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Fernando Berckemeyer Olaechea

Maca para todos

Por: Fernando Berckemeyer Olaechea

Lima-Perú, 28/08/2017 a las 12:08pm. Por Fernando Berckemeyer Olaechea

Fernando Berckemeyer, Director Periodístico

El Comercio, 27 de agosto de 2017

Me desconcierta la lógica económica detrás de varias de las supuestas buenas noticias con las que se está contando para regresarnos a un crecimiento importante.

Nunca he acabado de entender, por ejemplo, cómo así fue que las inundaciones de abril desembocaron en la buena noticia de la reconstrucción por US$7.000 millones, que será un gran sostén del crecimiento. Oyendo lo mucho que al final van a impulsarnos para adelante uno tendría que lamentar, si no fuese por las víctimas, que las inundaciones no hayan sido más, tal vez acompañadas de un buen terremoto.

Algo semejante me pasa con el entusiasmo con el que el gobierno incluye en sus proyectos reactivadores al menos tres elefantes blancos que heredó: el gasoducto, la refinería y los Panamericanos. Se supone que son buenas noticias porque son miles de millones de dólares de inversión que entran en nuestra economía. Pero si para saber que crecemos bastase solo con ver que está inyectándose plata a la economía, tendríamos que dedicarnos a algo menos complicado que estos proyectos y concentrar nuestros esfuerzos, por ejemplo, en reproducir el celebérrimo monumento que las autoridades de Huayre (Junín) dedicaron a la maca. Si lo hiciésemos, digamos, cuatro veces más grande en cada uno de los pueblos del Perú, podríamos generar muchísimo crecimiento a través de los empleos que se crearían, los materiales que se comprarían, los servicios que se contratarían: todo ese “movimiento económico”, para decirlo con una muy usada frase.

Se podría objetar que el monumento a la maca no produce nada, mientras que los otros tres proyectos sí (los Panamericanos dejarán infraestructura). Pero el tema no es ese. El tema es ver si lo que cada uno de esos proyectos producirá es mayor de lo que costará: si satisfará necesidades por un valor mayor a lo que se invertirá en él. Si es que la respuesta es no, los proyectos son monumentos a la maca de un tamaño igual a la diferencia entre su costo y su utilidad. Y la respuesta, desafortunadamente, es no en los tres casos.

La refinería costará US$5.400 millones. Esto, pese a que, según lo ha demostrado el economista Ricardo Lago, el precio internacional para una refinería de 95 mil barriles diarios no supera los US$1.900 millones. El desperdicio es enorme. Y sigue siéndolo si es verdad que nuestra refinería es tanto más cara porque, como apuntan sus defensores, refinar un petróleo pesado como el peruano cuesta mucho más. Si es que producir petróleo refinado nos cuesta tanto más de lo que cuesta en el exterior, pues importémoslo y ahorrémonos la diferencia.

Luego está el gasoducto. US$7.300 millones de dólares para transportar gas hacia una demanda que permanece desconocida (pero que está garantizada por el fisco).

Finalmente, los Panamericanos. Alrededor de US$1.000 millones, de los cuales más de la mitad se irán en gastos cuyos resultados se agotarán en los días que dure el evento. O sea, una fiesta multimillonaria realizada con un motivo encomiable –el deporte–, pero una fiesta multimillonaria al fin.

En otras palabras, en lo que toca a la mayor parte de los montos a invertir en cada uno de estos tres proyectos, estamos frente a monumentos a la maca. Generarán “movimiento económico”, sí, pero hacia atrás (igualito que en la vida, en la economía no todo movimiento te avanza).

En resumen, la reconstrucción y estos proyectos no son verdadero crecimiento sino solo ‘recuperamiento’ y empequeñecimiento, respectivamente.

¿Por dónde debería ir entonces el gobierno para generar un crecimiento no puramente técnico, sino real? Una buena clave aparece cuando uno piensa en lo que tienen en común los tres elefantes blancos señalados (además del desperdicio que suponen): son estatales. Es decir, se hacen con un dinero (o respaldo) que es “de todos” en general y que, por tanto, no sale del bolsillo de nadie en particular (ciertamente no del bolsillo de quienes toman las decisiones de gastarlo).

Afirmar que el dinero gastado en esas condiciones tiene mucho más posibilidades de ser malgastado no es ideología. Es psicología (y de la básica).

Por otro lado, lo que sí recae directamente sobre la esfera de intereses de los políticos que definen las inversiones públicas es la impresión que estas generan en los votantes. Y así tenemos que Humala habló de la “dignidad nacional” para justificar la refinería; y Kuczynski del “orgullo nacional”, para los Panamericanos. Dignidad y orgullo. Dos cosas que no tienen precio (a diferencia, claro, de una refinería o de unos Panamericanos).

Hace poco el presidente dijo que el mayor fracaso de su primer año ha sido no lograr reactivar la economía. Es cierto, pero más preciso es decir que su mayor fracaso ha sido no haber podido reactivar la inversión privada, que no solo es la autora del 80% de la reducción de pobreza, sino que es la mejor colocada para generar crecimiento real. Y falta todavía que el presidente diga cómo piensa revertir este fracaso de su primer año, para que no se vuelva el de su gobierno entero.

 

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