Alejandro Deustua
26 de enero de 2026
Para Lampadia
En Davos, un foro que convoca élites para tratar generalmente asuntos globales (WEF), representantes de potencias medias occidentales oficializaron estrategias antihegemónicas, de potenciación interna y diversificación externa.

Los representantes de Canadá y la Unión Europea, líderes en la postulación de valores liberales, fueron los principales proponentes de objetivos de autonomía estratégica e independencia, en un escenario de creciente fragmentación sistémica.
Al margen de ese escenario estructural se destacó la conducta de una superpotencia cuyo gobernante se aplica en la práctica impositiva desligada de todo marco institucional y desprovista de adecuada consideración de los intereses de socios y aliados.
En consecuencia, Trump reafirmó en ese mismo foro su voluntad imperial.
La arrogante descalificación del rumbo europeo, el elogio del proteccionismo, la tergiversación de la historia que condujo al establecimiento del orden de la postguerra, el menosprecio de la solidaridad y el concurso militar aliados enmarcaron la amenaza de conquista territorial de Groenlandia.
Aunque al respecto las opciones militar y de mayor coacción arancelaria fueron condicionalmente depuestas luego de que el Secretario General de OTAN convenciera al gobernante de la disfuncionalidad de esos instrumentos, Trump sostuvo que “recordaría” un eventual fracaso de la vía negociadora.
La fijación expansionista sobre ese “pedazo de hielo” que es Groenlandia pretendió justificarse en la singular defensa del Ártico y en la instalación de un sistema de protección misilera.
Aunque el valor estratégico del Ártico se incrementa en proporción a su mayor acceso generado por el calentamiento global, a Trump no le importó que la defensa del área corresponda a los siete países de ese entorno.
Y tampoco que la instalación en la zona de un extremo del proyectado sistema antimisilero (el “Domo Dorado”) pudiera ser facilitada por un tratado de defensa de 1951 que permite el despliegue necesario mientras se respeta el principio de integridad territorial señalado como una “línea roja” por Dinamarca y los aliados europeos.
En ese marco imperial, que padeció también Canadá con requerimientos de incorporación de su territorio al de su vecino agravados por una reiterada coacción arancelaria, el Primer Ministro Carney sostuvo que el quiebre del orden global no es un proceso en marcha sino una ruptura.
Ésta se expresa en desmontaje institucional, parálisis de aprovisionamiento de bienes públicos e incremento de la asimetría entre potencias que hacen “lo que quieren” y otras “lo que deben”.
Estos hechos no implican sólo el ejercicio de arbitrariedad hegemónica y vulneración del multilateralismo sino el empleo de la integración como instrumento de dominio.
En consecuencia, Canadá adoptará una postura de realismo principista que requiere el respeto posible de valores sobre la base del interés nacional y el fortalecimiento interno para el logro de autonomía estratégica. Y el relacionamiento externo requerirá diversificación mediante esquemas de cooperación e integración diferenciada sectorialmente minimizando vulnerabilidades y evitando la configuración de “fortalezas”. Una “tercera vía” orientará la conducta de Canadá.
Trump no deseó tomar nota de lo planteado probablemente teniendo en cuenta que Estados Unidos absorbe más del 70% de las exportaciones canadienses. En lugar de ello procedió a manipular la historia:
Estados Unidos había ganado la Segunda Guerra (olvidando el costosísimo rol europeo y soviético), no había obtenido ventaja alguna de la OTAN (olvidando los beneficios de la alianza durante la Guerra Fría) y puso en duda el compromiso europeo de acudir en la defensa de su país (olvidando el concurso aliado en Afganistán luego del ataque terrorista a las Torres Gemelas).
Ello prologó otra afirmación agraviante: para evitar mayor decadencia, Europa debía seguir el ejemplo económico norteamericano.
Pero, como Canadá, la representante europea ya había planteado la reacción continental a la quiebra del orden internacional y a la prepotencia de Trump.
La Unión Europea se empeñaría en logar independencia tras comprobar la naturaleza permanente de la quiebra del orden internacional.
Si éste es estructural, la independencia europea es también una necesidad estructural. Ella se satisfará con nuevos términos de “comercio justo” antes que proteccionismo, de asociación antes que aislamiento y de sostenibilidad antes que mera explotación de recursos. Y mientras se disminuye el riesgo de la economía europea se diversificarán sus cadenas de valor mediante acuerdos extrarregionales (como el logrado en el MERCOSUR).
Esa opción “por el mundo” deberá sostenerse en el fortalecimiento de capacidades intrarregionales mediante una nueva estructura favorable a la actividad empresarial, a la forja de un mercado de capitales eficiente para la actividad interna, a la progresión de la independencia energética (renovable, nuclear) y al fortalecimiento de la defensa europea.
Estados Unidos seguirá siendo un aliado en el logro de intereses europeos (p.e. solidaridad plena con Dinamarca) y colectivos (p.e. defensa colectiva del Ártico).
En la relación con Estados Unidos, el Perú debe maximizar los beneficios de una nueva relación con Canadá y la Unión Europea. Como pequeña potencia requiere primero de “viabilidad estratégica”. Lampadia






