Anthony Laub
Perú21, 4 de febrero del 2026
» La ley deja de ser un freno y se convierte en instrumento; instrumento que utiliza el Estado para coactar la libertad».
La izquierda peruana no fracasa por falta de poder ni de oportunidades, sino por una negación persistente de la realidad económica. Pasan décadas, los nefastos resultados se repiten y el discurso permanece intacto. Cambian las caras, no las ideas; cambian los fracasos, no las conclusiones.
El primer dogma es la idolatría del Estado. El mercado es culpable por definición; el burócrata, virtuoso por decreto. Petroperú o Sedapal no se defienden por razones de eficiencia, sino como tótems ideológicos. Como advertía Bastiat, el problema no es lo que el Estado promete, sino lo que no se ve detrás de esa promesa: el costo oculto, la renta destruida, la corrupción y los incentivos arruinados.
El segundo dogma es el conflicto como método político. Empresas contra comunidades, Lima contra regiones, “modelo” contra pueblo. El conflicto no se resuelve: se agudiza y explota. Aquí se cumple lo que Hayek advertía: cuando la política reemplaza normas objetivas por decisiones discrecionales, la confrontación deja de ser un error y pasa a ser una herramienta.
El tercer dogma es el impulso refundacional. Ante cada problema, la misma consigna: nueva Constitución. No para limitar el poder, sino para concentrarlo. La ley deja de ser un freno y se convierte en instrumento; instrumento que utiliza el Estado para coactar la libertad.
En ese marco aparece el mantra de la “no industrialización de los recursos naturales”. Según la izquierda, el Perú es pobre por exportar materias primas y la solución sería industrializar por decreto. No se habla de productividad, mercados ni competitividad ni de que el principal obstáculo para el progreso es el propio Estado. Se habla de voluntad política. Como explicó Rothbard, sin propiedad privada, precios y cálculo económico, no hay desarrollo posible.
La izquierda es peligrosa por su desprecio a los incentivos personales, a los límites del poder, a la libertad económica y a la propiedad. Mientras insista en más Estado, más conflicto y menos reglas, seguirá produciendo una retórica épica y entregando caos, pobreza y podredumbre; o, lo que es lo mismo, seguirá botando Castillos, Dinas, Veros, Cerrones, Sigrids.






