Iván Arenas
El Comercio, 24 de febrero del 2026
“El ciclo anárquico no comenzó en el 2016, en el ‘desencuentro’ entre PPK y Keiko Fujimori, sino antes”.
Observen bien los resultados de las sucesivas elecciones presidenciales en Chile, Bolivia y Argentina, en ese orden. ¿La novedad? Los sectores populares y emergentes apostaron por opciones antiestablishment. Kast, Paz y Milei. Las ‘callampas’ de Santiago, El Alto en La Paz, el conurbano bonaerense. Todas zonas populares o de clases medias emergentes. Antiestablishment hacia todo lo que huela a Estado, hartazgo hacia la clase política, opciones disruptivas. Incluso el voto a Parisi en Chile fue más antiestablishment. No es un antiestablishment ideológicamente de izquierda, es el ‘voto de ira’ que se encarna en soluciones inmediatas.
Miren ahora el Perú. No miren el ‘acontecimiento’, sino vayamos –otra vez– a las corrientes marinas de la ‘coyuntura’, la ‘onda media’ de la historia en Braudel. Jorge Basadre y Javier Tantaleán, ambos grandes de la historia, usaban a Braudel. Una de esas primeras corrientes marinas es que hay una desconexión profunda entre la sociedad y la política; mejor dicho, entre clases medias emergentes y populares y la política (y los partidos) en general. En la izquierda cerronista hay una visión retorcida sobre ‘lo popular’, porque en su manual mental se que cree que ‘lo popular’ es siempre de izquierda. Sin embargo, todo indica que ese mundo emergente y popular, esa sociedad ancha y ajena, está conformada por instituciones sociológicamente conservadoras cuya cultura económica es inmediata, no obstante no pague impuestos. Esa es Puno, por poner un ejemplo, que suele votar a la izquierda a pesar de su conservadurismo sociológico. Y eso no es malo. Lenin decía siempre que la revolución soviética era ideología más electricidad, poder de los sóviets más luz eléctrica en los koljós.
Hay otras corrientes marinas de ‘onda media’ que navegan, se bloquean y unen entre ellas. Minería ilegal o ilegalidad en minería con la inseguridad estructural, el narcotráfico o la corrupción. Hay una industria de la criminalidad que golpea lo público. Las elecciones presidenciales también se juegan en el transporte público, que es caótico gracias al Estado. El peruano nace bueno, pero un ‘anconero’ lo corrompe. Todas estas corrientes marinas de mediana duración navegan, se juntan o se tocan en un país ‘desorganizado’, de ‘desconcertadas gentes’. No hay nadie ni nada que organice mínimamente el país. Ni el Congreso ni el Ejecutivo. Un país desorganizado siempre –más temprano que tarde– demanda orden.
El ciclo anárquico es parte de esa ‘onda media’. No comenzó en el 2016, en el “desencuentro” entre PPK y Keiko Fujimori, sino antes, probablemente en los primeros años de la denominada transición democrática, cuando se construye un antifujimorismo militante. No hay Castillo, Boluarte, Jerí ni Balcázar sin el fujimorimo-antifujimorismo, que no va de izquierdas ni derechas ni es racional, sino las pasiones políticas convertidas en identidades políticas.
Ahora tenemos a José María Balcázar y a Hernando de Soto. El primero asegura que leyó a Sócrates pero este habla siempre por Platón, y el segundo viaja a Estados Unidos para encontrar en su sistema de propiedad una solución a nuestra moderna minería nacional, cuyo régimen de propiedad (de concesiones) ha convertido al comunero en empresario mientras el Estado se ahoga con los superpresupuestos mineros. Entre Balcázar y De Soto, hay más o menos 150 años.
¿Y las narrativas? Aquí vienen. La izquierda de todos los colores va a tener que elaborar una narrativa contra el gobierno. El ‘pacto corrupto/mafioso’ no alcanza mientras Perú Libre tenga línea directa con Palacio. El fujimorismo ya ha construido una en la que Renovación Popular es el culpable de la llegada de ‘curiosos comunistas’, con De Soto como ‘mano’ de Balcázar. Pero más allá de comunistas o de ‘pacto corrupto/mafioso’ hay algo más preocupante: que la desorganización continúe interfiriendo las elecciones. Miren también los ‘grupos etarios’. Esta vez, los profesores no tienen narrativa. El mundo rural emergente, que es minoritario pero manda en algunas regiones del sur, tampoco. Ambos, en el manual marxista, son la ‘fuerza motriz’. Allí puede fraguarse algo. Allí está el antiestablishment también.






