• Objetivo: Lograr que los peruanos optemos por una Sociedad de Libre Mercado​
  • Miércoles 18 de Julio 2018
  • Lima - Perú
MENÚ
Social < regresar

Lima-Perú, 25/06/2018 a las 09:06am. por Lampadia

La última frontera

Rumbo al bicentenario

José Ugaz La Rosa
Para Lampadia
9 de febrero de 2014

A inicios del año 2014 el Perú cerró un histórico proceso de demarcación de límites, en este caso marítimos, con la vecina república de Chile. Luego del fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, felizmente hemos dejado atrás todo diferendo terrestre, aéreo o marítimo. Sin embargo, en temas fronterizos hay un asunto pendiente y de la mayor importancia que quizá no hemos advertido y que tiene que ver, más que con establecer delimitaciones, con un proceso exactamente inverso, es decir, una materia en la cual los peruanos, en lugar de fijar límites, debemos traspasarlos.

Por supuesto, no me estoy refiriendo a nada que tenga que ver con territorialidad, soberanía o zonas económicas exclusivas. Estando nuestro país próximo a cumplir doscientos años como república independiente, tiene ahora la obligación impostergable de asumir con seriedad y decisión el cruce de una última línea de frontera, ciertamente la más difícil de alcanzar y trasponer: aquella que separa a los países en vías de desarrollo como el Perú, del conjunto de naciones cuya institucionalidad ha permitido a sus ciudadanos alcanzar una elevada calidad de vida.

En su libro Por qué fracasan los países, los laureados economistas Daron Acemoglu y James A. Robinson, señalan algo que resulta evidente: "en los países ricos, las personas son más sanas, viven más tiempo y tienen unos niveles de educación más altos. Asimismo, pueden acceder a una serie de comodidades y opciones en la vida, desde vacaciones hasta carreras profesionales, con las que (la mayoría de) las personas de los países pobres apenas pueden soñar. Conducen por carreteras sin baches y disfrutan de electricidad y agua corriente en sus hogares. Normalmente sus gobiernos no los detienen ni los hostigan arbitrariamente; al contrario, les proporcionan servicios que incluyen educación, atención sanitaria, carreteras, ley y orden".

Suena idílico, ¿verdad? Lamentablemente, en nuestro país aún no son mayoría los que pueden acceder a este nivel de vida, y los que lo logran, se mantienen en muchos casos en una situación de lucha constante, con la sensación de estar caminando sobre el filo de una navaja, porque los vaivenes a los que nos tienen acostumbrados las autoridades de turno, pueden hacer retroceder y perder, en un momento, todo o gran parte de lo alcanzado. 

Los peruanos estamos habituados a enfrentamos día a día a un entorno hostil que parece haber sido diseñado expresamente para brindarnos lo contrario a lo que necesitamos. En la práctica, el objetivo de nuestra clase dirigente pareciera ser frenar el desarrollo de las personas y de la sociedad en su conjunto. A pesar de la gran propaganda que los gobernantes han hecho al respecto, estoy seguro que gran parte de los logros en materia económica alcanzados por el país en las últimas décadas, han sido obtenidos a pesar de los gobiernos de turno y no gracias a ellos.

Por todo ello, traspasar esta última frontera y efectuar el tránsito hacia un desarrollo real y sostenible, encierra un reto mayúsculo para nuestro país, porque implica una transformación profunda de sus líderes y de sus instituciones, pero, sobre todo, de sus ciudadanos. O, mejor dicho, la transformación de sus pobladores en ciudadanos. Por supuesto, la gran pregunta del millón es: ¿cómo hacerlo?

Ha sido una noticia recurrente en las últimas décadas, escuchar a los sucesivos gobiernos emprender acciones encaminadas a llevar a cabo la consabida "reforma del Estado". El gobierno anterior incluso llegó a un planteamiento más específico, definiendo su rol como el de "un Estado al servicio del ciudadano".

En mi opinión, esta proposición resulta insuficiente, porque define el papel del Estado pero no establece cuál es el ciudadano al que pretende servir. 

Para visualizarlo más claramente establezcamos por un momento un modelo simplificado. Imaginemos que el Estado está compuesto por un solo sector, el sector transporte. En este caso, el "viejo Estado" estaría conformado por la actual red de infraestructura vial: pistas, carreteras, puentes, etc., así como el parque vehicular: ómnibus, camiones, autos, camionetas, motocicletas. Una reforma de ese Estado consistiría en mejorar la infraestructura y el parque vehicular, poniendo estas mejoras al servicio de los ciudadanos, es decir, conductores, pasajeros y peatones.  ¿Cuál sería el resultado de una reforma de esta naturaleza? Por ejemplo, ¿habría más o menos accidentes de tránsito? Me temo que, desafortunadamente, la respuesta sería que habría más accidentes. Y no solo eso. Muy probablemente estos serían más graves. ¿Por qué ocurriría esto? Es simple de entender: le estaríamos dando mejores pistas y vehículos para que desarrollen mayor velocidad... ¡a los mismos choferes! Sin un cambio de conducta o actitud, lo más probable es que conduzcan con la misma irresponsabilidad de siempre. Eso en la práctica sería como quitarles una pistola para darles una ametralladora.

