Alejandro Deustua
Contexto.org
7 de abril de 2026
Para Lampadia
Ningún agresor sistemático, como lo es hoy Irán, puede o debe ser amenazado con la desaparición de la civilización de la que ha emergido sin que un eventual crimen de guerra esté en proceso de cometerse.

Para lograr el cese de fuego de dos semanas en ese país incluyendo un marco de negociación para reabrir el estrecho de Ormuz, el presidente Trump probablemente habrá retirado esa amenaza.
Sin embargo, no es claro aún cómo se procederá si la base de negociación es una propuesta iraní, ni cómo se neutralizará la amenaza estratégica que planeta ese Estado (la obtención de un arma atómica).
Al acuerdo se llega en el marco de una condena general a los términos catastróficos de la amenaza de Trump, de la necesidad norteamericana de evitar el impacto político y económico de la eventual ofensiva final y del reporte de cumplimiento de los objetivos bélicos que se propuso Estados Unidos el 28 de febrero. En el caso de la neutralización de la fuerza aérea y naval iraní éstos han sido plenamente alcanzados. Y han sido parcialmente logrados en el caso de la destrucción de las capacidades misileras y de lanzamiento de ese país.
Sin embargo, si con “capacidades remanentes” Irán logró escalar el conflicto atacando a sus vecinos del Golfo y cerrando el estrecho de Ormuz, esas capacidades podrían permitir la gestión por Irán del tránsito de la vía marítima y hasta la reanudación de sus ataques regionales. Ello requeriría de una acción de fuerza adicional contraria.
Esa acción eventual deberá realizarse sin destruir significativamente la infraestructura civil iraní ni atacar a la población civil (conductas olvidadas en Ucrania y Gaza).
El incumplimiento de esas reglas hoy recordadas implicaría una pérdida adicional de autoridad por la primera potencia que ha aceptado negociar en el marco de una propuesta ajena.
De no tener éxito razonable en esa negociación el debilitamiento estratégico de Estados Unidos se incrementaría en un contexto de creciente fraccionamiento de Occidente. Éste ha avanzado hoy con anuncios de revisión sustancial de compromisos dentro de la OTAN.
Para evitar que esa tendencia prospere, toca a los países que integran esa alianza vital contribuir a consolidar la plena apertura del estrecho de Ormuz y a solucionar el acápite nuclear de la crisis.
A ellos deben sumarse los países latinoamericanos que se verían afectados por un eventual quiebre occidental en momentos de tránsito hacia un nuevo orden internacional.
La contribución de éstos en la consolidación de la apertura de Ormuz puede prestarse multilateralmente en el ámbito de la ONU y plurilateralmente en el curso de una iniciativa franco-británica apoyada por alrededor de 40 países entre los que se encuentran Chile, Panamá y Trinidad Tobago.
De otro lado, ese grupo de países debería contribuir también a neutralizar la amenaza nuclear que reporta Irán. Coadyuvar plurilateralmente a que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) pueda acceder a los depósitos de uranio enriquecido y a promover la negociación de un acuerdo que impida a Irán la obtención del arma atómica es también un deber colectivo. Especialmente si la eficacia iraní en la guerra asimétrica y en el empleo sistemático del terrorismo puede tener una dimensión nuclear.
Ese emprendimiento requeriría del Perú la superación de su predisposición meramente declarativa (invocaciones al diálogo, a la paz y al derecho internacional) y un compromiso más eficaz con la diplomacia antinuclear. Alegar al respecto que esa iniciativa está fuera de nuestro alcance equivale a decir que ésta “no es nuestra crisis”.
La OCDE acaba de indicar la dimensión económica de esa equivocación: la proyección para el año del producto global importa una desaceleración a 2.9% desde 3.3% en 2025 mientras nuestros principales mercados menguan sin excepciones (Estados Unidos transita de 2.1% a 2% interanual, China de 5% a 4.4% y la Eurozona de 1.4% a 0.8%). Y en el G20 la proyección de inflación aumenta de 3.4% a 4%.
Si el Perú es un importador neto de petróleo esa desaceleración inflacionaria preocupa a pesar de que nos aprovisionemos hoy parcialmente en Estados Unidos y Venezuela. Especialmente si el estrecho de Ormuz es un obvio determinante del precio internacional del petróleo. Su incremento desde US$ 68/US$ 75 de la preguerra al rango de US$ 101/US $126 en marzo se ha reflejado inmediatamente en el incremento del riesgo geopolítico, del transporte y del costo del financiamiento. Y las monedas latinoamericanas se ha devaluado 4.5% en promedio mientras el aumento del precio de los fertilizantes golpea el precio de los alimentos y complica las agroexportaciones (UNCTAD).
[Un grave impacto adicional del cierre del estrecho, es la escasez y aumento de precios de los fertilizantes, que tienen una dependencia más grave que la del petróleo, pues su precio no aguanta el aumento de los fletes].
La apertura plena del estrecho será un gran alivio. Pero si ésta queda condicionada a la gestión iraní el riesgo de que esa apertura no implique un retorno rápido a la situación ex -ante agregará incertidumbre al aprovisionamiento en un contexto en que la dimensión nuclear de la guerra es todavía un imponderable.
Lampadia






