Ian Vásquez
El Comercio, 3 de marzo del 2026
“Que Trump ahora esté librando una guerra masiva sin un plan claro o coherente no pinta bien”.
El presidente Donald Trump ha llevado a Estados Unidos a una guerra con Irán, que rápidamente se ha vuelto regional, sin ni siquiera consultar con el Congreso. Eso es inconstitucional dado que, bajo la Carta Magna, solo el Congreso puede declarar la guerra. Previos presidentes estadounidenses, por lo menos, típicamente obtuvieron autorización del Legislativo antes de incurrir en acciones bélicas mayores.
El gobierno de Trump tampoco ha explicado bien por qué se ha bombardeado a Irán, por qué ahora y cuáles son los objetivos exactos de la intervención militar. Las explicaciones han sido incoherentes y frecuentemente difíciles de creer o contradictorias.
Trump dijo que Irán representaba una “amenaza inminente”, a pesar de haber declarado, hace tan solo ocho meses, que Estados Unidos había anulado el programa nuclear iraní por completo al haber bombardeado sus instalaciones. Así también contradijo la información que la inteligencia estadounidense compartió con el Congreso.
No se sabe si el objetivo de esta guerra es simplemente asegurar que Irán nunca obtenga armas nucleares, como ha sugerido el vicepresidente J. D. Vance; el cambio de régimen y la toma del poder por las fuerzas democráticas iraníes, como ha sugerido Trump; u otra cosa. Trump ha dicho que solo le interesa la libertad de los iraníes, a la misma vez que ha afirmado que está dispuesto a negociar con lo que queda del régimen: “Lo que hicimos en Venezuela, creo, es el escenario perfecto”.
La idea de que Estados Unidos mantendrá al régimen en el poder con otros de sus líderes difícilmente sería bienvenida por la gran mayoría de iraníes que, con razón, están celebrando la muerte del ayatolá Ali Jamenei. Ese arreglo no es ideal tampoco en Venezuela, donde hay sospechas de que podría no ser temporal.
Además, Irán no es Venezuela. No es un país unido con una oposición bien organizada que tiene legitimidad ganada en las urnas, y sin todo tipo de divisiones. La oposición iraní no tiene líder y está fracturada de forma ideológica, generacional y hasta geográficamente, según la descripción de Sanam Vakil y Alex Vatanka en su artículo en Foreign Affairs.
Incluso si llegara a colapsar el régimen actual y no le siguiera un régimen más represivo, la tarea de gobernar que le tocaría a una oposición encontrada no sería nada fácil. Aun así, de acuerdo con Anne Applebaum, Estados Unidos no parece tener un plan para que los iraníes puedan “formar un Estado Iraní legítimo” luego de estas acciones militares.
Trump fue electo criticando a sus predecesores por su aventurismo militar extranjero y prometiendo que nunca empezaría guerras eternas. Hace menos de un año, en un discurso en Arabia Saudita, Trump enfatizó ese tema: “Al final, los llamados constructores de naciones destruyeron muchas más naciones de las que construyeron”. Agregó que “intervenían en sociedades complejas que ni siquiera ellos mismos comprendían”.
Que Trump ahora esté librando una guerra masiva sin apoyo del Congreso, sin evidencia de una amenaza iraní inminente y sin un plan claro o coherente, no pinta bien para el éxito de la misión. Las encuestas en Estados Unidos ya están mostrando un nivel muy bajo de apoyo al bombardeo en Irán (solo el 25%), algo que se espera bajará en el tiempo y que, políticamente, le complicará a Trump sostener la misión.
Ojalá que caiga el régimen, uno de los más odiosos del planeta, y que los iraníes puedan recuperar su libertad. Pero lograr eso será mucho más complejo que con la matanza del ayatola y su cúpula criminal.






