Daniela Ibañez de la Puente
El Comercio, 28 de enero del 2026
“La reivindicación constante del pasado –ya sea mediante discursos o propuestas de política pública– puede resultar no solo ineficaz, sino también perjudicial”.
El primer ministro canadiense Mark Carney brindó recientemente un discurso en el Foro Económico Mundial en Davos que ha generado amplio debate a escala global. Economista formado en Harvard y Oxford y primer extranjero en liderar el Banco de Inglaterra durante siete años, Carney advirtió que el orden mundial está cambiando drásticamente. Según señaló, potencias como Estados Unidos y China están desafiando las reglas que sostuvieron el sistema internacional durante décadas, lo que obliga a los llamados “poderes medianos” a asumir mayor responsabilidad sobre su propio destino. En ese contexto, dejó una frase especialmente potente: “Las potencias medias tienen mucho que perder de un mundo de fortalezas y mucho que ganar de una cooperación genuina”.
Aunque el Perú está lejos de ser una potencia media, es un país en proceso de maduración económica e institucional. Por ello, resulta útil atender los mensajes de líderes con experiencia internacional, tanto en el sector público como privado. Sin embargo, la frase que más resonó del discurso de Carney fue otra: “La nostalgia no es una estrategia”. Si bien el primer ministro se refería probablemente a los impulsos imperialistas y al repliegue proteccionista de las grandes potencias, esta idea puede aplicarse con claridad al debate político nacional.
Tomándome una ligera licencia, propongo reformularla: la nostalgia no es una política. La reivindicación constante del pasado –ya sea mediante discursos o propuestas de política pública– puede resultar no solo ineficaz, sino también perjudicial. Insistir en recetas antiguas nos distrae de los nuevos desafíos y de la creciente complejidad del mundo actual. No obstante, tanto desde la izquierda como desde la derecha observamos una constante apelación a medidas del pasado que podrían terminar empujando al país hacia atrás en lugar de impulsarlo hacia adelante.
Un ejemplo claro es el énfasis en la soberanía nacional. Bajo este argumento se plantean propuestas para expandir el tamaño del Estado y cerrarnos al mundo, pese a que vivimos en una economía profundamente globalizada. Así, se habla de soberanía energética para justificar nacionalizaciones o rescates permanentes de empresas como Petro-Perú, o de soberanía alimentaria, ignorando que la teoría económica demuestra que el comercio internacional y las ventajas comparativas generan mayor bienestar.
También reaparecen discursos nostálgicos sobre políticas aplicadas en los años setenta y ochenta, cuyos resultados fueron claramente negativos. Se reivindican la reforma agraria de Velasco o la expansión de empresas públicas, sin considerar que estas políticas redujeron la productividad agrícola y generaron empresas estatales crónicamente deficitarias que costaron miles de millones a los peruanos.
Finalmente, la nostalgia también aparece en el debate sobre seguridad ciudadana, especialmente desde la derecha. Se apela a experiencias pasadas de lucha contra el terrorismo como si ofrecieran una solución directa al problema actual. Sin embargo, hoy enfrentamos organizaciones criminales transnacionales, descentralizadas y sin motivaciones ideológicas, lo que exige estrategias completamente distintas.
En suma, la nostalgia no es una política. Apostar por el presente y el futuro, sí.






