Gonzalo Banda
El Comercio, 1 de febrero del 2026
“Mientras se siga creyendo que el sur es de izquierda por naturaleza, se seguirá fracasando en convertir su malestar en proyecto político duradero”.
Uno de los errores más persistentes del análisis electoral peruano es asumir que el sur del país es “naturalmente” de izquierda. Si el sur vota contra Lima, entonces vota por la izquierda. Pero la evidencia histórica nos pide cuestionarlo. El sur, por tanto, no vota por una ideología política, sino que vota desde el malestar acumulado por promesas fallidas, descentralización precaria y ninguneo ciudadano.
Confundir malestar con izquierda es una comodidad analítica que puede servir para almuerzos empresariales endogámicos, pero también como una coartada política. Permite explicar muchas derrotas de la derecha sin revisar estrategias fallidas. En el 2001, el sur peruano se volcó por Toledo, por razones más identitarias y redentoras. En el 2011, el sur fue decisivo para la victoria de Humala, pero ese respaldo no se sostuvo como adhesión programática. En el 2016, una parte del sur peruano apoyó a Verónika Mendoza, pero en Arequipa, el candidato vencedor fue PPK. El 2021 fue lo más cercano a una agenda antisistema cuando terminó apoyando a Pedro Castillo, pero no se puede olvidar que el sur también apoyó a Yonhy Lescano, un candidato ecléctico que sumó apoyos por representar agendas antiestablishment.
El patrón es claro. El sur vota contra el establishment y contra Lima, contra el Estado distante, contra propuestas autoritarias, antes que a favor de un proyecto ideológico coherente. Lo que moviliza es una experiencia acumulada de abandono y promesas incumplidas. Es un voto negativo, reactivo, profundamente político, pero no doctrinario.
Ahí radica el equívoco de buena parte de la izquierda peruana. Al leer el sur como ‘su’ territorio natural, ha dejado de hacer el trabajo más difícil que es persuadir, organizar y traducir el malestar en programa. Se ha asumido que la identidad regional reemplaza al partido y que la indignación basta como cemento político. Creo que eso está por probarse, y me parece que Arequipa será el laboratorio de este experimento en el que quizá pueda ganar un candidato de derecha después de muchos años. El sur no es homogéneo ni culturalmente progresista. Conviven allí demandas legítimas de reconocimiento con valores conservadores, economías informales, desconfianza hacia la política profesional y una relación ambivalente con el Estado. Pensar que ese electorado ‘espera’ una izquierda ilustrada es proyectar deseos, no leer la realidad. Es el mismo error que hizo naufragar a Mendoza y a Julio Guzmán.
Por eso reaparece la ilusión del ‘nuevo rostro’, ahora encarnada en figuras como López Chau. Pero el problema es de diagnóstico. Mientras se siga creyendo que el sur es de izquierda por naturaleza, se seguirá fracasando en convertir su malestar en proyecto político duradero.






