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Panorama del crecimiento global al 2030

Muchos economistas cometen el error de centrar sus predicciones de crecimiento únicamente en el muy corto plazo ante las desesperadas demandas de información por parte de los políticos y empresarios, cuyos ecosistemas los obligan a tomar decisiones en el día a día.

Este fenómeno es muy común no solo en los think tanks o centros de estudios económicos peruanos, sino inclusive en prestigiosos organismos internacionales como el FMI, el Banco Mundial, el BID, solo por destacar los más importantes.

En contraste, la importancia de analizar las tendencias de largo plazo del comportamiento de las economías recae en que permite encontrar los problemas estructurales que a veces pasan desapercibidos por los hacedores de política, pero que es fundamental tratarlos para lograr altos estándares de desarrollo.

Ante la escasa presencia o hasta ausencia de predicciones de crecimiento de largo plazo de grandes regiones y países importantes en el mundo económico, compartimos un reciente artículo escrito por Jim O’Neill, ex presidente de Goldman Sachs Asset Management y ex ministro de Hacienda del Reino Unido, y publicado en la revista Project Syndicate, en el que presenta sus visiones de crecimiento potencial global hacia el 2030.

Como se dejará entrever en su análisis, inclusive los errores cometidos en las predicciones pueden resultar muy esclarecedores respecto a las reformas que necesitan o dejan de hacer los países, sean de la región que sean. Lampadia

El Futuro del Crecimiento Económico

Jim O’Neill
Project Syndicate
11 de abril, 2019
Traducido y glosado por Lampadia

Dados los fracasos para prever la crisis financiera de 2008 y la posterior recuperación débil, es fácil pensar que los economistas tienen poco que ofrecer en cuanto a las predicciones. Pero cuando se trata del crecimiento del PBI a nivel nacional, las proyecciones anteriores se han confirmado en gran medida; incluso cuando están equivocadas, pueden usarse para diagnosticar problemas estructurales.

El mes pasado, escribí sobre la creciente división entre la teoría económica y las condiciones económicas del mundo real, y recordé a los lectores que la economía sigue siendo una ciencia social, a pesar de las ambiciones más elevadas que puedan tener sus profesionales. No obstante, cuando se trata de la cuestión específica de qué es lo que impulsa el crecimiento económico a largo plazo, todavía se pueden ofrecer predicciones rigurosas centrándose en solo dos fuerzas.

Específicamente, si uno sabe cuánto crecerá (o reducirá) la población en edad de trabajar de un país, y cuánto aumentará su productividad, uno puede predecir su crecimiento futuro con una confianza considerable. La primera variable es razonablemente predecible a partir de las tasas de jubilación y muerte de un país; la segunda es más incierta. De hecho, la desaceleración informada en la productividad en las economías avanzadas desde 2008 es ampliamente considerada como un misterio económico.

¿Sin embargo, es realmente un misterio? Considere la siguiente tabla, que muestra el crecimiento del PBI desde la década de 1980 para las economías más grandes, los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), y los “Next Eleven” (N-11), los países en desarrollo más poblados.

Con la cuarta columna (2011-2020) que muestra lo que mis colegas y yo habíamos proyectado en 2001 cuando acuñamos el acrónimo BRIC, se pueden observar diferencias entre lo que se pronosticó y lo que sucedió en esta década (2011-2017*). Para el mundo en su conjunto, predecimos un crecimiento de poco más del 4% en la década actual, debido al aumento de China y de los otros BRIC principales. Y es precisamente por esa razón que el crecimiento en el período 2001-2010 fue más fuerte que en las décadas anteriores, cuando la persistencia de un crecimiento anual del 3.3% llevó a algunos economistas a concluir que la economía mundial había alcanzado su pleno potencial.

Ahora considere lo que realmente ha sucedido. El crecimiento en los EEUU, el Reino Unido, Japón, China y (posiblemente) la India se ha acercado a lo que predijimos. Pero no se puede decir lo mismo de la eurozona, Brasil y Rusia, cuyo bajos rendimiento deben reflejar una productividad débil, dado que nuestras predicciones ya habían tenido en cuenta las tendencias demográficas.

