• Objetivo:
  • Empoderar mediante información y análisis a un millón de peruanos.
  • Sábado 23 de Septiempre 2017
  • Lima - Perú
MENÚ
Comercio Internacional < regresar

Lima-Perú, 09/08/2017 a las 09:08am. por Lampadia

Separemos la hojarasca que oculta el valor del mercado

El verdadero modelo de ‘libre mercado’

¿Es el "libre mercado" lo mismo que el "capitalismo clientelista" (crony capitalism)? Muchas veces se confunde el entusiasmo por el libre mercado con el entusiasmo por negocios específicos o intereses corporativos. El mes pasado, en una conferencia en el Centro de Estudios Políticos en Gran Bretaña, Matt Ridley hizo esta vital distinción, que permite vislumbrar la confusión que hoy lleva a muchos jóvenes a desconfiar de los mercados.

Como dice la Primera Ley de Economía Política según Steven Horwitz: "Nadie odia al capitalismo más que los capitalistas". Matt Ridley dice algo parecido en su reciente libro The Rational Optimist:

“Las grandes corporaciones tienen ineficiencias, complacencias y tendencias anticompetitivas que a menudo me vuelven loco. Al igual que Milton Friedman, observo que las corporaciones empresariales en general no son defensoras de la libre empresa. Por el contrario, son una de las principales fuentes de peligro: "Son adictos al bienestar de las empresas, les encantan las regulaciones que levantan barreras de entrada a sus pequeños competidores, anhelan el monopolio y se vuelven ineficientes con la edad.”

Y es que como dice Ridley en su discurso (traducido y compartido líneas abajo), “En algún momento hemos dejado que el mercado, el más igualitario, liberal, disruptivo, distribuido y cooperativo de los fenómenos humanos, sea conocido como algo reaccionario. No lo es. Es la idea más radical y liberadora jamás concebida: que las personas sean libres de intercambiar bienes y servicios entre sí a su antojo, y así colaboren mutuamente para mejorar la vida del otro.”

Hoy en día, gracias al comercio y a la innovación, la desigualdad mundial se está reduciendo. Se está creando una gran convergencia hacia niveles de vida más altos. Los países excluidos son los que menos dependen de los mercados.

Lamentablemente, los seres humanos sabemos realmente muy poco de nuestra realidad. Por ejemplo, Hans Rosling, profesor de estadísticas en Suecia y creador de “Gapminder”, dirigió el ‘Ignorance Project’ en el que le hacen algunas preguntas a gente común, a profesores de universidades y a periodistas y, en todos los casos, se aprecia como nuestros prejuicios, mitos, o simple ignorancia, nos alejan de interpretar la realidad correctamente. Ver en Lampadia: Hans Rosling y Ola Rosling: Como no ser ignorantes del mundo.

Lo mismo analizó Ridley en su libro, The Evolution of Everything (La evolución de todo), en el que nos dice: “No puedo reconciliar en mi mente esta extraña yuxtaposición de optimismo y pesimismo. En un mundo que nos da una oferta inagotable de malas noticias, las vidas de las personas mejoran y mejoran”. Ver en Lampadia: Mayor bienestar con malas noticias.

La verdad es que “la esencia de la libre empresa es que las personas se vuelven más prósperas trabajando el uno para el otro. (…) Al colaborar a través del comercio podemos hacer cosas que están más allá de la capacidad de la mente humana para comprender. La inteligencia humana es un fenómeno colectivo, un cerebro distribuido, una nube.”

Ridley continúa su discurso diciendo que los experimentos, los modelos de la teoría de juegos, los datos históricos y la geografía de la guerra apoyan la proposición de que el intercambio voluntario hace que la gente sea más agradable y no desagradable, pero que los negocios modernos dependen demasiado de los favores gubernamentales y de los lobbies.

Lo cierto es que hoy, la desigualdad global se ha reducido de manera vertiginosa. Según el economista Xavier Sala-i-Martin, el coeficiente de Gini de los ingresos mundiales, que mide la desigualdad, ha caído desde hace 20 años. Esto lo hizo el libre comercio. Sin embargo, la desigualdad ha aumentado en Gran Bretaña y EEUU, lo que ha llevado a muchos representantes de la academia global de occidente, a apoyar las derivaciones populistas de los políticos que vienen tomando el poder en EEUU y mucho de Europa.

El ‘capitalismo clientelista’ representa los intereses de los más poderosos, mientras que el ‘libre mercado’ representa los intereses de los pobresLampadia

Recomendamos seriamente, leer el artículo de Ridley:

El caso del libre mercado anticapitalista

Matt Ridley
Publicado en CAPX 
12 de julio de 2017
Traducido y glosado por
Lampadia


Vamos a darles a los jóvenes algo revolucionario, liberador y democrático. Vamos a darles libertad.
Foto: GeoffCaddick / AFP / Getty

En el libro Commanding Heights (1998), Daniel Yergin y Joseph Stanislaw dijeron esto sobre lo que Keith Joseph pensaba después de la caída del gobierno de Heath en 1974: "La base del problema fue el consenso de la posguerra, con su promoción del Estado intervencionista. El enemigo era el "estatismo". Lo que había que cambiar era la cultura política del país y la forma de hacerlo era a través de la guerrilla intelectual”.

