Alejandro Pérez-Reyes
El Comercio, 13 de enero del 2026
“Así las cosas, debemos empezar el 2026 decididos a ver mucho más allá del fin del año, incluso más allá de los cinco años del próximo Gobierno. Toca pensar en el futuro y para esto no bastan las buenas intenciones”, escribe Alejandro Pérez–Reyes, CFO de Credicorp y del BCP.
Tan común como trazarse metas para un año que recién empieza es terminarlo y darnos cuenta de que, muchas de ellas, quedaron en nada. Por un lado, porque las buenas intenciones suelen quedarse en eso cuando no se acompañan de un método o un sistema para materializarlas. Por otro, porque los mejores planes, sobre todo en el terreno financiero, no rinden frutos en horizontes de apenas un año. De hecho, el mejor propósito que podríamos plantearnos para el 2026, como individuos y como país, es instalarnos el ‘chip’ del largo plazo y empezar a planear disciplinadamente, no para diciembre, pero para el 2031, el 2036 o –¿por qué no?– el 2046.
En términos de finanzas personales, esta mentalidad puede traducirse en una estructura de ahorro e inversión, quizá en un depósito fijo cada mes y en la búsqueda de portafolios diversificados –por ejemplo, vía fondos mutuos o aportes voluntarios en los fondos de pensiones–. Mientras más temprano se empiece, y con mayor proyección hacia el futuro, mejor. En términos país, sobre todo en un año electoral, esto puede expresarse en buscar y elegir candidatos que, más que la satisfacción rápida o la promesa colorida, tengan como parte de su plan la defensa de reglas de juego previsibles, el mantenimiento de la estabilidad macroeconómica y el establecimiento de políticas públicas que sean útiles más allá de los cinco años de Gobierno.
Claro que tanto los peruanos como el Perú deben atender problemas urgentes –por ejemplo, alguna emergencia, en el caso de los primeros, y la inseguridad ciudadana, en el caso del segundo–, pero mantener los ojos puestos en el largo plazo es, aunque suene redundante, la única manera de construir el futuro.
En este contexto, comprometernos con ser disciplinados también es vital. En el caso de las personas, hablamos de ser consistentes con los planes de ahorro, de procurar mantener fondos de emergencia y de asumir créditos y hacer gastos con responsabilidad y orden. En el plano país –y, de nuevo, de cara a los comicios de abril– la disciplina se debe notar en el respeto a las reglas que sostienen la estabilidad: la independencia del Banco Central de Reserva, que nos ha valido casi 30 años de inflación en un solo dígito; el respeto de los contratos; la elaboración de normas con rigor técnico y el manejo responsable del tesoro público. Esta es la base que necesita nuestra economía para crecer y llevarnos a reducir la pobreza y la alternativa –un BCR politizado, la promoción de leyes populistas, el gasto desmedido, etc.– es una receta para todo lo contrario.
Como parte de todo, mejorar la relación de los peruanos con el sistema financiero también debería ser una de nuestras metas, tanto por sus efectos micro como macro. La inclusión financiera no se trata solo de tener una cuenta bancaria, sino de reducir costos y riesgos, facilitar transacciones, ordenar las finanzas del hogar y fortalecer la resiliencia frente a emergencias. En el Perú, la expansión de las billeteras digitales –que hoy alcanza a cerca del 65% de la población– ya ha cambiado la forma de hacer negocios y de responder ante imprevistos. La evidencia muestra, además, que el acceso efectivo a servicios financieros formales se asocia con menor pobreza, mayor emprendimiento y una mayor capacidad de invertir con perspectiva de largo plazo.
Así las cosas, debemos empezar el 2026 decididos a ver mucho más allá del fin del año, incluso más allá de los cinco años del próximo Gobierno. Toca pensar en el futuro y para esto no bastan las buenas intenciones.