Vale la pena señalar que ningún país o región importante ha tenido un mejor desempeño del que pronosticamos en 2001. La tabla muestra que puede haber cierta asimetría entre el crecimiento real y el potencial, y que tales divergencias no son aleatorias. Por el contrario, la zona euro, Brasil y Rusia claramente tienen problemas subyacentes que deben abordarse.

Por supuesto, en primer lugar, también podemos haber sido demasiado optimistas sobre el potencial a largo plazo de estas economías. Tal es la naturaleza de una ciencia social. Si cualquiera de ellos puede lograr un fuerte crecimiento de la productividad dependerá de una variedad de factores, entre los que se incluyen las políticas que tienen vigentes. En este punto, sería una agradable sorpresa si alguno de ellos alcanzara el nivel de crecimiento que predecimos para el 2021-30.

También vale la pena señalar que los EEUU y el Reino Unido registraron un crecimiento cercano al nivel que predecimos a pesar de sus débiles aumentos de productividad, pero rápido aumento del empleo en ambos países. Pero con la tasa de desempleo alcanzando mínimos históricos y con una política pública en contra de la inmigración, será matemáticamente imposible alcanzar el mismo nivel de crecimiento del empleo en la próxima década. Para que el crecimiento general continúe, la productividad debe mejorar.

Cuando se trata de la próxima década, gran parte del enfoque últimamente ha estado en China, cuya actual desaceleración parece haber tomado a los mercados por sorpresa. No debería haberlo hecho. Como predijimos hace casi 20 años, China luchará por alcanzar un crecimiento superior al 5% en el período 2021-2030, por la sencilla razón de que el crecimiento de su fuerza laboral habrá alcanzado su punto máximo. Si bien los pesimistas sin duda encontrarán una validación en las futuras decepciones del crecimiento chino que están por venir, los optimistas pueden señalar el hecho de que un 5% de crecimiento anual en China es nominalmente equivalente a un 15-20% de crecimiento en Alemania. En esta etapa del desarrollo de China, un crecimiento más rápido sería realmente extraordinario.

Es igualmente predecible que India comience a crecer a un ritmo mucho más rápido que China, simplemente porque a su fuerza laboral le queda mucho por hacer. La verdadera pregunta es si la India puede implementar fuertes reformas para mejorar la productividad. Si puede, podría ser la única economía importante que supere las expectativas en la próxima década. Pero incluso en su defecto, la India pronto superará al Reino Unido y Francia para convertirse en la quinta economía más grande del mundo; superará a Alemania en algún momento de la próxima década, posiblemente en 2025.

Mientras tanto, a menos que Brasil y Rusia reduzcan su dependencia del ciclo de precios de los productos básicos, solo experimentarán un fuerte crecimiento durante los picos de precios. Con o sin reforma, Rusia ya se dirige a otra década decepcionante como resultado de su demografía. Brasil, por otro lado, podría registrar un crecimiento cercano al que originalmente predijimos si pudiera implementar reformas sociales y de salud difíciles. Pero eso es un gran “Y si”.

En cuanto a la zona euro, parece que hemos sido demasiado optimistas, a pesar de que previmos una disminución en el crecimiento potencial al 1.5%. Hoy en día, la mayoría de los pronosticadores sitúan el potencial de crecimiento de la región en alrededor del 1%. Si Alemania no puede cambiar a un modelo de crecimiento más orientado a la demanda doméstica, esa proyección probablemente resultará correcta. Sin embargo, aunque la mayor parte de la cobertura de la prensa se ha centrado en la caída de las exportaciones y la producción manufacturera de Alemania, el sector de servicios del país sigue siendo fuerte. Por su propio bien y por el de Europa, Alemania debería abrazar esa fuerza permanentemente.

Entre la gran variedad de países N-11, la mayoría de ellos en Asia y África, hay algunos productores de rápido crecimiento como Vietnam. Otros, especialmente Nigeria, tienen un potencial notable debido a sus características demográficas, pero nunca lo alcanzarán a menos que realicen reformas significativas. En eso, tienen algo en común con muchas de las economías avanzadas. Lampadia

Jim O’Neill, ex presidente de Goldman Sachs Asset Management y ex ministro de Hacienda del Reino Unido, es presidente de Chatham House.




