Anthony Laub
Perú21, 4 de marzo del 2026
«Las elecciones están a pocas semanas y la incertidumbre respecto de quiénes pasarán a una segunda vuelta persiste».
Cuando uno es adolescente sueña con gobernar el tiempo para acelerar las etapas y crecer lo más pronto posible. A la inversa, cuando ya ha crecido, sueña con controlarlo para hacerlo transcurrir más despacio y prolongar los segundos. Aspiramos a ser una suerte de Cronos, creyendo que así dominaríamos el tiempo. Pero, en rigor, Cronos no encarnaba el control del fluir temporal, sino la certeza de que todo lo que comienza necesariamente termina. El tiempo, en cambio, es lineal, uniforme e inexorable.
El quinquenio que se inició con la elección del golpista Pedro Castillo, seguido por la sucesión de la inoperante de Dina Boluarte, el turbulento tránsito político de Jerí y el arribo —tras un proceso inconstitucional y poco transparente— a una figura lóbrega como José María Balcázar, ha llevado a muchos a desear que el tiempo pudiera acelerarse para que este ciclo político concluya cuanto antes y llegue, por fin, el 28 de julio.
No han transcurrido aún cinco años desde que Castillo, de la mano de Perú Libre —una suerte de Caballo de Troya para la democracia—, fue elegido. Sin embargo, la acumulación de crisis, confrontaciones y episodios traumáticos ha distorsionado nuestra percepción, haciendo que este periodo se sienta mucho más extenso de lo que objetivamente es. La política también altera la vivencia del tiempo.
Las elecciones están a pocas semanas y la incertidumbre respecto de quiénes pasarán a una segunda vuelta persiste. Entre la pléyade de candidatos a la Presidencia, menos de un puñado exhibe un perfil que podría considerarse decoroso para aspirar al cargo. Pensar que un electorado que fue capaz de elegir a alguien tan limitado como Castillo ha aprendido la lección puede resultar, cuando menos, optimista.
Nos queda seguir contando los largos segundos que nos concede Cronos, la esperanza de una decisión más prudente o, en su defecto, invocar a la diosa Fortuna para que la contienda final se dirima entre aquellos candidatos que ofrezcan menores riesgos institucionales. Porque si algo ha demostrado este quinquenio es que el deterioro no tiene piso ni se detiene solo: se acumula. El tiempo no puede gobernarse; las decisiones, sí.
P. D. En una columna anterior, al referirme a la conducta de Jerí, señalé erróneamente que correspondían la renuncia o la censura, cuando en realidad debí mencionar la renuncia o la vacancia.






