José Ignacio de Romaña
Perú21, 7 de abril del 2026
«Un Perú sin huachimán significa que la Policía Nacional cumplió con su labor; que con inteligencia, independencia y determinación logró exterminar a las bandas de extorsionadores y criminales», dijo el empresario José Ignacio de Romaña.
Siempre que veo a un agente de vigilancia parado en una esquina, sea Navidad o un día frío de invierno, no dejo de ponerme en sus zapatos y reconocer que este no es el Perú que todos queremos.
En los zapatos del vigilante, me pregunto: ¿qué retos me depara el día?, ¿qué historia contaré al llegar a casa?, ¿qué planes tengo a futuro?, ¿cuáles son los sueños que motivan mi día a día? No encuentro ninguna respuesta clara, solo la misma rutina día tras día.
Un Perú sin huachimán significa que la Policía Nacional cumplió con su labor; que con inteligencia, independencia y determinación logró exterminar a las bandas de extorsionadores y criminales. Significa que la ley los respaldó y que el Poder Judicial cumplió con sus deberes, enfrentando las presiones de cortes extranjeras y ONG que protegían los derechos de criminales en vez de defender a las fuerzas del orden.
Un Perú sin huachimán significa que tenemos un país seguro. La seguridad y la estabilidad atraen inversiones, y estas demandan mano de obra. Significa que ya no es necesario el trabajo de vigilancia; ahora, el “huachimán” enciende motores.
Un país con inversiones implica crecimiento y mayor recaudación, lo que se traduce en más recursos para obras relevantes, como los 21 proyectos de irrigación costera. Esto permitiría que el Perú exporte cinco veces más frutas, hortalizas y verduras, generando pleno empleo en los valles de la costa.
Estos proyectos de trasvases hídricos implican la generación de energía hidroeléctrica limpia, necesaria para movilizar la industria de transformación de nuestras materias primas. Significa que nuestros minerales, en Zonas Económicas Especiales, pueden transformarse en automóviles, celulares, línea blanca, chips y alimentos enlatados, para exportar desde este hub sudamericano a toda la región y al mundo.
Esto implica que los más de 100,000 estudiantes que se gradúan cada año mirarán al Perú antes de pensar en el extranjero. El talento se queda, el talento regresa. La nueva industria y el crecimiento natural demandarán administradores, comunicadores, ingenieros, abogados, doctores y profesores. El libre mercado gobernará y el éxito dependerá del esfuerzo individual.
Este auge agrícola, minero, industrial y energético nos llevará a mejorar las vías de comunicación y, por tanto, a liderar el desarrollo ferroviario en la región, construyendo trenes desde Tumbes hasta Tacna, y desde la costa del Pacífico hacia nuestra Amazonía y el Brasil. Implica que proyectos de nuevos puertos como Corío, Eten, San Juan de Marcona y Pucallpa sean una realidad para albergar la inmensa producción nacional.
Un país en franco crecimiento, con seguridad, estabilidad, educación, salud y valores, estará preparado para el turismo mundial. Lima, la Ciudad de los Reyes, se verá completamente restaurada como capital del turismo hispanoamericano; y desde allí, se podrá viajar en tren a Cajamarca, Apurímac, Ayacucho y tantas bellezas hoy descuidadas. Un Perú preparado para recibir a 40 millones de visitantes, porque somos la historia viva del continente y tenemos la calidad humana para recibirlos una y otra vez.
Ahora me pongo en los zapatos del vigilante retirado: emprendió en el sector turismo, vive en Lima y trabaja en provincia. Se traslada en tren todos los días, conversa con turistas que van hacia el norte o el sur. Ve los trenes cargados de producción agrícola y metales transformados. Llega a casa sin contratiempos, pues los trenes y el metro cumplen sus horarios. Puede pasar más tiempo en familia; los niños cambian la calle por la mesa hogareña. El padre sonríe, hay algo que contar, el Perú avanza.






