Martín Naranjo
Perú21, 16 de febrero del 2026
«Pese al ruido político, hay elementos críticos que no se han tocado: la autonomía del Banco Central y de la SBS, la apertura comercial, el respeto general de los contratos, la disciplina fiscal básica o las libertades fundamentales», sostuvo Naranjo.
El Perú tiene buen lejos. Excelente lejos. Desde la distancia se ve mejor. No porque desaparezcan los problemas, sino porque la distancia permite separar mejor la señal del ruido. Desde allí, los logros económicos se comparan muy positivamente. Así, por ejemplo, la desigualdad y la pobreza han descendido, con altibajos, notablemente en las últimas décadas. Pareciera, entonces, ser cierta la metáfora de las “cuerdas separadas”, según la cual existiría una economía razonablemente sólida y una política desordenada que corre por otro carril. Esta metáfora es sugerente, pero simplifica demasiado la realidad.
Es cierto que el país ha venido atravesando periodos recurrentes de alta volatilidad. La sucesión vertiginosa de presidentes, los enfrentamientos entre poderes del Estado y las crisis de gobernabilidad son hechos innegables. Sin embargo, de ahí no se sigue que la política haya sido irrelevante para sostener la estabilidad económica. Si la economía ha mantenido reglas básicas, eso ya es, necesariamente, un resultado político.
Poner los datos en contexto ayuda a comprender mejor lo que ha significado dicha estabilidad. Durante las dos últimas décadas, el crecimiento promedio del país ha estado por encima del promedio regional. La inflación promedio ha sido la más baja de América Latina en un periodo que incluyó tanto la crisis financiera de 2008 como la pandemia de 2020. El riesgo país y las reservas internacionales se han mantenido consistentemente entre los mejores de la región. Estas anclas macroeconómicas no existen exclusivamente por inercia: existen también porque alguien las defiende y frena los intentos de desarmarlas.
La historia reciente es clara al respecto. Pese al ruido político, hay elementos críticos que no se han tocado: la autonomía del Banco Central y de la SBS, la apertura comercial, el respeto general de los contratos, la disciplina fiscal básica o las libertades fundamentales. No es solo un milagro tecnocrático. Es también el resultado de equilibrios políticos, muchas veces imperfectos pero efectivos. Hasta ahora.
Estos equilibrios han sido posibles gracias a lo que podrían llamarse “islas de responsabilidad”: instituciones técnicas como el BCRP, la SBS, el MEF o Mincetur, que han mantenido criterios muy profesionales aun bajo presión; funcionarios que ejercieron su mandato con solvencia y resistieron intentos de captura; actores políticos que bloquearon iniciativas fiscalmente irresponsables; y empresarios que sostuvieron sus inversiones en medio de la volatilidad. La coordinación no fue explícita, pero funcionó como sistema de contención.
Para entender cómo opera este sistema, conviene pensar en términos de improvisación musical. En un ensamble que improvisa no hay necesariamente un director ni una partitura cerrada, pero sí existen acuerdos mínimos: se sabe cuándo intervenir y cuándo callar. Cada músico improvisa, pero dentro de límites. Esos límites no son arbitrarios y no existen para inhibir, sino para permitir crear sin destruir la pieza. Son límites que definen lo que no se toca para que todo lo demás sea posible.
Algo similar ha ocurrido en el Perú. La disciplina monetaria y fiscal o el respeto de los contratos se probaron, resistieron intentos de debilitamiento y se consolidaron porque demostraron ser útiles incluso para actores con intereses divergentes. Son límites que se respetan por convicción y porque transgredirlos genera retroalimentación muy negativa. Como en la improvisación musical, estos límites no impiden la acción, la hacen posible.
En los sistemas económicos, las causalidades no siempre son lineales o evidentes y los patrones emergen de la interacción entre actores. Desde lejos, esos patrones son reconocibles; de cerca, pueden parecer solo ruido. Dave Snowden caracteriza estos sistemas como sistemas complejos que se gobiernan, igual que las improvisaciones musicales, por medio de límites duros y de atractores positivos; es decir, a través de restricciones habilitantes y de incentivos que no determinan comportamientos, pero sí los encauzan y generan aprendizaje adaptativo. La estabilidad ha sido el resultado de esos límites habilitantes combinados con esos incentivos que han coordinado acciones sin necesidad de un gran acuerdo.
Sin embargo, el problema es que algunos límites importantes funcionan muy bien, pero son frágiles. Cada ciclo electoral y cada crisis económica los ponen a prueba. Los equilibrios tácitos difícilmente resisten cuando los actores cambian o la memoria institucional se diluye. Por ello, necesitamos convertir estos equilibrios tácitos en compromisos explícitos mediante una suerte de acuerdo que logre conectar mejor esas islas de responsabilidad, tanto en el aparato político como en el Ejecutivo y el sector empresarial. Se trata de ampliar sus perímetros de interacción y de entender todo lo que está en juego cuando se normaliza la idea de que los límites duros pueden relajarse.
Más que hablar de buen lejos y de cuerdas separadas, convendría reconocer que tocamos una sola pieza compartida, a veces mal ejecutada, pero reconocible para quienes participan. El reto no es imponer una partitura, sino hacer explícitos los límites que nos han dado tan buenos resultados y que producen esas señales positivas que nos dan tan buen lejos.






