
Formalmente es el Instrumento Anti-Coerción o ACI, por sus siglas en inglés, pero en las redes se la llama la “bazuca comercial”. Consiste en una serie de medidas, como aranceles y otras restricciones al comercio internacional, que se activan en respuesta a medidas similares impuestas por otros países contra las exportaciones de la Unión Europea.
El ACI fue adoptado en noviembre del 2023. No es, pues, una respuesta a los mal llamados aranceles recíprocos impuestos por el presidente estadounidense Donald Trump en su segundo mandato, aunque quizás Europa anticipara que, de volver al gobierno, sería aún más proteccionista de lo que fue en el primero.
La bazuca estaba lista para dispararse el 7 de febrero, luego de que entrara en vigor el arancel del 10% anunciado por Trump para los productos de Dinamarca y otros siete países europeos por su resistencia a que Estados Unidos tome el control de Groenlandia, arancel que en unos meses subiría al 25%.
El efecto inmediato de ese anuncio fue la caída de las bolsas europeas, especialmente de las acciones de los fabricantes de artículos de lujo, como BMW y LVMH Moët Hennessy Louis Vuitton (que, por si usted no lo ha notado, produce el champán Moët & Chandon, el coñac Hennessy y las carteras Louis Vuitton), que tienen un mercado grande en los Estados Unidos.
Del mismo modo, la bazuca apunta a algunos grandes exportadores estadounidenses, como Boeing y Harley Davidson, pero también al sector agrario y a la industria de alimentos y bebidas, donde el daño se extendería sobre miles de exportadores más chicos. Se estima que, en total, entre US$90.000 y US$100.000 millones de exportaciones estadounidenses serían afectadas.
Como es obvio, los aranceles pueden ser usados como un arma coercitiva o disuasiva porque causan daño al adversario, pero sobre todo porque ese daño es visible. Los políticos pueden decir, en uno y otro caso, que están haciendo algo en beneficio de su causa. Pero hay otro daño invisible que callan o ignoran, y es el daño a sus propios ciudadanos como consumidores, pues pagarán precios más altos y comprarán menores cantidades de los productos que antes importaban sin aranceles.
Si la mejor política comercial es reducir al mínimo los aranceles, la mejor respuesta a su uso coercitivo por un gobierno extranjero es también reducir al mínimo los propios. El daño causado a los exportadores del otro país nunca es suficientemente grande como para persuadir a su gobierno de deponer las armas.






