Martín Naranjo
Perú21, 19 de enero del 2026
«Decir “con propósito” sin definirlo es crear un vacío semántico. Es usar una expresión que genera una connotación positiva, pero que no contiene información operativa», ensaya Martin Naranjo.
Mafalda, el personaje de Quino, es una figura universal y se caracteriza porque siempre hace la pregunta correcta en el momento preciso. Entre las muchas viñetas memorables hay una particularmente reveladora. En ella, Felipe cree que por fin ha dado respuesta a la gran pregunta sobre qué será en su vida adulta. Emocionado, se lo anuncia a Mafalda: “Ya sé qué voy a ser cuando sea grande: voy a ser especialista”, le dice con orgullo. Mafalda lo mira y le hace una pregunta simple y sensata: “¿Especialista en qué?”. Felipe se queda en silencio y termina alejándose, triste y desanimado, como si acabara de descubrir que, en realidad, no había logrado avance alguno. Felipe pensaba que “especialista” significaba algo inequívocamente positivo. Buscaba el prestigio de la etiqueta sin haber identificado la necesidad de darle contenido.
La viñeta, además de graciosa, es un diagnóstico de algo más general. Hoy, que abundan las instituciones que se dicen “con propósito” y que la discusión de las políticas públicas se lleva a cabo en el terreno de los “propósitos superiores”, quizá valga la pena reflexionar, igual que el Felipe de Quino, si es que no estamos usando “con propósito” en busca de un prestigio implícito, esperando que la expresión por sí sola haga nuestro trabajo de priorización y de guía en la toma de decisiones a pesar de que no la hemos dotado de contenido alguno. Parafraseando la pregunta de Mafalda, lo sensato sería preguntarnos: ¿con qué propósito concreto?
Decir “con propósito” sin definirlo es crear un vacío semántico. Es usar una expresión que genera una connotación positiva, pero que no contiene información operativa. No puede orientar decisiones, no ayuda a priorizar y no permite rendir cuentas. Sirve para dejar de pensar, pero no sirve para elegir entre alternativas de inversión, de políticas o entre estrategias divergentes. Cuando los recursos son limitados, decidir implica excluir opciones, asumir costos y aceptar sacrificios. Las palabras vacías de contenido desactivan ese conflicto, esconden los costos y permiten postergar decisiones duras sin reconocerlas.
Para explicar el uso de palabras que vacían de sentido, en este caso el uso de la palabra “social”, Friedrich Hayek, en La fatal arrogancia, recurrió a una imagen tomada de William Shakespeare. En Como gustéis, Shakespeare introduce la idea de que “es posible vaciar una canción de su melancolía sin destruir su forma, como la comadreja deja un huevo intacto por fuera y vacío por dentro”. Hayek se apoya en esa metáfora para contarnos sobre las palabras comadreja: palabras que, conservando solo la cáscara del significado de lo que califican, parecen agregar dimensiones positivas, pero en realidad se les ha extraído todo el contenido. El lenguaje deja de ayudar en el pensamiento y pasa a hacerlo difuso.
Desde el campo de las políticas públicas, Thomas Sowell hace algo muy parecido a lo que hace Mafalda. Propone hacer tres preguntas simples que actúan como filtros de sensatez cuando se trata de evaluar políticas públicas: 1) ¿Cuáles son las alternativas reales?; 2) ¿Cuáles son los costos involucrados?; y 3) ¿Qué evidencia empírica respalda que esa opción funcione y sea mejor que las otras? No son preguntas ideológicas; son preguntas sensatas. Obligan a reconocer y aceptar que toda decisión excluye opciones y a someter las buenas intenciones al contraste con los datos. Exactamente lo que las palabras comadreja buscan evitar.
De esta manera, si analizamos la evidencia organizacional en los estudios más recientes, que van desde los estudios sobre cultura corporativa hasta los de teoría de agencia, vemos que todos apuntan en la misma dirección: la mayoría de las declaraciones de propósito no cambian comportamientos ni decisiones y rara vez son mencionadas espontáneamente por los propios trabajadores. El patrón es recurrente: cuando el propósito no se traduce en criterios de asignación, en incentivos y en métricas claras, se percibe como adorno. La ambigüedad no motiva ni sirve de guía.
Por ello, una declaración de propósito que sirva tiene que ser específica, excluyente y evaluable. Debe definir qué es lo que se hace y, sobre todo, qué es lo que no se hace. Precisamente por eso orienta decisiones y hace posible la rendición de cuentas.
A tres meses de las elecciones en el Perú, conviene estar muy atentos. Serán muy frecuentes las palabras grandes, los fines elevados y los propósitos superiores. Mafalda ya nos enseñó por dónde empezar, y Sowell lo confirmó desde otro ángulo. Preguntémonos cada vez que sea necesario: ¿qué alternativas se están descartando?, ¿qué costos se están omitiendo?, ¿dónde está la evidencia? Mucha atención con las palabras, los conceptos y los programas comadreja: suelen ser la forma más barata y sutil de evitar decir lo que se sacrificará.






