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Lima-Perú, 08/06/2015 a las 12:06pm. por Lampadia

Comentarios de actualidad sobre publicaciones locales e internacionales

Lampadia Comenta

Meléndez tira barro al desarrollo de la gastronomía y niega avances económicos y sociales del Perú

En un criticable comentario, Meléndez ataca los méritos de los mejores restaurantes peruanos, Central, Astrid y Gastón y Maido, a los que califica de “pulpines del sabor”. En el caso de Central recurre a una disputa judicial con la Municipalidad de Miraflores, implicando un mal comportamiento sin que haya una condena y sin explicar la naturaleza del litigio.

 

 

En base a este argumento pasa a negar los méritos de nuestra economía y sociedad hablando de la “inconsistencia del ‘milagro peruano’” y a afirmar: “El milagro económico peruano no es tal. No se engañe. Su evidencia ‘está en todos lados menos en las estadísticas económicas’”, secundando los planteamientos de Ganosa y Stiglich de su último libro: ‘El Perú está calato – El falso milagro de la economía peruana y las trampas que amenazan nuestro progreso’, que merecerá un próximo comentario de nuestra parte. 

 

 

Lampadia plantea al respecto de la columna de Meléndez, los siguientes comentarios:

1. Meléndez desnaturaliza el mérito de Central y Martínez sin saber si el municipio actuó con justicia o defendiendo los intereses particulares de otros ciudadanos o negocios.

2. Implica que el éxito del sector privado es espurio por el hecho de que el gobierno no haya hecho su tarea en lo que le correspondía en cuanto institucionalización, educación, etc.

3. Recoge el pobre análisis de Ganosa y Stiglich, que sin recurrir a las estadísticas peruanas, pretende negar el desarrollo del país.

Los autores del libro y Meléndez no entienden que después del ‘apagón de inversión y producción de 30 años’ (60, 70 y 80s), en que se proscribió la inversión privada en el campo, minería, energía, pesca y hasta en turismo; gracias a la Constitución del 93, regresó la inversión privada que privilegió a las regiones: creando en ellas más empleo que en Lima, empleo formal, mayores ingresos para los pobres, disminuyendo la pobreza y la desigualdad y, mejorando todos los indicadores sociales. Ver en Lampadia: Cifras de la Prosperidad.

4. Tampoco se percata que tuvimos una revolución tecnológica que transformó los procesos productivos de todos los sectores de la economía. Ver en Lampadia: Revolución Tecnológica en el Perú.

5. No reconoce el aumento de nuestras exportaciones que diversificaron
nuestra producción.

6. No reconoce que se creó un nuevo sector industrial: más grande, competitivo y exportador de nuestra historia.

7. Ni el espectacular incremento de los recursos fiscales que, en gran medida, el gobierno no sabe administrar.

8. Que el gobierno haya fallado en lo suyo, no es un demérito del sector privado.

9. Además, la revolución gastronómica a tenido inmensos méritos, llevando un nuevo espíritu de desarrollo a toda nuestra oferta, desde las carretillas. Ha unido a los peruanos, haciendo que empecemos a sentirnos orgullosos de lo nuestro, generando una mayor identidad y sentido de pertenencia.

En nuestra opinión es muy decepcionante que se recurra a cualquier argumento para destruir la imagen de las cosas que si hemos hecho bien y que un articulista que funge de ‘gurú’, pretenda desmerecer los méritos de nuestra gastronomía y que recoja los argumentos sin sustento, del mal análisis de Ganosa y Stiglich sobre la economía peruana, para hacer su único planteamiento correcto, que necesitamos un salto cualitativo en el aspecto institucional, la educación, la salud y las infraestructuras. Brechas sobre las que en Lampadia hemos insistido hasta el cansancio y que son, repetimos, tarea fundamental del Estado y de la clase política.