Hacia una teoría económica ajustada

La ciencia económica, cuyo origen histórico se remonta a la publicación de aquella famosísima obra del filósofo y economista escocés Adam Smith publicada en 1776, “La riqueza de las naciones”,  se ha caracterizado por ser objeto de una constante lucha de diversas escuelas de pensamiento que buscaban su predominio en su enseñanza tanto en el método como en la teoría.

En lo concerniente a la teoría, tras la publicación del libro de Smith a finales del siglo XVIII, el pensamiento de la escuela clásica predominó durante todo el siglo XIX y una pequeña parte del siglo XX, hasta la llegada de la crisis del crack del 29 en EEUU, la cual puso en tela de juicio uno de los principales supuestos de la teoría clásica: los mercados son eficientes.

A partir de ahí, el keynesianismo empezó a ser la regla de política económica en prácticamente todo el mundo desarrollado, hasta la llegada de la estanflación en la década de los 70 – inflación con estancamiento del PBI- un fenómeno que esta escuela no podía explicar con su instrumental teórico vigente, y que, la teoría de expectativas racionales, liderada por el Nobel de Economía Robert Lucas Jr. pudo explicar.

Es a partir del éxito de Lucas que, aunque implícito en la escuela clásica, se introduce fuertemente el supuesto de racionalidad de los individuos, sobre el cual descansa toda la teoría económica “mainstream” que, hasta el día de hoy, domina la enseñanza de la gran mayoría de facultades de economía en las universidades.

Sin embargo, este supuesto, aunque predominante en la academia, ha sido objeto de duras críticas recientemente por parte de economistas que argumentan que fue el principal causante de que la teoría económica no pudiera predecir la crisis financiera mundial del 2008, debido al comportamiento errático observado en los agentes económicos.

Ante ello, hay quienes proponen que se empiece a reformular la teoría relajando este supuesto y las alternativas no se han hecho esperar. La más famosa es la revolución generada por la economía del comportamiento, liderada por los economistas Daniel Kahneman, Richard Thaler y Robert Shiller.

Como indica un reciente artículo de Fareed Zakaria, titulado “¿Es el fin de la teoría económica? (ver artículo líneas abajo) en la revista Foreign Policy, “Lo que mostraron los economistas del comportamiento es que el supuesto de racionalidad en realidad produce malentendidos y malas predicciones”.

Como Zakaria indica, asumir que los individuos maximizan su utilidad y/o beneficios durante todo momento en el tiempo, no parece ser una forma útil de comprender por qué las sociedades actúan de la manera en que lo hacen.

De hecho los individuos no solo pensamos, también sentimos y parecería razonable que la teoría económica pudiese modelar estos comportamientos emocionales, de manera que mejore sus dotes predictivos y sea de mayor utilidad para los tomadores de política.

La discusión, sin embargo, sigue siendo cuál es la manera adecuada de hacerlo. El supuesto de racionalidad, con todas las limitaciones que ostenta, ha sido muy útil, en particular, para formular política macroeconómica tanto monetaria como fiscal, dada la simplicidad matemática que provee a los modelos. Por ello, consideramos que no debería ser descartado en el ámbito de la macroeconomía, por lo menos.

Por otra parte, en el ámbito de la microeconomía, en los hogares, la economía del comportamiento puede brindarnos nuevas reflexiones y de hecho, podría revolucionar esta rama desde sus cimientos, si es que ya no lo está haciendo.

Otra discusión que Zakaria también pone en la mesa es que se debe recurrir a las otras ciencias como la sociología o la ciencia política, además de la economía, que fue la panacea para comprender los fenómenos sociales.

En este respecto, no podemos estar más de acuerdo. Siempre el ámbito multidisciplinario permite acércanos más a la realidad, y más aún si estudiamos la realidad humana. Por ello, bien haría la ciencia económica en incorporar conceptos de estas otras ciencias sociales, como lo viene haciendo con la sicología, a través de la economía del comportamiento.

Todo sea para que la teoría económica pueda ser una verdadera expresión del mundo y se conduzca hacia el que debería ser su principal objetivo: generar bienestar y mejorar la calidad de vida. Lampadia

¿El Fin de la Teoría Económica?

