Anthony Laub
Perú21, 18 de febrero del 2026
«Cuando las reglas existen, pero cada actor las interpreta según su urgencia, el resultado es el mismo: una convivencia caótica donde prima el cálculo inmediato por encima del orden común».
Según la empresa de navegación TomTom, Lima, Trujillo y Arequipa figuran entre las ciudades con peor congestión vehicular del mundo. El dato es técnico, pero también político: revela cómo funcionamos cuando las reglas existen, pero se aplican según conveniencia.
El tráfico no es solo un problema de infraestructura; es una radiografía institucional. En nuestras calles, la norma es flexible: carriles invadidos, intersecciones bloqueadas, luces rojas interpretadas como sugerencias. La ley está escrita, pero su cumplimiento depende del cálculo individual. La fiscalización es errática; la sanción, negociable.
Esta lógica de adaptar la norma a la propia conveniencia no es exclusiva del tránsito: es un patrón cultural que atraviesa nuestras instituciones. Cuando las reglas existen, pero cada actor las interpreta según su urgencia, el resultado es el mismo: una convivencia caótica donde prima el cálculo inmediato por encima del orden común.
Este patrón se verifica en la reciente decisión de “censurar” a Jerí, quien ejercía la presidencia por sucesión constitucional. Si se consideraba que debía dejar el cargo por razones justificadas —como creemos que sí las había— el camino institucional estaba claramente trazado en la Constitución: la vacancia regulada en el artículo 113, con causales específicas y mayorías calificadas declaradas por el Congreso.
La censura no es una figura aplicable al presidente de la República. Es un mecanismo de control político previsto para ministros y la Mesa Directiva del Congreso. Utilizarla para remover a un jefe de Estado equivale a doblar la norma para que encaje en la urgencia del momento. Es girar en rojo porque el semáforo estorba.
El problema no es la ausencia de herramientas constitucionales. La vacancia existe precisamente para escenarios de crisis. El problema es caer en la tentación de tomar el atajo, de reinterpretar la regla para evitar el procedimiento más exigente. Así como en el tráfico cada conductor prioriza su prisa sobre el orden común, en el caso Jerí, se ha privilegiado el objetivo inmediato sobre el marco institucional.
Un país no se paraliza por falta de normas, sino por la erosión de estas. Cuando las reglas se aplican selectivamente o se fuerzan para resolver coyunturas, el sistema entero pierde legitimidad.
En el tráfico y en la política, el orden es condición de libertad. Saltarse el procedimiento puede dar la ilusión de avanzar, pero a la larga solo profundiza el embotellamiento institucional.






