Urpi Torrado
El Comercio, 15 de enero del 2026
“El voto cruzado permite al ciudadano elegir a las personas o agrupaciones con las que realmente se siente representado en cada espacio de poder”.
Más de la mitad de los peruanos afirma que votará cruzado en las próximas elecciones generales, según la última encuesta de Datum-El Comercio publicada el domingo pasado. Esto significa que el elector optará por agrupaciones distintas para presidente, senadores, diputados y parlamentarios andinos. Este comportamiento refleja a una ciudadanía que no se siente representada de manera integral por un solo partido y que busca construir su propio mapa de representación. La pregunta central es si la complejidad del proceso permitirá que esa voluntad pueda expresarse de manera efectiva en las urnas.
El voto cruzado no es un fenómeno nuevo, pero en esta elección adquiere una dimensión distinta. La cédula incluirá cinco procesos electorales simultáneos, en un contexto de alta fragmentación partidaria y con un número inédito de organizaciones en competencia. En el 2021, un proceso mucho menos complejo, ya se observó una dificultad significativa para ejercer el voto de manera correcta. En la elección congresal, se registraron 4’863.811 votos blancos y nulos, una cifra 1’550.725 mayor que la registrada en la elección presidencial.
Ese antecedente plantea una alerta. Si en una elección más simple el error o la renuncia al voto fue tan alto, ¿qué puede esperarse en un escenario con más cargos, más partidos y reglas menos familiares para el elector? El riesgo es que la intención de votar cruzado se diluya en la práctica, no por falta de voluntad, sino por confusión.
Votar por el mismo partido en los cinco procesos tiene una ventaja clara desde el punto de vista institucional. Permite que quien resulte elegido como presidente cuente con una bancada propia tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados, lo que facilita la gobernabilidad.
El voto cruzado, sin embargo, responde a otra racionalidad. Permite al ciudadano elegir a las personas o agrupaciones con las que realmente se siente representado en cada espacio de poder. Un elector puede querer a un candidato presidencial, pero preferir a otros partidos para el Congreso o el Senado. Puede buscar equilibrio, contrapesos o simplemente premiar trayectorias individuales que no coinciden dentro de una misma organización política. Es una expresión de autonomía y de desconfianza frente a ofertas partidarias que no logran ser coherentes en todos los niveles.
Para que ambos intereses confluyan, gobernabilidad y representación, los partidos tienen una responsabilidad central. Deben filtrar a sus candidatos y construir listas atractivas, consistentes y creíbles, que dialoguen con las expectativas del electorado.
Las listas ya están inscritas y todo indica que, para una parte importante del electorado, la oferta no calza con la demanda. De allí surge la voluntad de votar cruzado. No se trata solo de un deseo de independencia, sino de una respuesta a una propuesta política que no logra generar adhesión integral. El problema es que esa intención puede chocar con la realidad operativa del proceso electoral.
La complejidad de la cédula, la falta de familiaridad con el nuevo esquema bicameral y el bajo nivel de información sobre cómo se vota en cada caso pueden traducirse en un aumento del voto blanco y viciado. El voto cruzado exige un mayor nivel de comprensión y atención por parte del elector: identificar símbolos, ubicar organizaciones, diferenciar cargos y marcar correctamente en cada sección.
Sin información clara, sin pedagogía electoral y sin una oferta partidaria que dialogue con esta expectativa, el riesgo es que la intención termine convirtiéndose en frustración. Para evitarlo, la responsabilidad es compartida: del ciudadano, que debe informarse; de las autoridades, que deben educar con claridad; y de los partidos, que están llamados a ofrecer campañas basadas en propuestas y no en ataques.





