Roberto Lerner
Perú21, 31 de enero del 2026
«Una democracia sin menú —entregada al buffet infinito de promesas— no es pluralismo: es indigestión política».
El Adriano de Yourcenar gobierna un mundo cuyos dioses ya no convencen. Mitraísmo, judaísmo y cristianismo proliferan, pero ninguno logra imponerse. El Olimpo está agotado, pero nada lo reemplaza aún. Un interregno.
Gramsci lo expresó con crudeza: cuando lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer, emergen fenómenos mórbidos. Monstruos: fanatismos reciclados, mesianismos improvisados, cinismos disfrazados de realismo, soluciones fáciles para problemas obstinadamente complejos.
Joseph Overton observó que las sociedades no eligen políticas en el vacío. Para cada tema difícil —seguridad, desigualdad, migración, rol del Estado— existe un rango limitado de soluciones que compiten, a veces contradictorias y excluyentes, pero que pueden discutirse sin quedar fuera de la respetabilidad pública. A ese rango se llama “ventana de Overton”: el marco que delimita lo políticamente pensable. Afuera, en un momento determinado, lo impensable.
La ventana no es fija. Revoluciones o reformas la desplazan. Las sociedades cambian: opciones antes tradicionales desaparecen, quedan fuera del marco, y dentro se instalan ofertas antes inconcebibles.
Como la carta de un restaurante. Es estrecha, pero permite elegir. Combina estómago y biografía: apetito, recuerdos, afectos, prudencia, presupuesto, historia reciente. Hay restricción, pero también coherencia, foco y responsabilidad. Hay renuncia, pero también compromiso —al menos hasta la próxima vez. Nuevas tecnologías culinarias, descubrimientos, remedios para controlar el peso o marketing conducen a nuevos menús.
Durante décadas, la política funcionó con un menú acotado. Los extremos bullían en márgenes y periferias: círculos académicos, sectas, tertulias. Hacían ruido, pero no definían el menú principal —o tardaban mucho en hacerlo.
Hoy es distinto. Las redes sociales, los algoritmos y la economía de la atención rompieron la frontera entre periferia y centro. Lo extremo ya no madura en los bordes: irrumpe directamente en la mesa pública. La ventana de Overton deja de parecer un menú y muta en buffet.
Un buffet deslumbra. Promete libertad total. Abundancia sin renuncia. Todo es posible: sin consecuencias, sin compromiso. Tentación permanente que no obliga a decidir.
Pero hay una trampa: los sabores chocan, se sobreestima la capacidad estomacal, no queda espacio para lo que realmente importa o gusta. La abundancia no libera: confunde, empacha, dispersa. Picoteo permanente sin goce ni nutrición.
Como en la política —y el Perú es hoy un laboratorio extremo—: conviven promesas de mano dura, soluciones mágicas contra la inseguridad, nostalgia autoritaria, libertarismos absolutos, tecnocracias que hablan en PowerPoint, teorías conspirativas, moralismos punitivos y llamados a refundarlo todo. Todo cabe. Todo circula. Todo compite. Nada ordena.
En los interregnos la ventana de Overton se difumina y deja lugar a un revoltijo de mesianismo tecnológico, populismo reivindicatorio, resentimiento y simplificaciones virales. Las ideas más calóricas —promesas de orden inmediato, castigo rápido e identidad clara— suelen servirse primero.
Volviendo a Adriano: los dioses de antaño están mudos. Cualquier nuevo culto —tosco, gritón o francamente peligroso— gana devotos. No porque sea verdadero, sino porque es ruidoso, emocional y fácil de consumir.
Hoy conviene aceptar el fin de una era, rescatar algunos de sus principios y dejar de lado la nostalgia —para usar las palabras de Mark Carney en Davos—. Intentar reconstruir un marco, volver a acotar la carta, ofrecer un relato que devuelva legitimidad al discurso político y a sus instituciones. Pasar del buffet al menú. Recordar que gobernar no es servirse de todo, sino atreverse a elegir.
Mientras algunos intentan recomponer la carta, otros explotan el buffet del interregno. En el Perú —agotado por la inseguridad, la informalidad, la crisis política permanente y la desconfianza crónica— lo impensable se vuelve normal, lo irresponsable se vuelve popular y lo peligroso se vuelve eslogan de campaña.
El desafío es volver a aceptar límites, reconstruir una ventana que restrinja lo demagógico, lo delirante y lo destructivo. Una democracia sin menú —entregada al buffet infinito de promesas— no es pluralismo: es indigestión política. Y cuando la política se vuelve indigestión, los monstruos dejan de ser metáfora: gobiernan.