Los seres humanos rara vez son racionales, así que es hora de que todos dejemos de fingir que lo son

El 29 de marzo de 2018, la estatua de Fearless Girl mira la escultura de Wall Street Charging Bull en Nueva York. (Volkan Furuncu/Anadolu Agency/Getty Images) 

Fareed Zakaria
Foreign Policy
22 de enero, 2019
Traducido y glosado por Lampadia

En 1998, cuando la crisis financiera asiática estaba causando estragos en lo que habían sido algunas de las economías de más rápido crecimiento en el mundo, el New Yorker publicó un artículo que describía los esfuerzos de rescate internacional. Presentó el perfil del super diplomático de la época, un hombre de gran idea que The Economist había comparado recientemente con Henry Kissinger. El neoyorquino fue más allá y observó que cuando llegó a Japón en junio, este oficial estadounidense fue tratado “como si fuera el general [Douglas] MacArthur”. En retrospectiva, tal reverencia parece sorprendente, dado que el hombre en cuestión, Larry Summers, era un nerd desaliñado y algo incómodo que servía como secretario adjunto del Tesoro de los EEUU. Su extraordinario estatus se debe, en parte, al hecho de que Estados Unidos era entonces (y sigue siendo) la única superpotencia del mundo y el hecho de que Summers era (y sigue siendo) extremadamente inteligente. Pero la razón principal de la bienvenida de Summers fue la percepción generalizada de que poseía un conocimiento especial que evitaría el colapso de Asia. Summers era un economista.

Durante la Guerra Fría, las tensiones que definían el mundo eran ideológicas y geopolíticas. Como resultado, los expertos superestrellas de esa época fueron aquellos con experiencia especial en esas áreas. Y los formuladores de políticas que podrían combinar un entendimiento de ambos, como Kissinger, George Kennan y Zbigniew Brzezinski, ascendieron a la cima del montón, ganándose la admiración de los políticos y el público. Sin embargo, una vez que terminó la Guerra Fría, los problemas geopolíticos e ideológicos se desvanecieron en importancia, eclipsados ​​por el mercado global en rápida expansión a medida que los países anteriormente socialistas se unieron al sistema de libre comercio occidental. De repente, el entrenamiento intelectual más valioso y la experiencia práctica se convirtieron en la teoría económica, que se vio como la salsa secreta que podía hacer y deshacer a las naciones. En 1999, después de que la crisis asiática disminuyera, la revista Time publicó un artículo de portada con una fotografía de Summers, el Secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Robert Rubin, y el Presidente de la Reserva Federal de los Estados Unidos, Alan Greenspan, y el titular “El Comité para Salvar el Mundo”.

En las tres décadas transcurridas desde el final de la Guerra Fría, la economía ha disfrutado de una especie de hegemonía intelectual. Se ha convertido en el primero entre iguales en las ciencias sociales y también ha dominado la mayoría de las agendas políticas. Los economistas han sido muy buscados por las empresas, los gobiernos y la sociedad en general, y sus perspectivas se consideran útiles en todos los ámbitos de la vida. La economía popularizada y el pensamiento de tipo económico han producido un género completo de libros más vendidos. La raíz de toda esta influencia es la noción de que la economía proporciona el lente más poderoso a través del cual entender el mundo moderno.

Esa hegemonía ya ha terminado. Las cosas comenzaron a cambiar durante la crisis financiera mundial de 2008, que tuvo un impacto mucho mayor en la disciplina de la economía de lo que se entiende comúnmente. Como señaló Paul Krugman en un ensayo de septiembre de 2009 en el New York Times Magazine, “pocos economistas vieron venir nuestra crisis actual, pero este fallo predictivo fue el menor de los problemas del campo. Más importante fue la ceguera de la profesión ante la posibilidad misma de fallas catastróficas en una economía de mercado”. El izquierdista Krugman no fue el único en hacer esta observación. En octubre de 2008, Greenspan, un libertario de toda la vida, admitió que “todo el edificio intelectual… se derrumbó en el verano del año pasado”.

Para Krugman, la razón era clara: los economistas habían confundido “la belleza, vestida con matemáticas de aspecto impresionante, con la verdad”. En otras palabras, se habían enamorado del supuesto rigor que se deriva de la suposición de que los mercados funcionan perfectamente. Pero el mundo había resultado ser más complejo e impredecible que las ecuaciones.