Considero que sería mucho más efectivo definir primero qué ciudadanos queremos o necesitamos en nuestro país, cómo hacemos para transformar a nuestros pobladores en esos ciudadanos y finalmente, qué tipo de Estado se requerirá para servirlos del modo más eficiente. Estas son las bases sobre las que se debería sustentar una verdadera reforma del Estado.

No se requiere un ejercicio de gran imaginación para saber qué pasará con el Perú en los años venideros si no ejecutamos desde ya acciones que conlleven a cambios profundos en la actitud y comportamiento de las personas. En ese sentido, se atribuye a Albert Einstein una frase que define brillantemente a la locura: "hacer siempre lo mismo y esperar resultados diferentes". Ergo, salvo que estemos locos, tenemos ya que dejar de hacer lo mismo que hemos venido haciendo hasta ahora, porque si no, vamos a obtener los mismos resultados de siempre. Si de verdad queremos resultados diferentes, tenemos que hacer cosas diferentes.

Resulta una verdad de Perogrullo señalar que la educación es el vehículo que posibilita los grandes cambios que necesitamos como personas y como país. Desde hace más de cinco décadas, es decir, durante toda mi vida, he escuchado decir, tanto a los peruanos de a pie como a los más diversos especialistas, que la solución para los graves problemas que aún aquejan a nuestra nación, a pesar de la buena marcha macroeconómica de años recientes, es y será la educación.

Pero lamentablemente, si hay algo en lo que todos los peruanos, casi sin excepción, estamos de acuerdo, es que gran parte de nuestra población carece de un adecuado nivel educativo. Los pésimos resultados obtenidos en los últimos años por nuestros alumnos de educación secundaria en el Programa de Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA), no hacen sino corroborar y profundizar, dolorosamente, este consenso.

¿Cómo es que después de tanto tiempo, a pesar de estar todos de acuerdo, no ha podido plasmarse una solución efectiva para obtener mejores resultados en materia educativa?

¿Será acaso que necesitamos algo más o algo distinto a una mejora en la educación? 

La pedagoga argentina Silvina Gvirtz en La educación, ayer, hoy y mañana, señala que "la educación es un fenómeno necesario e inherente a toda sociedad humana para la supervivencia de todo orden social". Sostiene que "si las prácticas educativas tienden a conservar el orden social establecido, estamos ante fenómenos educativos que favorecen la reproducción". Por el contrario, "cuando estas prácticas tienden a transformar el statu quo y a crear un nuevo orden, estamos ante prácticas educativas productivas".

¿Producción o reproducción? That is the question. Si bien es cierto, ambas prácticas se pueden dar simultáneamente, lo más recomendable, en el caso de la educación peruana, es adoptar mayoritariamente un modelo productivo o disruptivo, es decir, de transformación del orden establecido. Esto debido a que en realidad nuestro statu quo no es de un orden, sino más bien, de un desorden establecido. ¿Estoy exagerando? Basta con leer los diarios, ver los noticieros y programas de televisión, o simplemente salir a la calle, para enfrentarnos a la realidad nuestra de cada día: inseguridad, violencia, caos vehicular, prepotencia, informalidad, discriminación, irresponsabilidad, corrupción, arbitrariedad, negligencia, depredación, impuntualidad, indiferencia, indisciplina, explotación. En todos los niveles, tanto en la esfera pública como en la privada. Pareciera que vivimos en una dimensión paralela o en una versión bizarra de un país, de nuestro país. 

Un conocido semanario local bautizó humorísticamente como "Rupenia", a un país imaginario de personajes inverosímiles y situaciones delirantes, para poblar su página de amenidades. Mi tesis es que es precisamente en ese lugar donde ahora nos encontramos los peruanos. No en el Perú, sino en Rupenia. Y quizá no es casualidad que Rupenia se escriba como el Perú, pero al revés. Algo muy distinto a lo que queremos y necesitamos.

 Y lamentablemente, este mundo paralelo, esta tierra de nadie donde impera la ley de la selva, esta arca abierta en la que hasta el justo peca, esta "república peruana, donde todo el mundo hace lo que le da la gana", se ha convertido en nuestra gran y verdadera escuela.

Es en este contexto que los peruanos hemos aprendido a reproducir este orden (o desorden) de cosas para sobrevivir. Y algunos lo han hecho con mucho éxito, tanto así que han comenzado a implantar nuevos y delirantes paradigmas, exentos totalmente de cualquier consideración ética. La máxima expresión de este modo de pensar y actuar se resume en la desafortunada frase: "no importa que robe, con tal que haga obra".

Para cambiar todo ello, más que una mejora educativa, necesitamos un proceso de reeducación. Los peruanos tenemos que re aprender muchas cosas: que el respeto a los demás, a nosotros mismos y a nuestro entorno, debe estar por encima de cualquier otra consideración; que mentir y robar es malo; que las leyes y normas son válidas y se aplican para todos; que los delitos se sancionan; que la política puede ser una buena palabra y los políticos unas buenas personas; que es preferible aprender a pescar a que nos regalen pescado; que la disciplina y el amor al trabajo deben ser la base de nuestro desarrollo como personas, y por ende, como nación; que sí creemos que el gobierno y los gobernantes son la solución a todos nuestros problemas, estos terminarán siendo, necesariamente, la causa de muchos de nuestros males.

