Jaime de Althaus
El Comercio, 10 de enero del 2026
“En la mencionada estrategia queda claro que el eje dominante de la geopolítica global ya no es ideológico, sino económico y de poder”.
“¿Se ha convertido el derecho internacional en el mejor aliado de un tirano?”. Así comienza el “Wall Street Journal” su editorial sobre el brillante operativo norteamericano contra Maduro. Es claro que no se ha violado soberanía alguna porque Venezuela ya la había perdido, en varios sentidos. La soberanía emana del pueblo y Maduro no solo nunca fue elegido, sino que cuando compitió perdió abrumadoramente la elección. Era un usurpador de la soberanía popular. Como sugiere ese diario, no hay violación de la soberanía venezolana cuando el propio Edmundo González, elegido por el pueblo venezolano en el 2024, ha expresado su apoyo a la operación. Luego, ese dictador ilegítimo había entregado ya la soberanía nacional a Cuba, que no solo le proporcionaba una guardia pretoriana, sino que había montado un aparato de control político y de inteligencia para sofocar cualquier disidencia, obligando a Venezuela a enviarle petróleo fuertemente subsidiado.
Más allá de eso, era un asunto de humanidad. La tiranía chavista era criminal: destruyó un país que era muy rico, expulsó a ocho millones de venezolanos, auspició al Tren de Aragua y al narcotráfico, suprimió la libertad y mató a más de 8.000 opositores, según un informe para las Naciones Unidas de la propia Michelle Bachelet.
Pero no fueron razones humanitarias las que movieron a Trump, sino geopolíticas, meridianamente expuestas en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos y particularmente en el “Corolario Trump a la Doctrina Monroe”: recuperar poder y control en su zona de influencia directa, América Latina, que se vuelve ahora prioritaria, expulsando o reduciendo la influencia de países e intereses extra hemisféricos y antinorteamericanos (Irán, Rusia, China). Venezuela era vista como una base de operación de esos enemigos. Incautando el petróleo, de paso le asesta un golpe mortal a Cuba y agrava la situación económica rusa al eliminar el blanqueo petrolero que Rusia ejecutaba en Venezuela para evadir las sanciones, lo que podría llevar a ese país a aceptar un acuerdo sobre Ucrania.
Tampoco movió a Estados Unidos el restablecimiento de la democracia en Venezuela, por lo menos no inicialmente. En la mencionada estrategia queda claro que el eje dominante de la geopolítica global ya no es ideológico, sino económico y de poder. Allí Estados Unidos renuncia al evangelio de la democracia y los derechos humanos. El concepto clave es “realismo flexible”.
Por eso no debió sorprender la frialdad chocante con la que se descartó a Edmundo González y María Corina Machado para trabajar directamente con la presidenta Delcy Rodríguez y con la cúpula chavista integrada por personajes que también están buscados por la justicia norteamericana.
Realismo flexible (y amoral), efectivamente. Había que prevenir el caos anárquico y tener un gobierno que “tome las decisiones correctas”, y eso solo podía hacerlo quien tuviera el control de la fuerza. Y tiene que hacerlo si quiere vender su petróleo. Entre esas “decisiones correctas” no se mencionó la liberación de presos políticos. Pero vemos que ya está ocurriendo y Marco Rubio ha explicado un proceso de tres fases: estabilización, recuperación y transición a la democracia. ¡Muy bien! La geopolítica finalmente al servicio de la libertad.






