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Alfredo Bullard

Riesgo moral y estupidez

Por: Alfredo Bullard

Lima-Perú, 19/06/2017 a las 01:06pm. Por Alfredo Bullard

Alfredo Bullar, Abogado

El Comercio, 17 de junio de 2017

Stella Liebeck compró un café en McDonald’s, en Estados Unidos. Llevó el café caliente en un automóvil. Se detuvo a echarle azúcar. Se colocó el café entre las piernas y pretendió abrir la tapa del envase descartable. Su torpeza llevó a que el café se derramara y le causara serias quemaduras.

Stella demandó a McDonald’s. Su argumento: el café estaba demasiado caliente. McDonald’s demostró que la temperatura del café era la deseada por los consumidores. Pero los argumentos de la empresa no pesaron. Un jurado le reconoció a Stella una indemnización de 2,9 millones de dólares.

Es claro que la quemadura fue causada por ella misma. Todos sabemos que el café se vende caliente. Sabemos también que si se nos cae encima nos quemará. En consecuencia, debemos ser cuidadosos al manipularlo.

Le hago una pregunta al lector. A cambio de recibir 3 millones de dólares, ¿no estaría dispuesto a respirar hondo y tirarse un café encima? Muchos lo haríamos. Y es que a la señora Stella se le reconoció esa indemnización porque las cortes estimaron que merecía que McDonald’s la protegiera contra su propia estupidez. Su torpeza recibió un premio.

El problema del Caso McDonald’s, uno de los más famosos de protección al consumidor, es el que se conoce como “riesgo moral”. Si a una persona le pagas los daños que ella misma se causa, dicha persona no tendrá incentivos para evitarlos. Es más, puede verse motivado a causárselos.

Pero muchos congresistas como Jorge del Castillo, Yonhy Lescano o Héctor Becerril, ex congresistas como Jaime Delgado o posibles aspirantes a congresistas como Crisólogo Cáceres (es curiosa la coincidencia entre tener ideas populistas sobre protección al consumidor y el interés en meterse en política) no entienden el problema del riesgo moral. Por el contrario, lo fomentan haciendo propuestas para proteger a los consumidores de su propia estupidez y forzando a las empresas a asumir los costos que causan.

Y es que el problema es simple. Si quieres evitar accidentes de tránsito no basta con hacer que los conductores manejen mejor. También requieres que los peatones sean más cuidadosos. Si un peatón cruza una carretera por una zona peligrosa para evitar el cansancio de usar un puente construido en ese lugar precisamente para evitar el peligro, o si un peatón camina ebrio por la calle y sufre un accidente, ¿reducimos los accidentes haciéndole pagar los daños al automovilista en tales circunstancias? Es evidente que no.

Sin duda los consumidores podemos recibir daños de los productos. Puedo intoxicarme con un alimento por una alergia. Una Coca-Cola puede explotar. Puedo clavarme un cuchillo mientras corto torpemente una zanahoria. Pero ello no es suficiente para hacer responsable a la empresa proveedora.

Si el consumidor no leyó la etiqueta con los ingredientes, o sacudió la Coca-Cola para jugar carnavales con sus amigos o se quiso suicidar y por eso se clavó un cuchillo, es absurdo hacer responsable a la empresa. Y si no, respondamos la siguiente pregunta: ¿qué puede hacer el fabricante de un producto para informar al consumidor si a este no le da la gana de leer las etiquetas?

La atribución de costos de un incidente debe ser usada para evitar el riesgo moral. Usualmente en un acto de consumo, la empresa puede hacer poco para prevenir ciertas conductas de un usuario negligente o descuidado. Está fuera de control. Pero si la forzamos a pagar motivamos la estupidez. Eso es lo que hacen muchos (diría la mayoría) de los congresistas con sus curiosas ideas.

Y trasladar siempre los costos a las empresas es irracional por dos razones.

La primera es que, como ya se dijo, incrementa los errores porque no induce a tomar precauciones (los consumidores se tiraran el café caliente encima).

La segunda es que incrementa los costos al proveedor haciéndolo pagar por algo que no puede evitar, pues depende del consumidor. Pero al hacerlo tendrá que subir sus precios para cubrir dichos costos que los Lescano o Becerril le trasladan. Al final, la factura la pagan los mismos consumidores. Pero en realidad lo asumen los consumidores cuidadosos que pagan precios más altos por riesgos que generan los consumidores descuidados.

Asombra el énfasis con el que ciertos políticos defienden cosas tan absurdas. Pero como decía Montaigne, “Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis”.

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