Perú 21, 20 de febrero del 2026
«Cada vez que cambiamos de presidente en medio de un periodo, el país paga la factura: se frenan decisiones, se cambian equipos, se reescriben prioridades y se multiplica exponencialmente la incertidumbre».
Otra vez cambiamos de presidente en plena transición. El Congreso censura a José Jerí y nombra a un nuevo mandatario encargado de llevarnos a las elecciones generales, para colmo uno que la izquierda más radical celebraría con entusiasmo. En menos de una década hemos visto pasar presidentes, gabinetes y mesas directivas como si el país fuera un set de reemplazos permanentes, ni en la selección de futbol hemos tenido tantos entrenadores. Nadie en su sano juicio puede creer que así se construye futuro, a la izquierda radical, en cambio, parece solo importarles dejar el presente en ruinas.
No se trata de blindar a nadie ni de mirar a otro lado frente a las denuncias. Si hubo reuniones indebidas, corresponde investigar y sancionar. Pero el problema es más profundo: hemos normalizado una dinámica en la que la única respuesta política parece ser tumbar al que está, sin importar el costo para el país ni qué viene después, ni peor aún si los pobres tendrán alguna oportunidad de mejorar.
Cada vez que cambiamos de presidente en medio de un periodo, el país paga la factura: se frenan decisiones, se cambian equipos, se reescriben prioridades y se multiplica exponencialmente la incertidumbre. Los ministros entran sabiendo que pueden durar semanas, los proyectos se congelan y nadie quiere asumir costos.
En el camino, los grandes problemas se siguen postergando. La delincuencia se consolida, la informalidad crece, los servicios públicos se deterioran y la inversión privada duda o se detiene. Mientras tanto, buena parte de la clase política está concentrada en la siguiente jugada: quién cae, quién sube, quién negocia, qué curul o qué comisión. Pareciera que no nos interesa que haya menos pobres, sino cómo acomodarnos mejor en medio del desorden.
A pocas semanas de las elecciones, la pregunta es si vamos a repetir el mismo libreto. El electorado tiene una responsabilidad ineludible: informarse sobre los partidos que presentan candidatos sin preparación, sin equipos y sin una agenda mínima de país, candidatos que nunca han trabajado ni pagado impuestos ni tienen idea de cómo desarrollar un país.
Elegir bien no es buscar al próximo “salvador” ni premiar al que más promete cosas absurdas que no puede cumplir. Es decidir por quienes entienden que sin instituciones mínimas —un Ejecutivo que gobierne y un Congreso que legisle con responsabilidad— no habrá ni crecimiento ni reducción de pobreza ni futuro. Un país que se dedica a pelear consigo mismo termina perdiendo siempre, mientras el peruano vea en otro peruano a su principal enemigo, seguiremos empujándonos al mismo abismo.