¿Cómo plantear alternativas que promuevan cambios significativos en nuestra sociedad, que le den un sentido real a aquello que por mucho tiempo y estérilmente hemos denominado la reforma de la educación? ¿Y cómo hacer para que esta reforma educativa se constituya en el verdadero motor y soporte de una auténtica reforma del Estado?

Los viejos paradigmas

Si pretendemos cambios profundos en la educación peruana que nos permitan efectuar ese tránsito al desarrollo, se hace necesario, en primer lugar, identificar cuál es el punto de partida, dónde nos encontramos, cuál es la manera en que pensamos y actuamos hoy.

Como en todas las sociedades, entre los peruanos predomina una manera de ver e interpretar el mundo, una forma de estar en él, de interactuar, que es único y nos pertenece. A este modo de pensar y de percibir la realidad, que corresponde a un determinado momento histórico y nace tanto de la experiencia personal y directa como de los valores y creencias que nos han sido inculcados, los estudiosos lo denominan paradigma.

Pues bien, a efectos de este análisis, he podido identificar algunos viejos paradigmas que están muy arraigados en nuestro país y que, en mi opinión, nos impiden efectuar los cambios profundos que necesitamos para avanzar hacia una sociedad desarrollada. Es necesario, por tanto, eliminar lo antes posible a estos viejos paradigmas y reemplazarlos por otros nuevos. Por razones de espacio, me voy a referir solo a algunos de ellos.

Viejo paradigma 1: Los niños son el futuro.

Un modo de pensar que está firmemente enraizado en la mente de los peruanos (en honor a la verdad, en la mente de los ciudadanos de casi todo el mundo, pertenecientes tanto a sociedades desarrolladas como en vías de desarrollo), es aquel que señala que "los niños son el futuro".

¿Se puede cuestionar la validez o veracidad de esta afirmación?  Me atrevo a afirmar que sí.

Es un hecho incontrovertible que nuestros hijos nos reemplazarán y que nuestros nietos los sucederán a ellos. Y todo esto ocurrirá en el futuro. Sin embargo, esta frase oculta un hecho, que no por ser menos evidente deja de ser cierto: somos nosotros, los adultos, los que hemos construido y consolidado esta frase, este viejo paradigma. Y lo hemos hecho desde nuestra propia perspectiva y con un sentido colectivo, sin tomar en cuenta el punto de vista de aquellos que debieran ser el eje central de todo esfuerzo educativo: los niños.

Si los hubiéramos considerado, nos habríamos dado cuenta de al menos dos cosas:

1. Los niños no piensan en el futuro y no los hemos preparado para que lo hagan.

2. Desde una perspectiva individual, para los niños, ellos son el presente y no el futuro. Lo que tienen delante suyo, es decir SU futuro (y no el nuestro), aunque no alcancen a vislumbrarlo, es ser adolescentes primero, luego adultos y finalmente adultos mayores. 

La raíz del problema se encuentra entonces en no haber podido identificar el objetivo último de la educación y tener una visión de lo que pretendemos alcanzar.

Si no sabemos qué y para qué, menos vamos a saber el cómo.

Viejo paradigma 2: La reingeniería de los procesos existentes.

Otro viejo paradigma de frecuente aplicación, especialmente en los sectores gubernamentales, es que "debemos hacer reingeniería, es decir, mejorar lo que estamos haciendo".

Hace poco escuché a una ex ministra de Educación declarar en una entrevista televisiva que el fin de la educación es mejorar la "oferta de servicios", es decir, contar con mejores escuelas y maestros, programas y materiales educativos. Desde luego, estoy parcialmente en desacuerdo con estas afirmaciones. Ese no es ni puede ser el gran objetivo de la educación, porque se están confundiendo los medios con los fines. Y si bien es cierto, puede resultar necesario y conveniente mejorar lo que se está haciendo actualmente, en el caso de la educación peruana esto por sí solo no es suficiente y resulta mucho más efectivo comenzar a hacer lo que no estamos haciendo. 

Un ejemplo claro de cómo plantearse objetivos equivocados para llegar a ninguna parte, lo podemos ver en el fútbol nuestro de cada día. 

Desde siempre, tanto gobernantes como dirigentes, jugadores, entrenadores y aficionados, nos hemos planteado como el gran objetivo a alcanzar, el clasificar a un mundial de fútbol. Y para ello cada cuatro años hemos iniciado "procesos"  que nos permitan lograr este objetivo, comenzando por la designación de una comisión adhoc, la contratación de un entrenador, generalmente extranjero y muy bien remunerado. 

Los resultados son muy elocuentes y todos los conocemos. En esta materia hemos sido y seguimos siendo un rotundo fracaso: hace 32 años que el Perú no clasifica a un mundial de fútbol.

Sin embargo, ¿qué ocurrió en el pasado cuando sí alcanzamos el objetivo de clasificar a un mundial? 

