Pablo Bustamante Pardo
Expresidente de IPAE
Director de Lampadia
Como relata Stefan Zweig en sus memorias, ‘El mundo de ayer’, el siglo XX se inició en paz y con el florecimiento de las ciencias y las artes, pero se descompuso rápidamente al son de los tambores de guerra (Primera, Segunda Guerra Mundial y Guerra Fría).
Un largo período en el que las ambiciones y las ideologías cobraron más de 100 millones de muertos.
Al final del siglo, retomamos la paz con la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética.
Ese siglo nos dejó muy importantes lecciones históricas y varios pensamientos y consejos de personajes extraordinarios, como:








En todos los mensajes de estos personajes hay consecuencia, sabiduría, y guías de pensamiento que obviamente no han calado lo suficiente.
Al cuarto del siglo XXI, que también se descompuso rápidamente, (atentado de las Torres, la Guerra del Golfo, la toma de Afganistán por los talibanes, la invasión de Ucrania, la toma del mundo académico por el wokismo, la Guerra Comercial de EEUU y China, más la ruptura del Orden Global), ya podemos afirmar que efectivamente, no solo no aprendemos, sino que también rompemos lazos de diálogo e integración.
Yo me pregunto, ¿Qué nos pasa?
Tenemos todo para hacer las cosas bien. En vez de priorizar la reducción de la pobreza, mejorar la salud y la educación de nuestras poblaciones, y de adoptar las mejores prácticas y políticas económicas, para justamente poder lograrlo, pero seguimos dando espacios a las ideologías de la pobreza y a las luchas de poder y dominación.
Por muchos años, la inspiración sobre el camino de la prosperidad vino desde el exterior, del mundo que crecía, se integraba y en el que las tecnologías buscaban mejorar nuestras condiciones de vida.
Ahora nos toca ver hacia adentro. Inspirarnos en las grandezas que hemos heredado y no hemos sabido convertir en prosperidad.
En este tiempo electoral, hago un llamado a asumir una visión desarrollista, sin ropajes ideológicos.
Juntos, ciudadanos, empresas y Estado, debemos abocarnos a reducir la pobreza, disminuir las desigualdades, mejorar sustantivamente la salud, la educación y las infraestructuras, romper el absurdo divorcio del Estado con el sector privado, y a recuperar la confianza entre nosotros y en el futuro.
Para lograrlo debemos apartarnos de nuestros sesgos ideológicos, facilitar la inversión de ciudadanos y empresas, priorizar el crecimiento de la economía, y por supuesto ser intolerantes con la inseguridad y la corrupción.
Escuchemos a los que saben del camino de la prosperidad, los de antes y los de ahora.
¡El futuro de prosperidad está en nuestras manos!
¡Vamos por el Perú que soñaron nuestros padres!
¡Se lo debemos a nuestros hijos y nietos!
Lampadia






