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Richard Webb

¿Condena minera?

Por: Richard Webb

Lima-Perú, 21/08/2017 a las 03:08pm. Por Richard Webb

Richard Webb, Director del Instituto del Perú de la USMP

El Comercio, 20 de agosto de 2017

El argumento más repetido para oponerse a la minería se basa en los efectos nocivos que tendría esa actividad sobre la agricultura. La minería, se dice, contamina el aire, el agua y la misma tierra, consume gran cantidad de agua escasa y encarece la mano de obra que necesita el agricultor. El daño es mayor además porque tendría un aspecto distributivo. De un lado, los afectados serían familias muy pobres cuya economía depende de los cultivos y productos pecuarios que producen sus pequeños fundos agrícolas. De otro lado, los beneficiarios principales de la minería serían corporaciones de gran escala con frecuencia extranjeras. Abundan artículos y libros que acusan a la minería de ser la culpable de graves daños, especialmente para la agricultura. Ciertamente, muchas de las publicaciones parecen tener una evidente intención política, pero hay además publicaciones académicas cuya opinión, se supone, se basa no solo en supuestos teóricos sino también en un examen de evidencia empírica.

Con esa reflexión se me ocurrió aprovechar un viaje reciente a la Encañada, distrito vecino de la ciudad de Cajamarca, para una observación directa de lo que debía ser, sin duda,uno de los casos más flagrantes de nocividad minera en el Perú. La riqueza de sus depósitos minerales ha sido explotada desde tiempos históricos. En la actualidad, hablamos de yacimientos de gran escala como Yanacocha, El Galeno, Michiquillay y La Carpa, a los que se suman varias minas de menor escala. Todo indicaba un caso particularmente grave de impacto ecológico y de frustración de la actividad agropecuaria en esa tierra.

Sin embargo, las primeras observaciones, basadas meramente en viajes cortos a diversas zonas alrededor de la ciudad principal, dieron la impresión de una intensa actividad tanto agrícola como pecuaria, presentando imágenes de invernaderos dedicados al cultivo de hortalizas y de rosas, de ubicuos porongos para la recolección de leche, de cercos eléctricos para el ganado y, en particular, de reservorios y sistemas de riego por aspersión. No obstante, era evidente que una visita tan breve no podía ser la base para una adecuada apreciación del estado de la agricultura de uno de los distritos más grandes de la sierra y que era necesario revisar las fuentes estadísticas para llegar a una evaluación confiable.

De regreso a Lima, fue posible consultar los datos recogidos por el Ministerio de Agricultura. Para mi sorpresa, la estadística corrobora un cuadro de extraordinario dinamismo productivo a lo largo de los últimos diez a quince años. Cada uno de los cuatro cultivos tradicionales más importantes, papa, cebada, trigo y maíz, se ha elevado sustancialmente. Un cultivo más nuevo es el rye grass, que se combina con alfalfa para lograr un alimento más nutritivo para el ganado, y cuya producción ha sido particularmente dinámica. Según los censos agropecuarios de 1994 y 2012, el número de ganado vacuno se dobló entre esas fechas, mientras que los cuyes se triplicaron. Además, la superficie sembrada aumentó 69% y la superficie bajo riego aumentó aun más, en 74%.

Descubrir el verdadero efecto de la minería sobre la agricultura es, sin duda, un objetivo de la más alta prioridad, y el caso de La Encañada sugiere que la historia es quizás más compleja y más sorpresiva de lo que se ha venido afirmando.

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