Andrés Balta
Perú21, 9 de abril del 2026
Estoy seguro de que muchas personas de buena voluntad en el Perú están alegres y felicitan efusivamente la decisión de la Corte Suprema de Justicia, notificada esta semana, que declaró nula la prohibición de tercerizar actividades que forman parte del núcleo de una empresa, así como el malhadado Decreto Supremo N.° 001-2022-TR.
Esta desdichada y fatídica norma, hoy expulsada íntegramente del ordenamiento legal, fue la que un 23 de febrero de 2022, antes de las 12 de la noche, un sujeto con sombrero, golpista y hoy preso, y su ministra de Trabajo promulgaron para decir lo que la ley de tercerización empresarial no decía, así como para hacer lo que dicha ley y la Constitución han reprochado siempre, que hoy, recientemente, se ha anulado.
La sentencia no solo ha corregido medidas que afectaban gravemente la competitividad y el empleo formal en el Perú, sino que ha desaparecido una norma legal hecha exprofesamente para destruir la tercerización empresarial y para establecer —como regadera de pólvora— un sinfín de contingencias y responsabilidades empresariales, con el vomitivo y diabólico plan de herir de muerte a muchísimas empresas en el Perú. En esa medida, nuestra Corte Suprema ha aplastado, sin misericordia, graves e indignas traiciones al trabajo, al éxito y a la prosperidad de nuestra patria.
La norma dejada sin efecto generó incertidumbre, frenó inversiones y puso en riesgo miles de puestos de trabajo formales en sectores clave para la economía. La eliminación de este “engendro del sombrero” ha devuelto predictibilidad a las empresas y fortalecido la confianza de quienes apuestan por el país.
Vaya mi más rotunda felicitación a los vocales Calderón Puertas, Grossmann Casas, Álvarez Olazábal y Linares San Román de la Sala de Derecho Constitucional y Social Permanente de la Corte Suprema de Justicia de la República por el enorme alcance y lo mucho que significa su sentencia para nuestra patria, dejando muy claro que no se puede regular ni normar contra la ley, a través de norma subsidiaria de inferior jerarquía, distorsionando al país entero y a su valiosísimo funcionamiento.
Acordémonos que hemos sufrido como madres los estropicios, destrucciones e indignidades surgidas de comicios que eligieron un sombrero sin cabeza. Para muestra ya no está, pero estuvo el engendro del sombrero que la Corte Suprema mandó al basurero del que nunca debió salir. Sufrimos, sí, pero dejamos de sufrir como madres. Eso es —precisamente— lo que pido a todos en las elecciones generales de este domingo.






