Daniela Ibáñez de la Puente
El Comercio, 25 de febrero del 2026
“Al observar cómo cada individuo jerarquiza valores universales, es posible entender sus posturas frente a las acciones de actores políticamente relevantes”.
Estos días existe un amplio grupo de personas, tanto políticos como ciudadanos, que rechazan las etiquetas tradicionales de izquierda y derecha. Algunos lo hacen porque no comprenden plenamente todo lo que implica estar asociado a ellas, lo cual es completamente válido, ya que se trata de conceptos altamente complejos que, además, incluyen subcategorías que no siempre son mutuamente excluyentes. Otros rechazan estas etiquetas porque, en el discurso político, ya cargan con un significado peyorativo y, en muchos casos, dificultan la posibilidad de encontrar puntos en común con quienes se ubican en la vereda opuesta. También están quienes las descartan porque consideran que están por encima de ellas y creen poder situarse perfectamente en el centro, lo cual, desde mi perspectiva, resulta en la práctica una posición políticamente difícil de sostener.
Lo cierto es que aquello que despierta mayores pasiones en la política no son, en esencia, las etiquetas ideológicas, sino algo mucho más profundo. Con frecuencia, algunas posturas políticas pueden parecernos incoherentes; sin embargo, cuando entendemos que en su raíz se encuentra una determinada concepción del bien y del mal, las piezas empiezan a encajar con mayor claridad. En otras palabras, muchas veces podemos comprender mejor las posiciones políticas de una persona si analizamos los valores que guían su interpretación de la realidad.
Al observar cómo cada individuo jerarquiza valores universales, es posible entender sus posturas frente a las acciones de actores políticamente relevantes y a temas de agenda muy diversos, que van desde el matrimonio hasta los conflictos sociales. La política, en ese sentido, no solo es una disputa de intereses o de ideas, sino también de intuiciones morales.
La literatura sobre la moralidad como guía de nuestras posiciones políticas es extensa y compleja, y no es posible abordarla en su totalidad en el espacio de esta columna. Sin embargo, resulta pertinente destacar la teoría de un autor ampliamente reconocido por su trabajo en emociones morales, a quien muchos lectores identificarán por su reciente libro “La generación ansiosa”. Jonathan Haidt propone la teoría de los fundamentos morales, que agrupa nuestras intuiciones en cinco categorías.
Las dos primeras son conocidas como fundamentos individualizantes, comúnmente asociados a visiones liberales en el plano social: (1) el cuidado/daño, que nos hace sensibles al sufrimiento y a la crueldad, y (2) la equidad/reciprocidad, que nos vuelve más atentos al engaño y a la injusticia. Las tres restantes suelen vincularse más con visiones conservadoras y se denominan fundamentos vinculantes: (3) la lealtad al grupo, que refuerza valores como el patriotismo y la pertenencia; (4) la autoridad, que orienta el respeto al liderazgo y al orden; y (5) la pureza o santidad, que nos hace sensibles a la degradación de aquello que consideramos sagrado.
Aplicar este marco permite analizar diversas posiciones políticas y revela que, tanto en la derecha como en la izquierda, pueden coexistir combinaciones complejas de estos fundamentos morales. Esto resulta particularmente interesante para entender aparentes contradicciones: ¿por qué alguien que se identifica con la derecha puede mostrar hostilidad hacia el gran empresariado? ¿O por qué alguien de izquierda puede oponerse a la interrupción temprana del embarazo? Estas preguntas encuentran respuestas más claras cuando se analizan las intuiciones morales subyacentes, más allá de las etiquetas ideológicas.