La crisis de 2008 puede haber sido la llamada de atención, pero fue solo la última señal de advertencia. La economía moderna se había basado en ciertas suposiciones: que los países, las empresas y las personas buscan maximizar sus ingresos por encima de todo lo demás, que los seres humanos son actores racionales y que el sistema funciona de manera eficiente.

Pero en las últimas décadas, un nuevo y convincente trabajo de estudiosos como Daniel Kahneman, Richard Thaler y Robert Shiller ha comenzado a mostrar que los seres humanos no son predeciblemente racionales; de hecho, son predeciblemente irracionales. Esta “revolución del comportamiento” dio un golpe debilitante a la economía dominante al argumentar que lo que quizás fue el supuesto central de la teoría económica moderna no solo era incorrecto sino, aún peor, inútil.

En las ciencias sociales, generalmente se entiende que las suposiciones teóricas nunca reflejan la realidad, son abstracciones diseñadas para simplificar, pero proporcionan una forma poderosa de entender y predecir. Lo que mostraron los economistas del comportamiento es que el supuesto de racionalidad en realidad produce malentendidos y malas predicciones. Vale la pena señalar que uno de los pocos economistas que predijeron tanto la burbuja punto-com que causó el colapso del 2000 como la burbuja de la vivienda que causó el colapso del 2008 fue Shiller, quien ganó el Premio Nobel en 2013 por su trabajo en economía del comportamiento.

Los eventos recientes han clavado aún más clavos en el ataúd de la economía tradicional. Si la gran división de la política del siglo XX fue sobre los mercados libres, las divisiones clave que surgieron en los últimos años incluyen inmigración, raza, religión, género y todo un conjunto de temas relacionados con la identidad y la cultura. En el pasado uno podía predecir la elección de un votante en función de su posición económica, hoy en día los votantes están más motivados por las preocupaciones sobre el estatus social o la coherencia cultural que por el interés propio económico.

Si la economía no ha logrado captar con precisión los motivos del individuo moderno, ¿qué pasa con los países modernos? En estos días, la búsqueda de maximizar las ganancias no parece ser una forma útil de comprender por qué los estados actúan de la manera en que lo hacen. Muchos países europeos, por ejemplo, tienen una mayor productividad laboral que los Estados Unidos. Sin embargo, los ciudadanos deciden trabajar menos horas y tomar vacaciones más largas, disminuyendo su producción, porque, podrían argumentar, priorizan la satisfacción o la felicidad sobre la producción económica. Bután ha decidido explícitamente buscar la “felicidad nacional bruta” en lugar del producto interno bruto. Muchos países han reemplazado los objetivos orientados exclusivamente al PBI con estrategias que también hacen hincapié en la sostenibilidad ambiental. China aún coloca al crecimiento económico en el centro de su planificación, pero incluso tiene otras prioridades iguales, como preservar el monopolio del poder del Partido Comunista, y utiliza mecanismos de libre mercado para hacerlo. Mientras tanto, los populistas de todo el mundo ahora otorgan mayor valor a la conservación de empleos que a la creciente eficiencia.

Permítanme ser claro: la economía sigue siendo una disciplina vital, una de las formas más poderosas que tenemos para entender el mundo. Pero en los precipitados días de la globalización posterior a la Guerra Fría, cuando el mundo parecía estar dominado por los mercados y el comercio y la creación de riqueza, se convirtió en el dominio dominante. La disciplina, la clave para entender la vida moderna. El hecho de que la economía se haya deslizado de ese pedestal es simplemente un testimonio del hecho de que el mundo está desordenado. Las ciencias sociales difieren de las ciencias duras porque “los temas de nuestro estudio piensan”, dijo Herbert Simon, uno de los pocos académicos que sobresalieron en ambos. A medida que intentemos comprender el mundo de las próximas tres décadas, necesitaremos desesperadamente la economía, pero también la ciencia política, la sociología, la psicología, y quizás incluso la literatura y la filosofía. Los alumnos de cada una deben retener algún elemento de humildad. Como dijo Immanuel Kant, “De la madera torcida de la humanidad, nunca se hizo nada recto”. Lampadia




La crisis del 2008-9 puso a la economía en la palestra

Durante el ‘cambio de era’ que nos toca vivir, se está cuestionando todo. En nuestro afán por empoderar a los ciudadanos y colaborar en la formación de un pensamiento crítico, compartimos líneas abajo, un cambio de ideas sobre las fallas de la economía y el contexto para juzgarla.