Ojalá, Meléndez tenga la humildad de reconocer lo que no sabe y de revisar las múltiples publicaciones de muchos analistas serios que han incidido en nuestras agendas pendientes. Cuidado con caer en una suerte de ‘inbreeding’ intelectual, o solo leer a los que transitan por las mismas debilidades, arrastrados por ideologías caducas, el negacionismo o por designios puramente políticos.

 

The Full Monty

Carlos Meléndez, El Comercio, 6 de junio 2015

 

Esta semana los fanáticos de la buena mesa peruana estuvieron eufóricos. Tres restaurantes que se erigen en medio de combis y bujieros se consagraron en la élite de la gastronomía mundial. Según The World’s 50 Best Restaurants, Central, Astrid y Gastón y Maido ascendieron –a punta de alma emprendedora y ‘pulpines’ del sabor– en la lista privilegiada. Motivo suficiente para seguir soñando con un ticket al Primer Mundo y pasar el trago amargo de la recesión con un buen maridaje.

Pocos saben, sin embargo, que el cuarto mejor restaurante del mundo –Central– lleva cinco procesos judiciales en marcha por la Municipalidad de Miraflores. Hace seis años, dicha autoridad edilicia procuró la clausura definitiva del local aduciendo incompatibilidad del negocio con la localización del predio. Dos acciones de amparo y la impugnación de temas vinculados al proceso han dilatado el trámite judicial, pese al dictamen fiscal favorable a la municipalidad. Central acumula reconocimiento mundial, a la vez que legajos judiciales.

Este caso ilustra la inconsistencia del “milagro peruano”: éxito del emprendimiento nacional, prestigio internacional y pecho vargasllosiano henchido desafiando la ley. Central no es un simple caso de ‘tramitología’ que torpedea al boyante negocio del gourmet, como indica un crítico gastronómico. Más bien revela la ética del ‘boom’ peruano: logros económicos por encima de la autoridad y las reglas institucionales, tensiones subyacentes en la estructura de nuestro “modelo de desarrollo”.

El milagro económico peruano no es tal. No se engañe. Su evidencia “está en todos lados menos en las estadísticas económicas”, como señalan Carlos Ganoza y Andrea Stiglich en su libro [El Perú está calato] “El milagro económico peruano no es tal. No se engañe.” (Planeta, 2015). Dos autores que no pasarían por “chavistas” o “antimineros”, desnudan –desde la tantas veces coronada tecnocracia limeña– el optimismo desabrido impuesto en “Sanhattan”. Ponen a prueba la vieja premisa “no hay crecimiento económico sostenido sin desarrollo institucional”, apoyándose en el análisis y prospectiva de cifras económicas e indicadores institucionales. El resultado, travieso y cruel, desviste nuestra visión de avance económico en un incómodo –aunque necesario– ‘full monty’.

El argumento es sencillo: nuestro modelo de desarrollo ha caído en varias trampas. Primero, creerse el cuentazo del “milagro peruano” cuando solo se trató del boom regional de los minerales. Segundo, apostar por una productividad sin educación, financiamiento, mercado laboral eficiente, innovación, tecnología e infraestructura. Finalmente, las trampas institucionales: informalidad, partidos débiles, incapacidad estatal y poderes estatales ilegítimos.

Para Ganoza y Stiglich, el culpable del entuerto no es el ruido político –lo que los afables opinólogos entienden por ineficiencia de la clase política en facilitarle la vida al interés empresarial–, sino el longevo divorcio entre economía y política. Su solución, aseveran, tampoco pasa por reclutar doctores en economía para ponerles fajines ministeriales y dejarse presionar por los (también despistados) poderes empresariales y mediáticos. Para “vestir al Perú” se requiere de un shock institucional: reformas para partidos nacionales, estables y representativos, un sistema judicial meritocrático, independiente y transparente. La tarea involucra la movilización de todos, estimado ciudadano y comensal; empezando por no aplaudir acríticamente “éxitos” como el del restaurante de Virgilio Martínez, que es como estar calato y llevar solo el sombrero puesto.

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