En México 70 no nos fue tan mal que digamos, estuvimos entre los ocho mejores equipos del mundo. Claro, tuvimos la suerte de contar con una de las más grandes selecciones de nuestra historia.

En Argentina 78 logramos pasar a la segunda ronda, pero la buena actuación de la primera etapa no pudo sostenerse luego y terminamos goleados por el país anfitrión y a la postre campeón del mundo, y con sospechas de soborno que hasta hoy son materia de debate.

Finalmente, en nuestra última participación mundialista en España 82, ni siquiera pasamos la primera ronda y fuimos derrotados en el último partido por la selección de Polonia, por un contundente cinco a uno.

La pregunta entonces es, ¿para qué queremos clasificar a un mundial de fútbol? ¿Para obtener esos resultados? ¿Es realmente la clasificación un objetivo serio, sensato, realista, útil? Indudablemente que no. 

En este punto, un poco de benchmarking no nos haría mal. Preguntémonos entonces ¿qué hacen los otros países al respecto? Pero pensemos en países exitosos en esta materia, el fútbol. Por ejemplo, Brasil, Argentina, Italia o Alemania, ¿se plantean como objetivo, cada cuatro años, clasificar a un mundial de fútbol? Me atrevo a afirmar que ni remotamente. Estoy seguro que es un hecho que dan por descontado. En ese sentido, la selección de Brasil ha asistido a todos los mundiales de fútbol que se han organizado hasta ahora y es el equipo que más campeonatos ha ganado. Y es obvio que ninguno de estos países se plantea simplemente participar en estos torneos. Lo que ellos pretenden es, por supuesto, salir campeones del mundo. Cualquier otro resultado es considerado un fracaso. 

¿Qué tendría que hacer entonces el Perú en materia futbolística? pues lo que ya he señalado anteriormente, comenzar a hacer cosas diferentes para obtener resultados diferentes. 

En primer lugar, se debe dejar de pensar en el corto plazo y fijar objetivos serios. En lugar de intentar clasificar a un mundial de fútbol, hay que fijarse como meta el tener una selección competitiva a nivel regional primero y luego a escala mundial. Una vez alcanzado este gran objetivo, la clasificación caerá por su propio peso, no solo para asistir a un mundial, sino a todos. Y dejar de ser eliminados en primera ronda, para COMPETIR POR EL CAMPEONATO. Si no hacemos esto, vamos a seguir deambulando sin rumbo, quién sabe por cuántas décadas más.

Una situación por demás aleccionadora ocurre en una escena del célebre cuento de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas. Cuando la protagonista, estando perdida en el bosque, llega a un cruce de caminos y se encuentra con un gato a quien le pide ayuda para saber qué camino tomar. El gato, con una lógica aplastante le pregunta a dónde quiere ir, a lo que Alicia responde: "no lo sé". "Bueno pues", sentencia el gato, "si no sabes a dónde ir no importa qué camino tomes".

Para cruzar esa última línea de frontera hacia el desarrollo, está claro que debemos emprender una marcha. Pero, ¿sabemos hacia dónde debemos dirigirnos? 

Establecida la necesidad de fijar objetivos válidos, la propuesta consiste en plantear el fin último de la educación en función a una visión de los individuos que van a ser afectados por ella, es decir, los educandos. Pero, si queremos realmente tener resultados diferentes, debemos hacerlo desde una perspectiva distinta y de largo plazo. Para ello se requiere reemplazar el viejo paradigma que señala que los niños son el futuro, por otro más audaz y efectivo.

Si hablamos de resultados en materia educativa, ¿cuál debe ser esa visión? ¿Cómo queremos que sean esos niños? ¿Qué competencias deben desarrollar? ¿Para qué tipo de actividades debemos prepararlos? ¿Por qué etapas de la vida van a pasar y qué condiciones deberán tener para enfrentar con éxito cada una de estas etapas? Esta última interrogante es la clave del nuevo esquema propuesto. 

Viejo paradigma 3: Planificar en función a incertidumbres.

Desde siempre, la mayoría de países como el nuestro, o no han tenido una adecuada planificación, o lo han hecho en función a incertidumbres: si ganamos la guerra, si nos quitan el guano o el salitre, si el dólar baja, si encontramos petróleo, si se presenta el Fenómeno de El Niño, si derrotamos a la inflación, si los precios de los minerales se mantienen altos, si la pesca repunta, si elegimos a tal o cual candidato, y un larguísimo etcétera. Esto ha sucedido en el pasado, ocurre en el presente y muy probablemente seguirá siendo así en el futuro, salvo que hagamos algo muy distinto: planificar en función a certezas.

Hay cosas que ocurren en la vida de los países y de las personas que resultan ciertas e inevitables. El paso del tiempo es una de ellas, por ejemplo. O el clima. Sabemos con certeza que la noche sucede al día y que un nuevo día vendrá. El ciclo de las estaciones ocurre tanto en los países del hemisferio norte como el sur. Primavera, verano, otoño, invierno. Por los siglos de los siglos. 