En este trance de cambios, las apreciaciones sobre la economía son de especial importancia, pues esta disciplina inspira buena parte de la formación de las políticas públicas.

Más allá de la discusión entre Tom Clark y Chris Giles, sobre si nos falló o no, la economía, es importante remarcar, desde nuestro punto de vista, una crítica que se sobrepone a las capacidades o incapacidades de lograr mejores orientaciones de las políticas públicas, es la capacidad de comunicación de los economistas.

Efectivamente, cuando en una sociedad se estresan las estructuras y se generan angustias por el devenir, y cuando se producen cambios en normas y condiciones de vida, los ciudadanos, y los medios como sus intérpretes, voltean la cara para recibir comentarios de los economistas.

AFINA LA FORMA DE COMUNICAR. BBVA

Pero como la gran mayoría de economistas no han sido capacitados en habilidades de comunicación, se dificulta la compresión de los acontecimientos sociales entre los ciudadanos.

En nuestra opinión, todos los economistas deben saber: comunicar, comunicar y comunicar. Lampadia 

¿Acaso nos falló la economía?

Tom Clark y Chris Giles
Financial Times
23 de abril de 2018
Traducido y glosado por Lampadia

Dos expertos debaten sobre el futuro de la economía

Sí – todavía estructuras obsoletas sustentan prescripciones políticas. Es necesario aclararse la garganta antes de hablar con ánimo defensivo de una profesión, escribe Tom Clark [Editor de Prospect]. Así que déjenme ser claro: muchas personas llamadas economistas están haciendo cosas valiosas. Nos pueden decir si un sistema de pensiones es sostenible, si el mundo pobre se está poniendo al día con los ricos y quién podría perder con un impuesto en particular.

Pero gran parte de este trabajo es en verdad solamente aritmética social; el razonamiento económico simplemente colorea (o en ocasiones distorsiona) las interpretaciones. El trabajo útil ciertamente requiere alfabetización estadística, pero a menudo no se da, si somos honestos, en gran parte de la teoría económica en cuestión. De hecho, algunos de los hallazgos empíricos recientes más llamativos, han desmentido teorías, como el descubrimiento de que si les das a los pensionistas un pago de combustible invernal, no se embolsan racionalmente como cualquier efectivo, sino que realmente lo gastan en combustible.

No digo que no haya lecciones útiles en la teoría básica: la idea fundamental de que las personas responden a los incentivos para dar sentido al mundo; así lo hacen también algunos otros conceptos, como “externalidades” y “costos de oportunidad”. Muy ocasionalmente, un razonamiento más abstracto encuentra una aplicación poderosa. Es difícil calificar la economía contemporánea como un éxito.

Entiende el mundo como una serie de desviaciones de una visión descabellada de mercados omnipresentes e impecables: competencia imperfecta, información imperfecta compartida, etc. Explique esto a alguien que nunca ha sido convencido por la competencia perfecta y recibirán con una mirada desconcertada. Tome la “selección adversa” (más o menos: “Sé que usted sabe si el automóvil de segunda mano que está tratando de venderme es basura, lo que me hace reacio a desprenderse de mi efectivo”). Después de un período de economía, pensé: “eso es brillante”. Pero póngalo a alguien que no sabe nada (lo he intentado) y ellos dirán: “eso es absolutamente obvio”.

El viejo paradigma todavía enmarca las prescripciones de políticas públicas. En los negocios y el gobierno, los economistas asumen que la eficiencia se mejorará al poner en línea el precio y los costos marginales, a pesar de que no hay garantía de que eso sea así en el momento en que nos alejamos del ideal competitivo. Y, en un mundo de flujos, donde las fortunas están conformadas por procesos dinámicos como la invención y la guerra, la economía se desvía por un anhelo de equilibrios estables.

