Gabriel Daly
El Comercio, 16 de febrero del 2026
“La campaña no ha desaparecido; se ha replegado hacia territorios menos visibles: redes sociales, mensajería cerrada, microsegmentación y filtrado algorítmico”.
No hay banderolas. No hay caravanas. No hay jingles pegajosos ni candidatos abrazando niños en los mercados. A menos de 60 días de las elecciones, el Perú no huele a campaña. No se trata de una rareza menor ni de una simple curiosidad del calendario electoral. Es, más bien, una señal política. Y una señal inquietante.
En otros tiempos, a estas alturas del proceso, la competencia ya se había apropiado de la calle y la televisión. Había rostros reconocibles, discursos en pugna, adhesiones y rechazos más o menos ordenados. Hoy, en cambio, predomina una campaña de baja intensidad. Pero no es una latencia ingenua: es un repliegue calculado. La pregunta relevante no es por qué la campaña no ha empezado, sino qué revela esta invisibilidad estratégica sobre el estado del sistema político y del país que se encamina a las urnas.
Tras años de inestabilidad crónica –presidentes que no terminan su mandato, congresos enfrentados al Ejecutivo, partidos que nacen y mueren en un mismo ciclo–, la política ha perdido su capacidad más elemental: producir liderazgos con algún horizonte. Las organizaciones partidarias ya no forman cuadros ni construyen relatos con vocación de permanencia; sobreviven elección tras elección. Muchas existen apenas para pasar la valla electoral o negociar cuotas de poder. En ese contexto, la campaña se retrasa porque hay poco que ofrecer y menos aún que sostener.
A ello se suma la proliferación de candidaturas. La fragmentación del sistema no amplía la oferta: la diluye. Con tantos postulantes y sin identidades programáticas nítidas, resulta difícil distinguir proyectos, trazar diferencias o anticipar rumbos de gobierno. La competencia se vuelve difusa antes incluso de empezar: los candidatos ni siquiera se anuncian con claridad y la ciudadanía no sabe quién representa qué.
Ese vacío de propuesta coincide con un fenómeno más sutil y revelador. Las encuestas registran un optimismo elevado respecto del futuro personal, muy por encima de las expectativas sobre el país. Según Datum e Ipsos, quienes creen que el próximo año será mejor para ellos y su familia pasan de 31% en el 2023 a 51% en el 2025; en cambio, quienes creen que será mejor para el Perú apenas suben de 32% a 38%. La brecha es elocuente: muchos confían más en su propio esfuerzo que en el rumbo nacional. Mientras su economía doméstica resista, quien gobierne parece secundario. La política pierde centralidad simbólica: dejó de ser promesa y se convirtió en ruido.
Además, el escenario se ha desplazado. La campaña no ha desaparecido; se ha replegado hacia territorios menos visibles: redes sociales, mensajería cerrada, microsegmentación y filtrado algorítmico. Lo que antes era un activo –instalarse temprano en la agenda pública, como Alan García en la plaza San Martín en enero del 2001– hoy puede convertirse en una vulnerabilidad. Mejor esperar, medir, probar mensajes en circuitos cerrados y reducir riesgos.
Sin embargo, este repliegue no está exento de costos. Cuando la deliberación se retira del espacio abierto, no necesariamente lo ocupa el vacío. Puede hacerlo la desinformación, la polarización emocional o liderazgos que prosperan precisamente en el descrédito generalizado. La baja intensidad no garantiza moderación; a veces prepara el terreno para irrupciones abruptas.
Todo esto ocurre mientras la agenda pública se organiza alrededor de urgencias más inmediatas: inseguridad, empleo, ingresos y escándalos institucionales. La elección no ordena la conversación nacional; la sigue a distancia. Así, la campaña compite con una realidad que no le concede centralidad.
Nada de esto significa que la contienda no vaya a activarse. Lo hará. Pero probablemente será breve, concentrada y áspera. Habrá menos construcción de consensos y más confrontación táctica. Menos persuasión sostenida y más resistencia estratégica. La tensión que hoy parece contenida podría liberarse de forma súbita.
Porque en el Perú actual no siempre prevalece quien explica mejor un proyecto de país, sino quien resiste el desgaste. Una campaña que no se oye no es necesariamente una campaña débil; puede ser el síntoma de algo más profundo: una democracia que sigue funcionando, pero en un registro amortiguado. No está en silencio. Está hablando en voz baja.






