Gabriel Daly
El Comercio, 13 de abril de 2026
“Los debates no derribaron al puntero, pero sí ayudaron a definir quién seguía en carrera”.
Al cierre de esta edición, quedó claro lo que ya anticipaban las encuestas: Keiko Fujimori mantuvo la delantera. La boca de urna también confirmó que la disputa se concentró en el segundo lugar. Sin embargo, sigue sin definirse qué partido acompañará a Fuerza Popular en la segunda vuelta, pues los primeros resultados mostraban un cuádruple empate. La jornada, además, estuvo marcada por fallas logísticas de la ONPE, que obligaron a ampliar el horario de votación y a otorgar dispensa a quienes no pudieron sufragar por la no instalación de sus mesas.
Más allá de los graves problemas logísticos, que golpean la credibilidad de los resultados y de la institución, conviene observar qué ocurrió en estas dos últimas semanas. Algo que muchos analistas prefieren minimizar: los debates sí influyeron en la campaña.
No cambiaron por completo el tablero ni fabricaron a un puntero. Hicieron algo más sutil y, a la vez, más decisivo: depuraron al electorado y ordenaron la disputa entre quienes realmente tenían opciones de pasar al balotaje.
Ese es el punto: en campañas fragmentadas, los debates no suelen producir ganadores; funcionan, más bien, como un filtro. Separan a quienes transmiten claridad de quienes se desdibujan; a quienes dejan una idea en la mente del electorado de quienes pasan sin dejar huella; y, sobre todo, a quienes conservan el control de quienes cometen un error en el peor momento.
La evidencia de esta campaña apunta en esa dirección. Tras la primera ronda de debates, una parte del electorado que oscilaba entre la indecisión, el voto en blanco y el voto nulo empezó a tomar posición. Según Datum, este bloque del electorado cayó de 35,8% a 23,9%, una variación que sugiere que los debates empujaron definiciones.
El voto se dispersó menos y la pelea por el segundo lugar empezó a ordenarse. Ahí se jugó la parte más intensa de la campaña. Ricardo Belmont creció en la recta final gracias a una intervención con un lenguaje muy sencillo. Jorge Nieto ganó visibilidad con un perfil más sobrio y una confrontación política selectiva, aunque su avance fue más limitado. Rafael López Aliaga, en cambio, mostró señales de desgaste: su estilo áspero empezó a rendir menos en una etapa en la que cada exceso se castigaba más. César Acuña volvió a quedar rezagado, sin convertir la exposición del debate en un reposicionamiento real.
¿Por qué ocurrió eso? Porque el formato premió la síntesis, la presencia escénica y la capacidad de impacto por encima de la profundidad programática. Los tiempos breves y la lógica del cruce favorecieron la frase eficaz, el gesto calculado y la intervención memorable. En ese terreno no siempre se impone quien propone mejor, sino quien deja una impresión más nítida.
La recta final dejó de ser una competencia de propuestas para convertirse en una prueba de control. Y allí los errores pesaron más que nunca. También quedaron expuestos quienes recibieron una oportunidad y no supieron capitalizarla.
Los dos últimos debates no crearon una tendencia nueva. La consolidaron. Confirmaron percepciones, aceleraron pequeños desplazamientos y legitimaron candidaturas que ya venían creciendo en silencio. No redibujaron la competencia, pero sí terminaron de decantarla.
Por eso, sería falso decir que los debates no sirvieron de nada. Y también sería exagerado afirmar que cambiaron la elección. Su efecto fue menos espectacular de lo que sostienen unos y más importante de lo que admiten otros. No derribaron al puntero, pero sí ayudaron a definir quién seguía en carrera.
Los debates finales no fueron un terremoto electoral. Fueron el último filtro de la campaña. Y, en una elección como esta, ese filtro terminó de definir quién llegaba con vida política al día de la votación. La segunda vuelta exigirá menos estridencia y más control: a estas alturas, puede resultar más decisivo evitar el error que forzar el acierto.