Una conocida fábula nos enseñó de pequeños que hasta las hormiguitas han aprendido a planificar su provisión de alimentos en función a la certeza de los ciclos climáticos. A propósito, ¿a los niños de hoy se les enseña en el colegio o en el hogar la fábula de la cigarra y la hormiga? Pareciera que ni nuestros gobernantes están al tanto de esto. Si no, de qué manera se explica que año a año, el Perú entero sufra, dolorosa y reiteradamente, una tragedia anunciada: la lamentable (y evitable) muerte de niños en Puno, producto de la llegada del invierno al altiplano. 

Las heladas en Puno son un claro ejemplo, además, de cómo un mal diagnóstico lleva a un mal tratamiento. Se dice que el problema es el frío y se envía entonces a las zonas afectadas, ingentes cantidades de frazadas y chompas, que son obtenidas mediante donaciones de compatriotas solidarios y honestamente preocupados. Pero los niños siguen muriendo. 

En Canadá, en un invierno promedio, hace mucho más frío que en Puno y los niños no se mueren por ello. Es más, hasta salen a jugar a la nieve. Antes que el frío, podemos encontrar razones más profundas que explican estas muertes de niños en nuestro país: pobreza, desnutrición, viviendas inadecuadas, incomunicación, falta de acceso a servicios de salud y educación. Y antes que ellas y por encima de todo: la indiferencia e incompetencia de las autoridades. La verdad es que muchos peruanos, y no solo en Puno sino en todo el país, están abandonados a su suerte. 

Viejo paradigma 4: el crecimiento económico brinda bienestar.

En casi toda su historia republicana, salvo breves períodos de bonanza económica, el Perú y los peruanos han vivido en un estado de crisis permanente. La gran paradoja del actual crecimiento económico en nuestro país es que puede brindar (o “chorrear”) bienestar, pero también generar un gran descontento en amplios sectores de la población. Y esto se da porque no todos tienen las condiciones suficientes para aprovechar las oportunidades que se presentan con el crecimiento.

Imaginemos la educación como un vehículo que puede permitir a su poseedor llegar muy lejos. En situaciones de crisis como las que se han vivido en nuestro país, esto equivalía a conducir el vehículo en una pista llena de baches y obstáculos, donde no se podía desarrollar mayor velocidad. En la práctica, los que tenían vehículo y los que iban a pie, es decir, aquellos sin educación o con educación elemental, iban todos casi a la misma velocidad y no se podía llegar muy lejos, o el hacerlo implicaba un esfuerzo realmente extraordinario. Pero ahora, con la situación económica que atraviesa el país, las vías se destraban y los que tienen una buena educación, es decir, los que conducen vehículo, tienen la oportunidad de ir a mayor velocidad y llegar más lejos. Pero los que van a pie, siguen a la misma velocidad de siempre. En esas condiciones, por más que se hayan mejorado las pistas o veredas, es muy difícil que puedan aprovechar las oportunidades que genera el crecimiento económico. De allí el descontento. Y la paradoja. 

En consecuencia, debemos dejar de pensar que es el crecimiento económico por sí solo o el rol de un Estado redistributivo el que brindará bienestar a la mayoría de la población. El vehículo, el gran movilizador social, es la EDUCACIÓN, pero así, con mayúsculas. 

En este punto, quisiera volver a las certezas explicadas en el paradigma anterior. 

Existen circunstancias que ocurren incluso independientemente de la voluntad, ideología, raza o religión de las personas. Les pasa a comunistas y liberales; indios, chinos, blancos y negros; peruanos y vietnamitas; ateos o creyentes. Las personas nacen, crecen, se reproducen, envejecen y mueren. Aunque hay excepciones, la mayoría pasa por todas y cada una de estas etapas del ciclo de vida. Y dentro de ellas, la vejez constituye la última y definitiva etapa antes de dejar este mundo. Entonces, si hablamos en términos educativos, podríamos afirmar que la etapa de adulto mayor, aquella que de acuerdo a las Naciones Unidas se inicia a los 60 años de edad, bien podría definirse como la "graduación de la vida". 

¿Qué pasaría si planificamos en función a esta certeza, es decir, sabiendo que inexorablemente, la mayoría de personas van a llegar a ser adultos mayores? ¿Resulta apropiado plantearse una visión de los ciudadanos en esta etapa de la vida? Definitivamente sí. 

Todos los actos que suceden alrededor de la vida de una persona, incluso aquellos que ocurren antes de su nacimiento, conducen hasta la etapa de adulto mayor. Son como afluentes de un gran río que inevitablemente terminará en el mar. Si esto es así, y vaya que lo es, resulta no solo legítimo sino indispensable el formularse una visión de los adultos mayores que queremos tener en nuestro país. Considero que ese puede ser el fin último de la educación: qué tipo de adultos mayores queremos. Ellos son en realidad el futuro.

Para desarrollar esta visión, es importante establecer una línea de base, es decir, cuál es la situación actual de nuestros adultos mayores.

