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Diego Macera

El gran pasme

Por: Diego Macera

Lima-Perú, 23/11/2017 a las 11:11am. Por Diego Macera

Diego Macera, Gerente General del Instituto Peruano de Economía

El Comercio, 23 de noviembre de 2017

Jong-soo Lee nació en 1930 en las afueras de Chuncheon, capital de la provincia de Gangwon, al noroeste de Corea del Sur. Como su humilde padre, desde pequeño se dedicó a la producción de arroz y luego de soya. Cuando cumplió 20 años, la batalla de Chuncheon, en el marco de la Guerra de Corea, golpeó muy duro la economía local y empobreció aún más a la familia Lee. Su caso no era especial. Para 1950, el peruano promedio –que ya era pobre– tenía más del doble de riqueza que el surcoreano promedio. 

El hijo de Jong-soo, Sung-ho, nació en 1965, y tuvo una vida radicalmente distinta a la de su padre. Luego de un exitoso paso por la Universidad Nacional de Kangwon, se graduó de ingeniero y a los pocos años ganaba un salario equivalente al de profesionales en países como Portugal o España. Su caso tampoco fue excepcional. En apenas una generación, el ingreso de los surcoreanos se multiplicó por ocho; en términos económicos, algo cercano a un milagro. Para 1990, el surcoreano promedio era tres veces más rico que el peruano promedio.

No son muchos los países que superan los ingresos medios, pero son. En teoría, los países en desarrollo deberían crecer más rápido que los desarrollados para en algún momento alcanzarlos, o por lo menos acercarse a su nivel de vida. Conforme los ingresos van subiendo, las tasas de crecimiento se van moderando y se debería producir una suerte de convergencia. En el Perú, luego de una buena racha de años de rápida expansión, el crecimiento económico veloz ha perdido velocidad… demasiado pronto.

Una manera de analizar la situación es comparar la velocidad a la que crecieron países que superaron los ingresos medios cuando tenían el nivel de PBI per cápita (ajustado por precios) que tiene hoy el Perú. El peruano promedio dispone hoy de aproximadamente US$12.900 anuales en paridad de poder de compra y, en los últimos cinco años, este número ha crecido en poco más de 4,3% por año en promedio. La expectativa para los próximos cinco años, según el FMI, es que crezca al 4,0%.

En comparación, por ejemplo, cuando en el 2006 Panamá alcanzó los US$12.900 per cápita que tiene hoy el Perú, la riqueza del país centroamericano había crecido en los cinco años previos a tasas de 8,8% y en los cinco siguientes creció a 7,2%. Chile, Polonia, Irlanda, Malasia, Corea del Sur y Hungría, una vez que igualaron nuestros US$12.900 por persona, crecieron en los siguientes cinco años a tasas por encima del 6%. Visto así, prender velitas para crecer al 4,5% el próximo año suena poco ambicioso.

Las tasas de crecimiento propias de economías más maduras parecen, pues, haber llegado adelantadas al Perú. Hoy crecemos muy lento para nuestro nivel de riqueza. Y esto no es casualidad. Las ganancias en productividad obtenidas a partir de las reformas de mercado de la década del noventa tuvieron una contribución significativa en el crecimiento, pero no han sido profundizadas y fortalecidas en décadas posteriores. Por el contrario, en algunos casos –como en el mercado laboral y en el entorno regulatorio para los negocios– parecemos haber retrocedido.

La suerte no está echada ni mucho menos. La relativa juventud de nuestra población en edad de trabajar, la creciente integración al mundo, la baja productividad del sector agropecuario donde labora un cuarto de la PEA y varios otros motores de desarrollo potencial son cartas a nuestro favor si las sabemos usar. Pero el riesgo de pasar de la “gran convergencia” –como se le llamó en algún momento– al gran pasme que nos amenaza hoy es alto. Romper la inercia es urgente para que los nietos de Sung-ho no nos vean como nosotros vimos, algunas décadas antes, a sus bisabuelos.

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