Raúl Benavides Ganoza
El Comercio, 24 de enero del 2026
“Pretender que las empresas mineras se conviertan en fabricantes de bienes industriales transformados es desconocer la naturaleza del sector”.
En el debate público peruano aparece con frecuencia una crítica recurrente: exportamos materias primas sin procesar y, por ello, no obtenemos el máximo beneficio de nuestros recursos naturales. En épocas de campaña electoral, este argumento suele intensificarse, especialmente cuando se habla de minería.
Como minero, observo con interés otros sectores productivos, en particular la agricultura. Esa comparación me llevó a una reflexión durante una reunión en la Cámara de Comercio de Piura, donde surgió la pregunta de por qué proyectos como El Algarrobo no generan mayor valor agregado produciendo metal en lugar de concentrados. Para responder, planteé una interrogante sencilla a la audiencia: ¿qué genera mayor margen, exportar fruta fresca o transformarla en mermelada?
La respuesta fue clara y, para muchos, contraintuitiva: la fruta fresca deja mayores márgenes que la mermelada, a pesar de que esta última implica procesos industriales, costos adicionales y envasado. Entonces, cabe preguntarse: ¿cuál de las dos alternativas hace un mejor uso del recurso?
Algo muy similar ocurre con los concentrados mineros. En numerosos casos, vender concentrados resulta más rentable que invertir en fundiciones y refinerías. El mercado mundial del cobre ofrece hoy un ejemplo elocuente: existe una sobrecapacidad de fundiciones que ha llevado a que los costos de tratamiento y refinación –las llamadas maquilas– sean incluso negativos para los productores de concentrados. La fuerte demanda de cobre y de subproductos como el oro y la plata ha empujado a las fundiciones a reducir sus tarifas a niveles históricamente bajos.
A ello se suma un factor decisivo: construir una fundición o una refinería es una tarea monumental. Los permisos ambientales y sociales pueden tomar décadas, la inversión asciende a miles de millones de dólares y el proyecto solo es viable si se construye a una escala lo suficientemente grande como para reducir costos unitarios. La pregunta es inevitable: ¿vale la pena asumir ese riesgo? ¿No podríamos terminar con un resultado similar al de la refinería de Talara? Basta observar lo que ocurre en otros países: una nueva fundición en la India opera apenas al 30% de su capacidad por falta de concentrados.
Durante esa misma reunión en Piura, alguien me increpó mostrando su celular: “Deberíamos fabricar celulares en lugar de exportar metales”. La respuesta es simple: en un celular, el valor de los metales es mínimo frente al valor de la tecnología, el diseño y la propiedad intelectual. En los productos de alta tecnología, los materiales son lo menos relevante.
Algo parecido ocurrió en Cajamarca, donde se cuestionaba que el oro se exportara en barras en lugar de transformarse en joyas. Tuve la oportunidad de liderar una escuela de joyería promovida por Yanacocha. Se capacitó a joyeros en el CITE Koriwasi, pero pronto aparecieron las limitaciones: no contaban con capital suficiente para comprar oro, por lo que se trabajó con plata, y aun así el problema persistía. Más adelante quedó claro que no solo importaban la manufactura o el acabado, sino, sobre todo, el diseño. Y para el diseño se necesitan artistas, no solo artesanos.
Los ejemplos podrían multiplicarse, pero la conclusión es clara: el gran valor agregado de la minería está en descubrir un yacimiento y convertirlo en un producto comercializable. Los procesos posteriores suelen aportar un valor marginal y, en algunos casos, incluso pueden restarle valor al negocio minero.
Pretender que las empresas mineras se conviertan en fabricantes de bienes industriales transformados es desconocer la naturaleza del sector. Ese no es su negocio ni su especialidad. Como bien dice el refrán: zapatero a tus zapatos.






