Luis Carranza
Perú 21, 1 de marzo del 2026
«Si el gobernante actúa solo para perpetuarse, terminará tomando decisiones que favorezcan su permanencia y sus intereses, pero no la justicia’’.
En una soleada mañana en la plaza de Atenas, mientras los comerciantes levantaban sus puestos y los ciudadanos discutían los temas del día, Sócrates conversaba con sus discípulos sobre el ejercicio político, cuando uno de ellos, Politicastro, afirmó:
“La política no es más que el arte de mantener el poder a toda costa. ¿No es evidente que el objetivo supremo del político es perpetuarse en el gobierno?”.
Sócrates responde: “Dices, querido Politicastro, que la política es simplemente conservar el poder. Permíteme preguntarte: ¿para qué sirve ese poder?”.
“Para gobernar, por supuesto”, respondió Politicastro. “Y gobernar implica imponer decisiones, asegurar obediencia y evitar que otros arrebaten el control”.
“¿Y gobernar es un fin en sí mismo o es un medio para algo más?”, repreguntó Sócrates.
“Es un medio, por supuesto. Controlas las decisiones de qué y cómo se gastan los tributos y, sobre todo, nombras a quienes van a ejecutar esos gastos, a los funcionarios públicos, que serían gente de tu familia y de tu Demos”, sentenció Politicastro contundentemente.
Sócrates sonrió levemente.
“Imagina, querido amigo, a un médico que, en vez de preocuparse por la salud de sus pacientes, se obsesiona con que se mantengan enfermos para que asistan a la consulta y lo hagan rico. ¿Dirías que ejerce bien su arte?”.
“No, claro que no. El médico existe para curar”, dijo Politicastro.
“Entonces —continuó Sócrates— si la medicina tiene como fin la salud, ¿cuál sería el fin de la política? ¿El poder mismo o el bienestar de los atenienses?”.
“Claro que el bienestar”, respondió Politicastro algo alterado. “Pero ¿quién controla a los políticos? En el caso del médico, el paciente se muere o busca a otro médico, pero en la política no pasa eso; la ciudad sigue viva y los políticos seguirán usufructuando el poder. Si no lo hago yo, lo hará otro que ocupe mi lugar”.
Sócrates respondió: “La ciudad no es una presa que se captura y se retiene, sino una comunidad de hombres libres. Si el gobernante actúa solo para perpetuarse, terminará tomando decisiones que favorezcan su permanencia y sus intereses, pero no la justicia. Así, el poder deja de ser instrumento y se convierte en un fin. Y cuando el poder es el fin, el bien común se sacrifica. Entonces, debemos concluir que la política, como arte, tiene un propósito superior: procurar el bien común”.
El discípulo, aunque aún resistente, parecía menos seguro.
“¿Y qué sucede cuando el pueblo no comprende lo que es mejor? ¿No debe el político imponerse incluso contra la voluntad de la mayoría?”.
Sócrates respondió con calma: “El político auténtico no es un tirano ni un manipulador, sino un servidor de la comunidad. Debe educar, persuadir y dialogar. Si se aparta de la ciudadanía y gobierna solo para sí, rompe el vínculo que legitima su autoridad”.
Politicastro insiste. “Pero si el gobernante tiene el poder, ¿cómo lo controlamos para que actúe para el bien común y no por sus intereses?”.
“El poder es un encargo que la ciudad otorga”, responde Sócrates. “Así como lo concede, puede retirarlo. Por eso, la ciudadanía no debe ser pasiva ni temerosa. Debe vigilar, cuestionar y establecer límites claros. En la época de las tiranías se implementaron muchos controles al uso del poder absoluto. Desde ahí, hemos hecho grandes reformas políticas tales como el ostracismo, medida preventiva para expulsar a cualquier potencial tirano; la Euthyna, para que los gobernantes rindan cuentas al terminar su mandato; la graphe paranomon, para que un ciudadano denuncie una ley que perjudica a la ciudad; la Ekklesía, la asamblea donde todos los ciudadanos nos reunimos para discutir el destino de Atenas, entre otras.
Cuando los ciudadanos renuncian a su responsabilidad, dejan el campo libre para que el poder se corrompa. La política es el arte de servir y corresponde a los ciudadanos recordar constantemente a sus gobernantes que el poder no es propiedad privada, sino una tarea orientada al bienestar de todos”.
Sócrates, con la mirada cansada, les dice: “Déjenme darles un último consejo: como individuos no dejen de seguir sus principios, a pesar del alto costo que esto pueda tener, y como ciudadanos recuerden que la verdadera fuerza reside en el pueblo y no en los gobernantes. De nosotros mismos depende que no nos dejemos robar nuestro destino de prosperidad”.
La plaza de Atenas seguía vibrando mientras el sol se iba ocultando.






