Jaime de Althaus
El Comercio, 24 de enero del 2026
“Se requiere formar un grupo de análisis estratégico de alto nivel para identificar oportunidades y riesgos en esta batalla geopolítica”.
El Perú tiene que aprender a jugar en la nueva geopolítica global dictada por Estados Unidos. El Corolario Trump a la Doctrina Monroe es muy claro: asegurar el control de su zona de influencia directa –América Latina y Groenlandia– tanto para el acceso a recursos estratégicos como para impedir que pueda ser usada como base de operaciones de países rivales extrahemisféricos para atacar militar o económicamente a EE.UU.
Los países tienen que alinearse. Ya México ha tenido que imponer un arancel del 50% a las importaciones chinas y de otros países, incluyendo autopartes. Estados Unidos no quiere automóviles chinos ensamblados en México. Quiere producir sus propios automóviles. El perjudicado será el consumidor norteamericano y el propio México, pero vaya usted a hacerle entender.
Estados Unidos busca la autarquía. Es el fin de la división del trabajo global que le permitía a los países emergentes participar en cadenas de valor. Esta doctrina antiglobalizadora fue expuesta claramente en Davos por el secretario de Comercio norteamericano, Howard Lutnick: Estados Unidos no puede depender de nadie para sus insumos críticos. Por eso, repetimos, tiene que controlar el acceso a los recursos estratégicos en sus zonas de influencia directa.
De allí la captura de Venezuela y su petróleo. Pero más importante aún es el litio, que yace en la intersección de Bolivia, Argentina y Chile. A Bolivia podría exigirle romper los contratos que tiene con Rusia y China. El Perú también tiene litio, que podríamos colocar. Y tenemos sobre todo cobre. Si Estados Unidos quiere producirlo todo, requerirá cobre. Pero nosotros lo vendemos a China, de lejos nuestro principal socio comercial.
Hasta ahora, sin embargo, nos ha ido bien con el proteccionismo autárquico norteamericano. Nos ha impuesto aranceles de solo 10%, menos que a otros países. Y, de otro lado, nos hemos alineado en los temas de defensa. Estados Unidos ha declarado al Perú aliado principal extra de la OTAN y estamos en proceso de cambiar la matriz armamentista rusa que tenemos por una norteamericana o próxima. Quizá terminemos comprando los F-16 pese a que son más caros, pero ya hemos firmado convenios con Corea del Sur para fabricar submarinos y tanques y estamos comprándole artillería a Israel. Lo último ha sido la decisión del Gobierno Norteamericano de construir una base naval de última generación –pagada por el Perú– a solo 80 kilómetros del puerto de Chancay, cuyo mayor accionista es una empresa estatal china.
El Perú tiene que hilar muy fino. Debemos aprovechar para solicitar tecnología contra las extorsiones y autorización para derribar narcoavionetas. Compras como las de las cámaras de vigilancia, para las que había un lobby chino que podría haber alcanzado al presidente Jerí, tienen que estudiarse con cuidado.
Se requiere formar un grupo de análisis estratégico de alto nivel para identificar oportunidades y riesgos en esta batalla geopolítica que nos agarra al centro del tablero.