Ese ordenado marco de pensamiento, alimentó la infame falla de no ver venir el colapso de 2008. Los outsiders, como Gillian Tett, del Financial Times, quien enfocó las cosas desde un punto de vista ecléctico y antropológico, sonaron advertencias mucho más claras. Recuerdo estar en un pub con un grupo de economistas después de la tormenta y uno tuvo la honestidad de preguntar: “Entonces, ¿qué está pasando?” Nadie podría arrojar mucha luz. Es cierto que estos eran generalistas, no macro-especialistas, pero el país sufría un ataque al corazón económico. Nadie perdonaría a un médico de cabecera que olvidó lo que era un paro cardíaco.

Cuando se trata de crisis futuras, Martin Wolf sostiene que deben hacerse preguntas de búsqueda sobre patología, profilaxis y paliativos. Eso suena como que hubieras esperado que cada base de la economía lo cubriera. Mientras reunimos los paliativos para sobrevivir a la recesión anterior, no hay confianza en que tengamos suficiente en el armario para la próxima vez. En cuanto a la prevención, los economistas pueden describir cómo se forman los cambios en la deuda, pero les faltan ideas sobre cómo reducirla.

Mucho permanece en la oscuridad. Hay incertidumbres incuantificables, algo que John Maynard Keynes consideró importante hace 80 años, que desde entonces ha languidecido en el cuadro “demasiado difícil” porque los modelos funcionan mal cuando los riesgos porcentuales se reemplazan por signos de interrogación.

Aquí está el problema. Los grandes problemas económicos de nuestra época, quizás los de todas las épocas, son sobre la incertidumbre. Los mejores economistas siempre han ideado modelos para demostrar puntos particulares en un contexto, y luego los descartan alegremente en otro. Pero la enseñanza y la evaluación han enfatizado el dominio de los modelos sobre las instalaciones críticas para hacerlos pedazos. Las últimas cohortes de jóvenes que, al menos en Inglaterra, han crecido siendo alimentados con cuchara para interminables exámenes escolares, llegan a la universidad y descubren que el atajo a un título de primera clase no es pensamiento crítico o incluso precisión. La profesión confía demasiado en su dominio sobre el mundo, y luego, por lo que veo en las redes sociales, comienza a ofenderse cuando se le presiona con las preguntas incómodas. Para mí, ese es el fracaso más claro de todos.

No – siempre y cuando no espere adivinanzas, la economía es notablemente exitosa.

Si le pediste a un grupo de economistas que pronosticara mi respuesta a esta pregunta, la gran mayoría diría que respondería “no”, escribe Chris Giles. Un análisis de mis probables motivaciones y mis limitaciones trabajando en la rigurosa sala de redacción del Financial Times sería evidencia suficiente para la mayoría. No habrían tenido garantía de estar en lo correcto, pero hubieran estado en lo cierto. Ignore las largas diatribas que se refieren a los “paradigmas neoclásicos” o al dominio “neoliberal” (términos que no significan nada para las personas sensatas); este ejemplo trivial está mucho más cerca del tipo de análisis que apuntala la economía. Pida un poco de la teoría más relevante, piense en una pregunta de manera lógica, reúna y analice datos y luego llegue a un punto de vista, entendiendo que puede estar equivocado.

La economía es fundamentalmente un estudio de cómo funciona el mundo y cómo hacerlo un lugar mejor. Mientras no espere adivinar, es notablemente exitosa en este empeño, iluminando muchas de las preguntas más importantes y difíciles que enfrenta la sociedad.

Los buenos economistas no pretenden ser capaces de predecir el futuro o responder a todas las preguntas con precisión, pero pueden usar una variedad de herramientas, datos y teorías para proporcionar información y mejorar nuestra comprensión.

Si desea un análisis cuidadoso de quién realmente gana y pierde de los recortes de impuestos de Donald Trump, los peligros inherentes al crecimiento continuo de la deuda, la importancia de los teléfonos inteligentes para la vida laboral de las personas en el este de Asia o los efectos históricos de la imposición de barreras comerciales, la economía informa y los economistas pueden dar buenas respuestas. En las reuniones de la semana pasada del FMI y el Banco Mundial, el análisis económico proporcionó evidencia interesante sobre cada uno de estos temas, entre muchos más.

