Natale Amprimo
El Comercio, 25 de febrero del 2026
“En vez de buscar un candidato de consenso, que pudiese exhibir una trayectoria con madurez y con ‘seniority’, pensaron que bastaba con respaldar a alguien del grupo de amigos”.
En política, y en general en la vida, la soberbia pasa factura. Lo ocurrido en el Congreso el pasado día miércoles 18 no es más que una comprobación de cuán cierto es ello.
Las bancadas de las llamadas “fuerzas democráticas” del Congreso y aquella que integra el partido que hasta hoy aparece primero en las encuestas de intención de voto para las elecciones del próximo mes de abril no fueron capaces de coordinar una candidatura potable que, más allá de sus simpatías y preferencias particulares, nos pudiera dar una tranquilidad para llegar a las elecciones y al cambio de gobierno en un ambiente de tranquilidad y sin zozobra.
Resulta que decidieron apostar –o imponer, en realidad– la candidatura propuesta por la bancada que, más allá de la reconocida tradición democrática del partido político que representa y de sus destacados líderes históricos, hoy es conocida como “la de los niños”; es decir, aquella en la que muchos de sus integrantes han sido denunciados por actos de componenda y negociación no muy transparentes (lo que motivó que en su momento la congresista María del Carmen Alva se aleje de sus recientes promotores de campaña), y comprometidos en las irregulares elecciones internas partidarias.
Es claro que, en vez de buscar un candidato de consenso, que pudiese exhibir una trayectoria con madurez y con ‘seniority’, como se conoce en el campo privado (es decir, con mucha experiencia y altamente cualificados en su profesión), pensaron que bastaba con respaldar a alguien del grupo de amigos, aunque, como era ampliamente conocido, no gozaba de simpatía entre muchos congresistas, incluso dentro de las propias bancadas. En pocas palabras, era ella o alguno de los ‘diablos’ de enfrente. Así, pensaron que la elección estaba garantizada.
Es extraño que gente con experiencia, que además aspira a conducir el país, no sepa que después de cinco años de convivencia parlamentaria las relaciones entre los colegas congresistas no se sustentan en situaciones ideológicas o partidarias, sino, por el contrario, en la cercanía –o antipatía– que cada quien se granjea en el quinquenio. Son las relaciones humanas las que, en la hora final, priman. Quien no vea eso es que no conoce algo elemental en la vida social y, ni qué decirlo, en la política.
Cuando fui preguntado por algunos medios de comunicación para dar mi opinión sobre quién debería tener la responsabilidad de asumir las funciones presidenciales, di, en este orden, los siguientes nombres: Gladys Echaíz, Roberto Chiabra y José Cueto. Con cualquiera de ellos estaríamos sin sobresalto alguno; pero, claro, ninguno de ellos era de la collera ni era manejable. Son personas independientes que harían valer un criterio no sujeto a presiones y granjerías y eso, en la realidad congresal actual, parece inaceptable.
La elección de José María Balcázar a mí no me ha sorprendido, pues fue quien exitosamente dirigió la comisión que seleccionó a los integrantes actuales del Tribunal Constitucional: algo que requiere mucha muñeca, diálogo y concertación.
No lo conozco y, a esta altura, solo queda hacer votos porque su desempeño no sea como muchos predicen. Me parece que a su edad –83 años– tiene que tener muy claro el rol que debe cumplir y no dejarse ser muñeco o títere de nadie. Ojalá tenga la sabiduría de comprender lo que esperamos los peruanos: alguien que nos lleve al nuevo gobierno sin sobresaltos, estridencias ni comportamientos destemplados.






