Alonso Rey Bustamante
Perú21, 6 de febrero del 2026
«El mapa de las obras paralizadas en el Perú es el espejo más cruel de nuestro Estado, sobre todo en las regiones que tienen mucho dinero y no saben ejecutarlo, pero sí saben robarlo».
El mapa de las obras paralizadas en el Perú es el espejo más cruel de nuestro Estado, sobre todo en las regiones que tienen mucho dinero y no saben ejecutarlo, pero sí saben robarlo. A septiembre de 2025, hay 2,215 proyectos detenidos por más de S/42,362 millones en inversión comprometida. Son hospitales que no atienden, colegios que no educan, carreteras que no conectan y sistemas de agua que nunca llegaron a los hogares.
Las regiones y municipios son un escándalo. El mayor monto está en los gobiernos regionales (S/16,686 millones), muy cerca del gobierno nacional (S/16,636 millones), claro con Dina todo estaba mal; y luego los gobiernos locales (S/9,004 millones). Regiones como Arequipa, La Libertad, Lima, Piura y Cajamarca (región más pobre del Perú) concentran miles de millones en proyectos detenidos. Es decir, justo donde el ciudadano más siente la ausencia del Estado.
Cuando uno mira las causas, el diagnóstico es todavía más claro. Según la Contraloría, más del 25% de las obras paralizadas se debe a incumplimientos contractuales, una quinta parte a falta de recursos financieros y casi el 10% a deficiencias en el expediente técnico, sin contar abandonos, controversias y arbitrajes.
No es mala suerte: es incompetencia y corrupción. Es un Estado que diseña mal, contrata mal, supervisa mal y casi nunca asume responsabilidades. En los próximos meses, los candidatos volverán a recorrer el país con sus promesas de “grandes obras”: hospitales de última generación, colegios modernos, carreteras que integran al Perú. Lo hemos visto demasiadas veces. Lo que casi nunca dicen es cómo piensan evitar que esos proyectos terminen engrosando la lista de obras paralizadas. Sin reforma del Estado, cada promesa de obra nueva es, en el mejor de los casos, una apuesta con pocas probabilidades de ganar.
Reformar el Estado no es un lujo tecnocrático, es una necesidad impostergable, reducir municipios y hasta eliminar las regiones, así habría menos delincuentes fugados, procesados o en la cárcel. Necesitamos un aparato público que regule sin trabar, gaste mejor y sirva mejor al ciudadano. Mientras sigamos llenando cargos técnicos con personas sin el perfil adecuado, el resultado será el mismo: expedientes mal hechos, contratos mal gestionados y obras que se quedan a medio camino, más corrupción y más denuncias de obras paralizadas.
Se vienen elecciones y la pregunta no puede ser solo quién promete más obras, sino quién está dispuesto a reducir y mejorar el Estado. Elegir bien no es escoger al candidato con el mejor video de campaña, sino a quien entienda que el verdadero problema no está en la falta de anuncios, sino en la incapacidad crónica para cumplirlos.