Durante la mayor parte del siglo pasado y lo que va de este siglo, los peruanos hemos asistido al drama de los jubilados, especialmente de aquellos pertenecientes al sistema nacional de pensiones. Las entidades encargadas de administrar este sistema han tenido y tienen una de las tareas más difíciles, porque, al margen del grado de eficiencia o ineficiencia que hayan podido alcanzar o procurar, siempre las necesidades y expectativas de los jubilados han sido muy altas con relación a lo que estas instituciones y el sistema efectivamente pueden proporcionarles. 

Conocemos el testimonio y la amarga experiencia de decenas de miles de asegurados y pensionistas, que durante décadas de largas y penosas colas, han intentado que se satisfagan sus demandas, se atiendan sus reclamos, se escuchen sus ruegos. En muchas ocasiones han logrado que se les reconozca el derecho que solicitaban. En otras tantas, lamentablemente no. 

Esa tragedia cotidiana de los jubilados, esa letanía que a diario suelen presentar los medios de comunicación, es nuestra dolorosa línea de base. Y al utilizar la palabra tragedia, me refiero al significado griego del término, en el cual se conoce por anticipado el destino final. De no hacer algo ahora, las nuevas generaciones llegarán a esa edad en el futuro, en iguales o peores condiciones. 

En el año 2025 habrá en el Perú cerca del doble de adultos mayores que en la actualidad, con una esperanza de vida mayor y que lamentablemente, por el alto nivel de informalidad de nuestra economía, no tendrán derecho a una pensión.

Con el fin de evitar que esta dramática situación que viven nuestros jubilados se agudice e incluso se extienda a las próximas generaciones, es indispensable la implantación de una cultura previsional en nuestro país. 

Previsión, como su nombre lo indica, es tener una visión previa, anticipada, de algo que va a ocurrir o que puede ocurrir en la vida de una persona. Algunas de estas pueden ser circunstancias aciagas o no deseadas. Por ejemplo, el desempleo, la enfermedad, invalidez, envejecimiento y muerte. Sin embargo, lo más recomendable es tener comportamientos que eviten esas circunstancias o que permitan enfrentarlos de la mejor manera, en caso se presenten. 

En el caso del envejecimiento, las personas son, por su propia naturaleza, individuos intergeneracionales, es decir, que van a atravesar a lo largo de su existencia por sucesivas etapas: recién nacido, infante, niño, púber, adolescente, joven, adulto y adulto mayor.

Sin embargo, esta condición intergeneracional de las personas, las autoridades parecieran no entenderla así. 

Hace algunos años asistí a un evento organizado por el Ministerio de la Mujer y Desarrollo Social (hoy Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables), el ente rector en temas relacionados con los Adultos Mayores. Se conmemoraba el Día Contra el Maltrato al Adulto Mayor. 

En aquella oportunidad, los organizadores no tuvieron mejor idea que realizar por primera vez lo que denominaron como una actividad intergeneracional. Se invitó a niños y jóvenes a dar su testimonio acerca de cómo ellos se relacionaban con los adultos mayores de su familia y su comunidad y la manera en que los respetaban y les daban una atención preferente. 

Mientras observaba la ceremonia, me fui dando cuenta que los gestos y testimonios que allí se presentaban, si bien podían conmovernos y generar nuestra adhesión, resultaban en la práctica hasta contradictorios con lo que ocurría y ocurre en la realidad.

Para explicar esto, pensemos en un joven de 20 años que no tiene oficio ni beneficio, es decir, no estudia ni trabaja, no lleva una vida saludable, se alimenta mal, no hace deporte, fuma, bebe alcohol, se droga, duerme poco, mal y a deshora, anda con malas compañías, etc. Ese joven, con la vida que lleva, está maltratando de la peor manera y sin darse cuenta, a un adulto mayor: a él mismo con una anticipación de 40 años. ¿Qué tipo de adulto mayor va a ser, si es que llega a esa edad, con el estilo de vida que está teniendo ahora que es joven? Mi abuela decía que uno cosecha lo que siembra y, definitivamente, ese joven no está sembrando nada bueno para su futuro como adulto mayor.

Por todo lo anteriormente expuesto, considero que el más grande reto que tenemos como sociedad es:

  1. Desarrollar y hacer realidad una visión de los adultos mayores en nuestro país. 
  2. Establecida la línea de base, es decir, la realidad actual de los adultos mayores, determinar cuáles son las brechas con la visión planteada, en otras palabras, qué separa a los adultos mayores que tenemos, de los adultos mayores que queremos y necesitamos como país.
  3. Fijar las acciones y los plazos para cerrar las brechas y alcanzar la visión.
  4. Involucrar a toda la sociedad en este gran esfuerzo que permita articular y comprometer a todos los sectores.

Para lograr todo ello, mi opinión es que se requiere que esta visión de los adultos mayores sea lo suficientemente amplia para permitir una aceptación mayoritaria, casi unánime. Debe ser la base de una gran cruzada nacional que ejerza presión y haga despertar de su letargo a las autoridades, con el fin de iniciar todos juntos un esfuerzo de largo aliento para alcanzar esta visión. Con ese propósito, paso a enunciar y desarrollar la nueva visión del adulto mayor:

“Un adulto mayor activo, productivo, saludable, autosuficiente, con capacidad de ahorro e inversión, generador de empleo y fuente de sabiduría”.

