Maite Vizcarra
El Comercio, 26 de marzo del 2026
“Hay jóvenes que no están consumiendo política: la están interviniendo”.
Dos millones y medio de peruanos votarán por primera vez en el 2026. A muchos se les mira con cierta condescendencia digital: puro TikTok, meme y chacota. Pero, como suele ocurrir, estamos mirando la superficie, y dejando de lado el fondo de la cuestión.
Hay algo cómodo –y peligrosamente simplista– en asumir que el contingente de novatos electorales decide su voto entre bailecitos y clips virales. Es cierto que la política hoy también se escenifica: candidatos que aparecen con streamers, frases diseñadas para el meme, y campañas que ya no parecen campañas. Como si bastara un buen ángulo de cámara en el celular o una aparición estratégica para instalarse en la mente del votante.
El meme o el clip tienen un poder nada despreciable. Condensan emociones, ironía y sentido compartido en segundos. Es propaganda sin solemnidad. Y sí, entretiene. Pero el problema no es que entretenga, sino cuando reemplaza a la conversación. Cuando la exposición sustituye a la deliberación. Cuando el candidato deja de ser evaluado por lo que propone y pasa a ser recordado por con quién se grabó.
Sin embargo, detenernos ahí sería quedarnos con una caricatura. Porque, en paralelo, ocurre algo bastante más interesante. Hay jóvenes que no están consumiendo política: la están interviniendo. No desde la estridencia, sino desde la acción cotidiana. No desde los millones de seguidores, sino desde comunidades pequeñas pero activas. Ahí aparece una figura que conviene recuperar: el hacktivista digital.
No el estereotipo del hacker solitario, sino el ciudadano que usa la tecnología para hackear la inercia. Para cuestionar, explicar y compartir. Jóvenes que entienden que participar no es solo votar, sino también informar, contrastar y conversar. Y no tienen contratos en dólares ni agencias detrás. No son los ‘lovers’ de ningún candidato. Son, más bien, microinfluenciadores que hablan con sus 1.000 o 3.000 seguidores –sus amigos, sus pares, su comunidad– y que, desde ahí, generan algo mucho más valioso que el alcance masivo: credibilidad.
Y eso cambia la ecuación. Porque sí, existen influenciadores valiosos. Personas que no buscan la ufana vanidad de la viralización, sino la responsabilidad de influir mejor, levantando factos incómodos y encontrando hallazgos relevantes sobre candidatos. En ese esfuerzo, plataformas como revisatucandidato.pe se vuelven aliadas claves: ordenan el ruido y facilitan que más personas accedan a información útil para decidir. En este contexto, el ‘politainment’ deja de ser el centro y pasa a ser una capa más, porque debajo hay algo más profundo: una generación que sí quiere entender antes de elegir. Comunidades como Generación de IPAE, iniciativas como Patria C o espacios como Juventud, Política y Desarrollo vienen articulando a jóvenes líderes digitales que no solo opinan: se organizan, investigan y participan. Jóvenes que no necesitan un altavoz chillón para incidir porque saben que el mejor impacto viene de la reflexión compartida a través del ‘like’ y de la colaboración.
Quizás haya un yerro en cómo percibimos a una generación que, aunque se divierte con los memes, usa ese vehículo para la crítica mordaz y reflexión sin anestesia. Esperar que participen políticamente como antes, en formatos que ya no les pertenecen, es el error. Ese ‘ejército’ de nuevos votantes no está atrapado en el chiste fácil ni en el tomatazo digital, está aprendiendo a navegar entre menos floro y más factos para empoderarse bien, de verdad.






