León Trahtemberg
Correo, 30 de enero del 2026
Durante años Europa Occidental se tranquilizó mirando los resultados de PISA. Buenas notas en lectura matemáticas y ciencias sostuvieron la narrativa de que su educación funcionaba y con ella su modelo de bienestar estabilidad y progreso. Hoy frente al empuje económico tecnológico y militar de China y Rusia esa tranquilidad parece una ilusión peligrosa.
El problema no es solo energético demográfico o fiscal. Es más profundo y estructuralmente educativo. Europa no carece de escuelas, docentes ni evaluaciones sofisticadas. Lo que ha perdido es una educación alineada con la supervivencia estratégica en un mundo competitivo incierto y acelerado.
PISA mide aprendizajes académicos estandarizados, confundiendo buenos puntajes con fortaleza social tecnológica o geopolítica. PISA no mide innovación disruptiva, cultura de riesgo, liderazgo tecnológico, resiliencia productiva, ni preparación para escenarios de conflicto. Mide desempeño escolar descontextualizado.
Europa educó para un mundo que ya no existe, empleos estables, trayectorias previsibles, consenso social y un Estado amortiguador de todo riesgo. Ese mundo terminó, pero la escuela siguió operando como si no se hubiera enterado.
Otros países alinearon educación, ciencia, industria y estrategia nacional para producir poder. Europa priorizó equidad inclusión y bienestar sin resolver quién los financiaría, defendería o sostendría bajo presión externa.
¿Seguirá el Perú definiendo su educación bajo la sombra de PISA o apostará por colocarse en la vanguardia de la innovación educativa y hacer del Perú una potencia emprendedora y viable?