Considero que esta definición es lo suficientemente amplia como para lograr comprensión, validez, motivación, aceptación y sentido de logro en todo el país, a pesar de la heterogeneidad de nuestras comunidades. Se puede aplicar tanto para adultos mayores de la costa, sierra y selva; urbanos o rurales. 

Desarrollando cada uno de los conceptos que componen la visión, podemos definirlos de la siguiente manera:

Activo:

Que haga cosas y que siga queriendo hacerlas. Que no considere que la etapa de adulto mayor signifique inactividad, es decir, el no hacer nada y solo ver el tiempo pasar. Pero que estas actividades las haga por convicción y por necesidad del espíritu y no por obligación o necesidad económica.

Productivo:

Que las cosas que haga o mande a hacer, sean beneficiosas para él, para su familia, su comunidad y su país. Que sienta que está en capacidad de contribuir, con su experiencia y conocimientos, en mejorar el mundo en que vivimos. Y que efectivamente lo haga.

Saludable:

Que se mantenga razonablemente sano y fuerte, en función de lo que se espera para su edad y de los episodios médicos o enfermedades que ha sufrido a lo largo de su vida. Que pueda controlar adecuadamente las enfermedades recurrentes que pudiera haber adquirido y que tenga los medios para hacerlo. Que haya tenido, quiera tener y mantenga una actividad física constante y una alimentación adecuada en función a sus necesidades nutricionales. Que tenga los conocimientos y recursos suficientes para cumplir satisfactoriamente con todo ello.

Autosuficiente:

Que pueda mantenerse y velar por sí mismo, sin depender de los demás, o en caso de alguna discapacidad, parcial o severa, pueda procurarse la ayuda necesaria para hacerlo, sin recurrir al apoyo material de terceros, de su familia, su comunidad o el Estado.

Con capacidad de ahorro e inversión:

Que lo que ha hecho y lo que haga le genere ingresos que le permitan disponer de recursos para cubrir sus necesidades con holgura y le genere excedentes. Que tenga la capacidad y la voluntad de tomar las mejores decisiones financieras respecto a estos excedentes, a través de instrumentos de ahorro y/o inversión, es decir, no solo acumular riqueza sino continuar produciéndola.

Generador de empleo:

Que esté en condiciones no solo de generar recursos para su manutención sino que tenga la voluntad y capacidad de crear y desarrollar empresa, generando puestos de trabajo.

Fuente de sabiduría:

Que esté en condiciones y tenga la voluntad y convicción para transmitir a los demás, especialmente a las nuevas generaciones, los conocimientos y experiencias adquiridos a lo largo de su vida. Que se procure o busque los medios para hacerlo y que efectivamente lo haga. 

Estoy convencido que esta visión de un nuevo adulto mayor, de un nuevo ciudadano, debe ser la base de una auténtica reforma educativa, de la reforma del Estado que durante tanto tiempo hemos buscado. 

Ahora bien, ¿cómo alcanzar esta visión?

Viejo paradigma 5: Hay que educar en valores

Se habla mucho acerca de brindar una educación en valores. En mi opinión, como sociedad hemos retrocedido tanto que actualmente los valores imperantes no son precisamente los que quisiéramos o debiéramos inculcar. En todo caso, los mensajes son tan contradictorios, que los niños y jóvenes tienen serias dificultades para asimilarlos e incorporarlos adecuadamente como parte de su comportamiento. 

Hablemos de un valor sumamente importante. El amor, por ejemplo. Les inculcamos a nuestros niños el amor a la familia, a su patria, al prójimo, a los animales, a la naturaleza. Y sin embargo, lo que ellos ven en la práctica es violencia, desprecio, maltrato, contaminación. Padres que violan a sus hijos, les pegan y hasta asesinan a sus esposas. ¿Cómo puede alguien que maltrata de esta manera a sus seres queridos, decir que los ama? 

Por todo ello, sería más conveniente, oportuno y efectivo, reemplazar este paradigma por otro. Estoy seguro que si Cristo viniera al mundo en estos tiempos, su mensaje central no sería: "amaos los unos a los otros". Adecuándose a la realidad, lo más probable es que nos dijera: "respetaos los unos a los otros". Y es que el respeto resulta algo fundamental y además, un requisito para el amor. No se puede bajo ninguna circunstancia, amar algo que no se respeta. 

En ese sentido, el respeto constituye un principio universal. Parte de un hecho físico inobjetable: el otro existe. Eso es algo que nuestra escala de valores actual muchas veces pasa por alto. El otro está allí, al lado o al frente nuestro y lo ignoramos completamente. De acuerdo a este pensamiento, para mí solo yo existo. Solo interesa lo que yo quiero, pienso y siento. Al otro lo avasallo, le paso por encima y solo lo tomo en cuenta para aprovecharme de él, para sacarle todo lo que puedo, para explotarlo en función de mis propios intereses. 

En estos tiempos de superpoblación y alta competencia, es difícil que tenga éxito el mensaje de amar al prójimo, especialmente si este prójimo es el que se queda con el empleo al cual estaba postulando, está antes que yo en la fila del supermercado, ha agotado las localidades del espectáculo al que yo quería asistir, ocupa el estacionamiento en el que quería dejar mi vehículo. 