Es importante no colgarse de los errores, incluso de los grandes. Sí, los economistas, colectivamente, no pudieron predecir la crisis financiera. La macroeconomía subestimó la importancia de los bancos para la estabilidad económica y muy pocos microeconomistas observaban los incentivos que se aplicaban en el sistema financiero. La economía está lejos de ser perfecta y aún tiene mucho por aprender. Eso es lo que hace que el tema siga siendo tan importante y emocionante.

Pero la disciplina es aprender de los errores. No niega que sus modelos fallaron. Tras el nuevo análisis, la política financiera y económica ha cambiado.

El nuevo pensamiento no detendrá todas las nuevas crisis financieras. Más fundamentalmente, incluso si evita las crisis en los años venideros, nunca lo sabremos, porque se no puede ‘detectar’ una crisis que se evitó.

Entonces, cuando la Reina preguntó por qué nadie nos advirtió sobre la crisis financiera, los economistas presentes fueron amables y murmuraron algo en sus zapatos, pero debieron haberse mantenido firmes y responder: “Esa es una pregunta estúpida, Majestad. ¿Por qué no está interesada en lo que estamos haciendo para mejorar las cosas la próxima vez?”

Los críticos de esta sombría ciencia, a menudo se obsesionan con el hecho de que las predicciones económicas tienen errores. Por supuesto que lo hacen. El futuro es incierto. El presente es incierto. El pasado es incierto porque no podemos medir las cosas a la perfección. Cuando los economistas hacen un pronóstico, ya sea uno incondicional (cuánto crecerá la economía italiana el próximo año) o uno condicional (cuánto reducirá la obesidad el impuesto sobre el azúcar), los economistas intentan cotejar la evidencia relevante que puede proporcionar cierta orientación.

El resultado será incorrecto, pero los economistas pueden decirle desde la historia qué tan grandes son los errores y hasta qué punto es una pregunta susceptible de pronóstico. Lo que es más importante, los modelos y pronósticos, permiten un escrutinio para que las audiencias cuidadosas puedan tener claro qué suposiciones simplificadoras se hicieron y cuáles son importantes. Obtener un pronóstico incorrecto es una oportunidad de aprendizaje para mejorar el análisis y el proceso la próxima vez. Esto es lo que hacen los buenos economistas.

Así es exactamente cómo funcionan otras buenas disciplinas. Meteorología busca mejorar su comprensión de los patrones climáticos con mejores modelos y datos para mejorar su servicio al público. La medicina busca mejorar su tratamiento. No ha fallado cuando las personas mueren en el hospital.

La economía tampoco le dice a la gente cuál es la decisión “correcta”. Intenta decirle la posible consecuencia de una acción y da una indicación de qué tan bien conoce sus hechos. Es curiosa sobre las formas de influir en el comportamiento que no concuerdan con incentivos financieros simples, por ejemplo, las teorías de “empujar”. Busca recopilar mejores datos y exponer los argumentos al escrutinio, como la siempre molesta cuestión de distinguir entre correlación y causalidad.

Hay, por supuesto, una gran cantidad de malas prácticas económicas: pensamiento aleatorio, tanto por parte de economistas ortodoxos que se apegan rígidamente a una escuela de pensamiento como de voces autodoxas que hacen exactamente lo mismo, pero con otro conjunto de teorías rígidas.

Lo peor son las voces económicas que sugieren que las cosas son fáciles, si solo la gente viera el mundo a su manera. Venden la fantasía de las decisiones que no involucran las muchas concesiones en las que la mayoría de la profesión principal se agoniza. Las guerras comerciales son simples de ganar, el Brexit liberalizará el entorno comercial de Gran Bretaña, los recortes de impuestos se pagan por sí mismos; estos son solo tres argumentos malos que han ganado fuerza en ambos lados del Atlántico recientemente.

Golpear a la economía se ha convertido en un deporte popular, incluso dentro de partes de la profesión. Pero el mundo sería mucho más pobre sin su contribución para comprender cómo funcionan las sociedades y las sugerencias de los economistas sobre cómo los políticos podrían mejorarlas. Entonces, ¿ha fallado la economía? No. ¿Podría hacerlo mejor? Por supuesto. Lampadia