Ian Vásquez
El Comercio, 7 de abril del 2026
“El Banco Mundial siempre ha sido una agencia politizada. Esa realidad lo manifiesta su estudio nuevo en tiempos en que la política industrial está de moda”.
Después de más de 30 años de decir lo contrario, el Banco Mundial ha decidido que la política industrial tiene sentido para los países en desarrollo, sobre todo cuando ciertas condiciones existen.
El banco ha publicado lo que considera “la primera guía completa sobre política industrial para el desarrollo en el siglo XXI”. El análisis contenido en esta nueva guía extensa dista mucho del de su influyente reporte de 1993 sobre el milagro del este asiático. Ese estudio concluyó que “la promoción de sectores específicos no ha dado buenos resultados en general y, por lo tanto, ofrece pocas perspectivas para otras economías en desarrollo”.
Según el Banco Mundial, el mundo ha cambiado mucho en las últimas décadas y ahora hay historias de políticas industriales exitosas. Por ejemplo, la educación ha mejorado notablemente, la inflación es menor y las economías están más globalizadas que antes. Supuestamente, eso hace que las políticas industriales puedan funcionar bien.
Quizás no con la misma confianza en que los promotores de la política industrial japonesa insistían en los ochenta que otros países la copien –justo antes de que Japón colapsara–, el Banco Mundial ahora favorece más de una docena de medidas tan diversas como la creación de los parques industriales, los aranceles y los subsidios a la demanda o a las exportaciones.
No es que el banco se ha olvidado del récord de fracaso que la política industrial ha dejado. Es que su nueva defensa de tales políticas es más matizada que aquella de otros entusiastas. Según el banco, la política industrial funciona mejor cuando el mercado interno es grande y la política fiscal recauda impuestos ampliamente y tiene acceso a mercados de capitales. Se requieren “agencias ejecutoras responsables y competentes, al margen de la política y de las presiones de los grupos de interés”.
Esas condiciones me hacen recordar la pregunta de Milton Friedman: “¿Qué pensarías de alguien que dijera: ‘Me gustaría tener un gato, siempre y cuando ladrara’?”. El reporte del banco no convence porque en países donde el Estado de derecho es débil, como el Perú, las condiciones para una política industrial supuestamente exitosa no se dan.
Esas condiciones ni siquiera son suficientes para hacer funcionar la política industrial en Estados Unidos. La política industrial fracasa debido a problemas que el Banco Mundial no resuelve porque no se pueden resolver. El gobierno no tiene mejor talento o información que el sector privado como para elegir a los ganadores en el mercado. La intervención en el mercado distorsiona las decisiones económicas, haciéndolas menos eficientes y produciendo pérdidas de bienestar general que muchas veces los estudios no miden. Las inversiones se deciden con base en consideraciones políticas y no económicas, perjudicando así a los consumidores y a las empresas competidoras que no reciben tratos favorables. Cuando empiezan a fracasar las industrias favorecidas por culpa de la política industrial, la respuesta frecuentemente es gastar más en ellas o protegerlas a través de otras medidas perjudiciales para la economía.
Uno de los éxitos de política industrial que el reporte nuevo del banco resalta en su resumen ejecutivo es aquel del apoyo de Corea del Sur en los setenta a la industria pesada y química. Pero el texto en el interior del reporte llega a admitir lo siguiente: “Si el gobierno hubiera abierto la economía por completo, en lugar de aplicar una política industrial mediante exenciones a determinadas empresas, el crecimiento podría haber sido aún más rápido y los sectores seleccionados podrían haber surgido por sí solos”.
El Banco Mundial siempre ha sido una agencia politizada. Esa realidad lo manifiesta su estudio nuevo en tiempos en que la política industrial está de moda con los gobiernos que son donantes al banco o recipientes de sus fondos.






