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Lima-Perú, 30/03/2020 a las 10:03am. por Jaime de Althaus

Discutamos qué es lo que hay que hacer

¡Esto no es un botín ideológico!

Jaime de Althaus
Para Lampadia

La inteligentzia de izquierda saborea la potenciación del poder del Estado en esta coyuntura como un triunfo ideológico. Se anima en la contemplación de un súper Estado redistribuidor que puede cerrar empresas y ordenar qué producir y qué no producir. Confunde los imperativos de la emergencia con el modelo permanente.

Juan de la Puente (LR, 27-03-20) anuncia “un dramático final del Estado neoliberal”, “…transformándose radicalmente la antigua visión neoliberal del Estado, para construir un orden más estatal con mayor solidaridad, regulación y supervisión de cara al futuro”.

Seguramente ha olvidado que ese modelo estatista y solidario de los 70 y 80 fue el que llevó a la depredación creciente de los salarios de los maestros en esas dos décadas y al colapso total del Estado, expresado, por ejemplo, en la privatización “fáctica” de los servicios de salud al final del periodo.

Ya olvidó también que fueron las políticas liberales de los 90 las que permitieron reconstruir el Estado desde sus escombros y recuperar a la nación al punto que hoy la propia ministra de Economía puede afirmar que, a diferencia de otros países, el Perú tiene cómo responder porque tiene los ahorros suficientes. Gracias al mal llamado “Estado neoliberal”, por primera vez en la historia el Perú ha acumulado reservas y ahorros suficientes para enfrentar una catástrofe como esta.

No solo eso. Las políticas liberalizadoras de los 90 permitieron empezar a recuperar lenta y paulatinamente el salario de los maestros -que no llega hasta ahora al nivel que tenían en los 60, sin embargo-, restablecer el servicio de salud pública -que aún debe modernizarse, sin embargo- poniendo en operación nuevamente postas médicas abandonadas, e introducir programas sociales que antes no existían. Pero, lo más importante, fueron esas políticas las que produjeron un crecimiento sostenido que sacó de la pobreza a millones de peruanos bajándola de un 60% a un 20%, reduciendo también en alguna medida la desigualdad.

Pese a ello, Juan de la Puente ve un olvido a los pobres originado en “un modelo resistente a la regulación”, cuando lo que hemos tenido en los últimos diez años ha sido una sobre regulación creciente de la economía que ha asfixiado los emprendimientos y consolidado la alta tasa de informalidad. Justamente, la única manera de salir del pozo económico post coronavirus será restableciendo niveles de libertad económica que se han perdido. Liberar las fuerzas productivas, como diría Marx.

Es que la ideología altera la visión. Es un falso dilema el que se da entre Estado y mercado. A más mercado libre, más ingresos para el Estado, y por lo tanto mejores servicios de educación y salud públicas siempre y cuando estos se reformen y gestionen bien. Y esa es la gran tarea pendiente y ahora sí impostergable luego del coronavirus. Para eso, sin embargo, sería bueno tener a la inteligentzia de izquierda ayudando a persuadir a los gremios y sindicatos de médicos y enfermeras de no ofrecer resistencia a los cambios. No podemos seguir con una jornada laboral efectiva de 4 horas, habrá que entregar presupuesto por resultados y no por número de atenciones y en algunos casos, por ejemplo, la mejor manera de dar buenos servicios públicos exigibles será concesionarlos.

En lugar de ver esto como un botín ideológico, hablemos de lo que hay que hacer.

Fernando Villarán, por ejemplo, en un artículo publicado en la web de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya[1], se suma al mismo sentimiento de exaltación estatal cuando afirma que los países que han logrado contener al virus -China, Corea del Sur, Singapur y Taiwán- tienen en común un Estado fuerte y un sistema de salud pública grande y eficiente.

Las anteojeras son tan poderosas que no llega a ver que esos países exitosos tienen un Estado mucho más pequeño -y por lo tanto mucho menos gasto en salud- que los que fracasaron estrepitosamente, como Italia, España y Francia. En Singapur, Taiwán y Corea el gasto público como porcentaje del PBI oscila entre 15% y 24%. En dos de ellos ¡es menor que en el Perú (20%)! En cambio, en Italia es 48%, en España 41% y en Francia 56%. Más que doblan el tamaño de los Estados exitosos. Son los célebres “Estados de bienestar” europeos, diseñados precisamente para infundirle “solidaridad” al capitalismo. Un desastre.  

Pero no estamos proponiendo un Estado mínimo. El Estado debe tener autoridad y los recursos suficientes para asegurar el imperio de la ley, el desarrollo de infraestructura y la prestación de servicios sociales eficientes y de calidad. Para eso se requiere, como decíamos, liberar los mercados, para generar más ingresos fiscales, y sentarnos a discutir -deconstruyendo los intereses creados- cuáles son los cambios o reformas que debe hacerse en los servicios sociales para que sean eficientes y de calidad para los más vulnerables, en lugar de salir a pescar en río revuelto.

El peligro, según lo que leemos en las odas como las que hemos citado, es que vuelvan a desplegar sus alas las ideas que restringen la libertad económica, que es indispensable incluso para que el Estado sea fuerte, más aún en un contexto de angustia económica de la gente en la que la prédica populista y demagógica puede encontrar eco. Lampadia

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