Jaime de Althaus
Para Lampadia
Es una vergüenza para el Perú lo que ha ocurrido.

Hoy tendremos el octavo presidente en diez años, acaso el ciclo anárquico más agudo de nuestra historia republicana.
Es una vergüenza, además, por la manera cómo se hizo, mediante un procedimiento no constitucional, cesando al presidente con la mayoría simple de los presentes, cuando la Constitución exige los dos tercios del número legal de miembros.
Jerí era un presidente con plenos poderes, con todas las atribuciones que le granjea la Constitución.
La única vía procedente para retirarlo era la vacancia.
Vergüenza además porque el Congreso optó por una modalidad que ni siquiera contemplaba el derecho a la defensa, algo elemental en cualquier estado de derecho. Ha sido un procedimiento bárbaro.
Lo que ha funcionado aquí es la psicología de la turba, del linchamiento, en el que la mayor parte de las bancadas se convirtieron en furgón de cola de la izquierda.
Estando en medio de un proceso electoral nadie quería aparecer como blindando al presidente de la República.
Primó el cálculo electoral más ramplón.
El caso de Alianza para el Progreso fue patético: luego de haber sostenido con alma, corazón y vida a Boluarte, ahora levantó la hipócrita voz justiciera simplemente porque estamos en campaña electoral.
La única excepción responsable, que hay que felicitar, ha sido Fuerza Popular.
Nada de esto excusa a Jerí ni significa que no hubiese como mínimo afectado la dignidad del cargo.
Pero eso debía procesarse mediante una vacancia, no mediante la censura de la mesa directiva, una autentica criollada digna de país bananero. Y debió esperarse en todo caso a que se proclamara al presidente electo, para no paralizar y deshacer el gobierno.
Ni siquiera se pensó quien podría asumir. Ahora tenemos cuatro candidatos de los cuales tres son de un nivel muy pobre. Podríamos terminar con alguien mucho peor.
Sacaríamos algo positivo en todo esto si sirviera de (mal) ejemplo a los gobiernos regionales y locales: que censuren a sus autoridades por esta clase de causales. Es decir, si esto llevara al aprendizaje nacional de que no se puede usar la función pública para beneficiar a amigos o terceros. Tendrían que cesar a la gran mayoría de gobernadores y alcaldes. Ojalá se desate esa corriente.
La única manera de reparar este desastre es proponernos que esta sea la última vez y que seamos capaces, a partir del próximo gobierno, de poner fin a este ciclo anárquico que destruye el Estado.
Necesitamos reinstaurar una etapa larga de estabilidad política, comenzando por que el próximo gobierno dure los cinco años que le corresponden.
Lo ideal es que tenga mayoría parlamentaria propia o en coalición.
Los actores deberían irse preparando mentalmente para conformar una mayoría que de gobernabilidad, necesaria además para aprobar las reformas profundas que se requiere para volver a crecer a tasas altas, reducir aceleradamente la pobreza y reformar la institucionalidad.
Las fuerzas políticas en competencia deberían comprometerse en ese sentido. Lo mínimo después de la barbaridad que han cometido. Lampadia






