Urpi Torrado
El Comercio, 26 de febrero del 2026
“El Perú ve con relativa benevolencia la salida de ciudadanos, pero observa con desconfianza la llegada de extranjeros”.
La última encuesta global de GIA, aplicada en más de 60 países y en la que Datum participa por el Perú, ofrece una radiografía reveladora sobre cómo las sociedades perciben la migración. El estudio preguntó si las personas que salen de su país para vivir en el extranjero benefician o perjudican a su nación de origen, y si quienes llegan desde otros países generan un impacto positivo o negativo.
A nivel global, la emigración es vista más negativamente que positivamente. Solo el 27% considera que quienes se van benefician a su país, mientras que el 37% cree que lo perjudican, lo que arroja un índice neto de –10. Detrás de esta percepción está el temor a la fuga de talento, el llamado ‘brain drain’, pero también la constatación de que muchos emigran buscando seguridad y oportunidades que no encuentran en casa.
En países que han vivido conflictos recientes, la percepción es aún más marcada, como es el caso de Ucrania, Iraq y Siria. América Latina presenta un panorama distinto. En el promedio regional, la emigración tiene un saldo positivo de +15. Países como Ecuador, México y Colombia ven la salida de ciudadanos como un fenómeno que puede generar beneficios, probablemente vinculados a las remesas y a las redes internacionales que se construyen. El Perú también muestra un saldo positivo (+16): el 42% considera que emigrar beneficia al país, frente a un 25% que cree que lo perjudica. Esta lectura está influida por una experiencia migratoria asociada a oportunidades económicas y apoyo familiar desde el exterior, pero también por el hecho de que en los últimos años –especialmente tras la pandemia y en medio de la crisis política– muchos jóvenes optaron por irse al no ver un futuro claro en el país, entendiendo la migración más como una oportunidad personal de progreso que como una pérdida para la nación.
El contraste aparece cuando se analiza la inmigración. A nivel global, la llegada de extranjeros es vista ligeramente de manera positiva (saldo neto +7). Sin embargo, en América Latina el promedio es prácticamente neutro (–1), reflejando percepciones más divididas.
En el caso peruano, la inmigración recibe una evaluación marcadamente negativa. Solo el 22% considera que quienes llegan desde otros países benefician al país, mientras que un 63% opina que lo perjudican, lo que arroja un índice neto de –40, uno de los niveles de rechazo más altos del estudio, después de Siria, Serbia y Turquía. Esta cifra ubica al Perú entre los países con mayor oposición a la inmigración dentro del grupo analizado. Parte de esta percepción está asociada al impacto de la migración venezolana en los últimos años, que transformó el panorama demográfico y laboral de varias ciudades de la región. La magnitud y rapidez de ese flujo, sumadas a problemas de informalidad, inseguridad y presión sobre los servicios públicos, ha influido en la opinión ciudadana y ha endurecido la mirada sobre la inmigración en general.
La asimetría es evidente. Globalmente, 39 de los 60 países creen que la emigración perjudica más de lo que beneficia, mientras que 33 de 60 consideran que la inmigración es positiva. Las sociedades parecen preferir recibir migrantes antes que perder a los propios, pero el Perú rompe parcialmente ese patrón, ve con relativa benevolencia la salida de ciudadanos, pero observa con desconfianza la llegada de extranjeros.
Más allá de las cifras, el estudio confirma que la migración sigue siendo un tema sensible en la agenda pública y que el Perú no es ajeno a esa discusión. Las opiniones no son homogéneas ni definitivas. Cambian según el contexto económico, la seguridad, el empleo y la narrativa pública. Comprender estas percepciones es clave para diseñar políticas que equilibren integración, oportunidades y cohesión social en un mundo cada vez más móvil.






