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Juan José Garrido

Una mirada fuera de la caja

Por: Juan José Garrido

Lima-Perú, 04/09/2017 a las 12:09pm. Por Juan José Garrido

Juan José Garrido

Perú21, 03 de setiembre de 2017

El sistema educativo peruano es un desastre, está en crisis y, lamentablemente, pocos quieren mirar fuera de la caja (léase, de los espacios comunes) para encontrar soluciones al problema. Esta situación no es nueva; llevamos décadas en crisis y, sin embargo, gobierno tras gobierno seguimos insistiendo, con ligeras modificaciones, en lo mismo. Salvo la introducción de evaluaciones (que, en el fondo, serán superficiales), casi todo permanece intacto: leves cambios en el currículo, baja calidad de la educación docente y paupérrima dotación de infraestructura educativa, la educación “una-sola-talla” para realidades distintas y complejas, y así.

Tomemos unos minutos para entender la real dimensión del problema: tomando los datos del último índice de competitividad del Foro Económico Mundial (FEM), el Perú se encuentra en el puesto 98 sobre 138 países en el pilar “Salud y educación primaria”, pero es en el desagregado donde la figura se vuelve una pesadilla. Puesto 131 en calidad de la educación primaria, 133 en calidad de la educación matemática y científica, 127 en calidad del sistema educativo, 114 en calidad de instituciones científicas, entre otros.

Comparando los sistemas educativos en 8 vectores, somos el peor sistema educativo latinoamericano después del nicaragüense (y por muy poco); somos el peor en comparación con nuestros pares de la Alianza del Pacífico, e incluso peor que el venezolano. Y de manera relativa a los “ingresos por persona”, tranquilamente somos el peor del mundo. Nicaragua, por ejemplo, tiene ingresos por persona equivalentes a un tercio del peruano, y casi la misma calidad educativa.

La educación peruana requiere, con urgencia, una revolución, no leves mejoras aquí y allá. Necesitamos revisar el sistema de manera holística y estoy seguro de que, de hacerlo y sin prejuicios, encontraremos espacios de mejora. Y uno de los pocos espacios que podríamos aprovechar para repensar nuestro sistema es, justamente, el único que nadie se atreve a mencionar: el sector privado. Antes de que me linchen, dos cosas: una, he dicho “repensar”; dos, y más importante aún, es lo que ha pasado en muchísimos países de África y Asia, países mucho más pobres y con mayores problemas que el nuestro.

James Tooley, un profesor de Newcastle, estudió durante años la educación privada para pobres en los lugares más escondidos y necesitados del mundo. Tooley viajó a las zonas más pobres de la India, China y África para encontrar una realidad insospechada: gran parte de las familias más pobres no se estaban educando bajo el sistema público y gratuito, sino bajo el sistema privado, tanto el reconocido (formal) como, ojo, el no reconocido por el Estado (informal). Entiéndase bien: en las zonas más pobres de los países más pobres del mundo, los más pobres preferían pagar por educar a sus hijos antes que enviarlos a colegios públicos y gratuitos; incluso, preferían pagar y enviarlos a colegios que no brindaban certificado estatal (es decir, no recibían ningún documento oficial) antes que enviarlos al colegio público. ¿Por qué? En simple, porque creían que en dichos colegios recibirían una mejor educación. Toda esa evidencia la acumuló en un libro titulado El bello árbol, que sugiero que sirva como rompeparadigmas a la hora de pensar en soluciones.

Por supuesto, dicha creencia (que la educación privada es mejor que la pública) no siempre es correcta. Muchos países que ostentan altísimos grados de calidad educativa se basan en sistemas públicos, pero otros no. Muchos colegios privados en zonas de bajos ingresos son una estafa, brindan pésima educación, peor que la media pública, pero existen colegios privados de bajo coste que producen mejor calidad educativa que los públicos, y es ahí donde se debe mirar.

En el Perú, los estatistas nos han vendido dos mentiras: la primera, que la educación privada es un privilegio de ricos; la segunda, que los colegios privados en zonas de bajos ingresos son peores que los colegios públicos. La educación privada no es, ni por asomo, privilegio de ricos; como en el estudio de Tooley, hace mucho que en el Perú urbano, en zonas de bajos ingresos e ingresos medios, las familias están optando por enviar a sus hijos a colegios privados. Cierto, no tienen cancha reglamentaria de fútbol, no tienen amplios salones o pasillos, pero la calidad educativa muchas veces es mejor, y por lejos.

En el Rímac, en la UGEL 02, hay un colegio que tomo de ejemplo: es privado, es bilingüe, cuenta con laboratorio de computación y tiene un promedio de 80% de ingreso universitario. Tiene, por cierto, el doble de satisfacción de comprensión lectora (CL) y razonamiento matemático (RM) que el promedio de los colegios públicos (en primaria: 74% vs. 34% en CL y 43% vs. 20% en RM; en secundaria: 45% vs. 19% en CL y 25% vs. 13% en RM). Eso es en calidad; ahora, veamos costos: ese colegio cuesta S/180 al mes, mientras (en 2015) el costo por alumno del sistema público era S/350 (hace dos años, antes del reciente aumento de sueldos; ¿cuánto será hoy? ¿S/450 - S/500?).

En el informe de resultados PISA 2015, es claro que la gestión privada alcanza mejores resultados que la pública; no obstante, como vemos, los costos son menores y los salarios también: en 2016, la media de ingresos mensuales de un docente de escuela pública era S/1,624 frente a los S/1,279 de ingresos mensuales del docente de escuela privada (datos Enaho 2016, elaboración GRADE).

¿Cómo así el dueño de un colegio privado en el Rímac logra el doble de la calidad educativa que el Ministerio de Educación, costando la mitad encima? Dicho sea de paso, por S/450 - S/500, ¿qué nivel de calidad educativa podría proveer el sector privado?

No estoy sugiriendo privatizar la educación, pero es claro que algo saben ellos que no entiende o reconoce el Estado. Por otro lado, es obligación (según el contrato social) que la educación pública sea gratuita, pero no es obligatorio que el servicio sea público. Finalmente, la discusión debería (si tenemos un poco de sangre en la cara) centrarse exclusivamente en el debate de la calidad, no en quién provee el servicio. Digo, a menos que queramos en pocos años lograr el puesto 138 de 138.

Por ejemplo, ¿por qué no pensar en un sistema de cupones para algunas ciudades o zonas urbanas? Los estatistas señalarán a Chile y dirán que allá no están contentos con el sistema, lo cual no es cierto. Quienes no están contentos son los académicos, que, como acá, creen solo en la educación pública, pero más aún, Chile está en el puesto 71 en el pilar de educación. No será Finlandia, pero está mejor que el Perú.

¿Por qué no investigar a profundidad a los colegios privados de bajos ingresos? ¿Por qué no pensar en educación discriminada por zonas geográficas, separando a los que viven en zonas urbanas de los que viven en zonas rurales? ¿Por qué no contratar a expertos internacionales? ¿Por qué no trabajar con las empresas para entender las necesidades del sector privado (que será quien demande mañana ciertas competencias)?

La educación peruana requiere una revolución. Y la requiere con urgencia. El peor escenario para un joven peruano es recibir la calidad de nuestro sistema de salud, luego de educación y terminar en uno de los mercados laborales más rígidos del mundo.

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