Pero sí podemos inculcar respeto. Sí podemos enseñar a los niños y jóvenes que el prójimo no solo existe, sino que es alguien como yo, que tiene las mismas necesidades y que en esencia, está en este mundo por las mismas razones que yo.

Propongo el paradigma de una educación basada en principios. 

Hay muchas cosas que los niños y los adultos podemos aprender de este tipo de educación. Ya nos hemos referido a algunas de ellas, como el respeto a uno mismo y a los demás, el conocimiento y la comprensión de leyes elementales de la naturaleza como el clima, el paso del tiempo y el ciclo de los seres vivientes. Son cosas fundamentales que sin embargo ignoramos. 

Muchos conductores de vehículos en nuestras ciudades o carreteras, por ejemplo, ignoran completamente las leyes físicas más elementales y es por ello que se producen tantos accidentes en nuestras pistas, que han ocasionado más víctimas que las que produjo la violencia terrorista en nuestro país.

Más que enseñar materias o asignaturas, debemos enseñar a nuestros estudiantes las ganas de aprender. Hoy los conocimientos cambian constantemente. Y el cambio es tan acelerado, que lo que resulta avanzado hoy, es obsoleto mañana. Por ello, el hambre por el conocimiento, no solo para adquirirlo sino para generarlo, debe ser la base de la educación de nuestros niños y jóvenes. Las ganas de actualizarse, de permanecer vigentes, y por supuesto, de alcanzar como individuos el ideal o visión que su sociedad le plantea. 

Sin hacer un análisis exhaustivo, podemos inferir que la brecha entre la visión y la realidad es enorme. Y es indudable que los resultados no se podrán obtener en el corto plazo, pero, ¿cuánto tiempo debe pasar para cerrar la brecha entre la visión propuesta y la realidad actual de los adultos mayores? 

No es mi propósito llevar las argumentaciones al ámbito religioso. Sin embargo, algunos ejemplos muy ilustrativos para responder a esta interrogante los he encontrado en la Biblia, en ciertos pasajes del antiguo testamento. 

En el libro del Éxodo, Dios le pide a Moisés que conduzca al pueblo de Israel de Egipto a la Tierra Prometida. Pero, una vez en el desierto, se muestra muy contrariado por el comportamiento de su pueblo que, falto de fe, se dedica a adorar a un becerro de oro. En castigo, Dios ordena a Moisés que los haga caminar en círculos por el desierto durante... ¡cuarenta años! 

Mi interpretación es que Dios no deseaba fundar una nueva nación con un pueblo que había vivido durante siglos como esclavo. A la Tierra Prometida solo podían aspirar a ingresar hombres libres, con mentalidad de hombres libres. Y así fue. Solo entraron aquellos hijos de Israel nacidos en el desierto.

Este relato se complementa con uno del Génesis, en donde se señala que Dios creó el universo en seis días y descansó el séptimo. El mensaje completo, uniendo ambos pasajes de la Biblia, es que, para Dios, siendo Dios, es más fácil y rápido crear el universo entero, que cambiar la mentalidad de una nación. Lo primero toma seis días. Lo otro, cuarenta años.

Si tomamos como referencia a otros países que han dado ese tránsito a la modernidad y el desarrollo, vemos que los plazos son increíblemente similares: Malasia, Tailandia, Singapur, Taiwán, Corea del Sur, Irlanda, Finlandia, Noruega, Australia, Nueva Zelanda. En periodos de alrededor de 40 años estos países han pasado, a través de cambios profundos en la educación, a formar parte del conjunto de naciones cuyos ciudadanos gozan de una elevada calidad de vida. 

No soy un especialista en temas educativos, ni mucho menos. Por ello, no pretendo que las propuestas que aquí he planteado sean la solución definitiva al gran problema de la educación en nuestro país. Quizá sea simplemente un llamado desesperado de un peruano que ama profundamente a su país y que observa con dolor y preocupación cómo, a pesar de estar próximos a cumplir doscientos años como república independiente, muchos compatriotas aún no son dueños de su propio destino. 

Aún estamos a tiempo de emprender la marcha para cruzar esta última línea de frontera. De efectuar la travesía que nos conduzca, desde el punto en que nos encontramos, hacia ese Perú anhelado por todos los peruanos de buena voluntad. 

Que el 28 de julio del año 2021 nos encuentre firmemente encaminados hacia esa meta.

BIBLIOGRAFÍA

  • Acemoglu, Daron; Robinson, James A. Por qué fracasan los países.
  • Gvirtz, Silvina. La educación, ayer, hoy y mañana.
  • Carroll, Lewis. Alicia en el País de las Maravillas.
  • Esopo. Fábula de la Cigarra y la Hormiga.
  • INEI. Censos Nacionales de Población y Vivienda 1940, 1961, 1972, 1981, 1993 y 2007. Estimaciones y proyecciones de población 1970-2025. En Boletín Especial Nº 15.
  • La Biblia. Libros del Antiguo Testamento: Génesis y Éxodo.
Palabras Clave

Artículos Relacionados

Comentarios