Esto tiene más relevancia hoy de lo que debería. Ahora que el Thatcherismo (inspirado en el Josephismo), "sale del pensamiento de los conservadores" (esas fueron las palabras de Fraser Nelson al leer el manifiesto de Theresa May), mientras se busca el intervencionismo, no porque funcione, sino porque satisface intereses especiales, ya que el 40 % del país votó por un candidato que prometía nacionalizar todo lo que se movía, crear impuestos a todo lo demás y subsidiar las clases medias llevándolas a depender del gobierno, necesitamos urgentemente repensar a Sir Keith Joseph.

Cerca de una semana antes de la elección, Iain Martin escribió esto:

"Si eres un líder conservador sin un fuerte argumento sobre la creación de riqueza y cómo sucede - hecho con anticipación y repetido en discursos y políticas - entonces no te sorprendas cuando algunos votantes concluyan que este concurso es realmente una competencia entre partidos que ofrecen diferentes tamaños del mismo árbol mágico del dinero."

El mismo día, Jonathan Portes, que no es libertario, describió el manifiesto del Partido Conservador como "el más estatista e intervencionista producido por un partido gobernante en memoria viva".

Sabemos lo que pasó después.

Quiero argumentar que los campeones de los mercados y las empresas necesitan recobrar su radicalismo y reafirmar su derecho a ser disruptivos.

Necesitan distinguir entre los mercados libres que sirven a los consumidores, por un lado, y el ‘capitalismo clientelista’, adicto al bienestar corporativo. Lo que no les gusta a las personas es el corporativismo y eso les lleva a desconfiar de los mercados libres porque no perciben la diferencia.

"Capitalismo" y "mercados" significan lo mismo para la mayoría de la gente. Y eso es muy engañoso. El comercio, las empresas y los mercados son, para mí, lo opuesto del corporativismo e incluso del "capitalismo", si por esa palabra se refiere a las organizaciones de capital intensivo con ambiciones monopolísticas.

Los mercados y la innovación son las fuerzas creadoras-destructivas que socavan, desafían y rediseñan a las corporaciones y las burocracias públicas en nombre de los consumidores. Así es que la ‘gran empresa’, al igual que el ‘gran gobierno’, son el enemigo y, a veces, la ‘gran empresa’ amarrada al ‘gran gobierno’, son lo peor de todo.

En los días de Sir Keith Joseph, el problema estaba a la vista, porque gran parte de las ‘grandes empresas’ estaban nacionalizadas (estatizadas). En la década de 1970, la fabricación de automóviles, la producción de gas, electricidad, agua, teléfonos, estaciones de televisión, líneas aéreas, trenes, autobuses, centrales eléctricas, minas de carbón, pozos de petróleo y muchas otras cosas pertenecían directamente al Estado.

Hoy en día, el problema es menos visible, pero es igual de presente. El porcentaje de puestos de trabajo que literalmente están en el sector público ha bajado a 17 %, un nivel no visto desde 1946. Sin embargo, los bancos y las compañías de energía, las compañías aéreas y los fabricantes de automóviles, las granjas y las organizaciones benéficas, por nombrar los ejemplos más destacados, siendo ostensiblemente privadas, dependen de los favores del gobierno para lograr subsidios, establecer regulaciones que levanten barreras de entrada y permitan cárteles que fijan precios.

Estamos rodeados [en EEUU] por corporaciones tan clientelistas como la East India Company, la Virginia Company o la South Sea Company.  Se llaman empresas privadas o asociaciones público-privadas, o agencias independientes, o universidades, ONG u organizaciones benéficas, pero todas comparten la misma característica: prosperan por alguna forma de favoritismo financiero o regulatorio y dependen delos gobiernos.

Y sirven a los intereses del productor mucho más ávidamente que a los intereses de los consumidores[Algo característico del enfoque empresarial en el Perú durante los años de políticas industriales como la sustitución de importaciones].

La solución al ‘capitalismo clientelista’ no es empeorarlo con políticas industriales  o con un ‘socialismo pleno’, sino romperlo.

Estamos en 2017. Hace cien años el mundo se embarcó en un horrible experimento [el socialismo pleno] que falló una y otra vez, matando directamente, en promedio, a un millón de personas al año, y destrozando aún más vidas de las que mató.

Recordemos que hemos llevado a cabo dos ensayos muy cuidadosos para ver si el ‘socialismo pleno’ o la libre empresa funcionaban mejor. Uno en la península coreana y el otro en Alemania. Los resultados fueron inequívocos. El socialismo fue una catástrofe humanitaria.

El comunismo no era realmente una idea nueva o radical, ni siquiera en 1917. Era simplemente un ingenioso re-envasado de la vieja historia de que el rey sabe mejor. Que el Estado debe decidir cómo planificar y dirigir la sociedadNo importa si su nombre es Ramsés [Egipto] o Augusto [Roma] o Suleiman [Imperio Otomano] o Henry [Inglaterra] o Napoleón [Francia] o Adolf [Alemania] o Vladimir [Rusia] o Josef [Unión Soviética] o Mao [China] o Fidel [Cuba] o Kim [Corea del Norte] o Hugo [Venezuela]. Es la misma receta.

La idea verdaderamente radical fue y es aquella en la que decimos, espera un minuto, tal vez la sociedad no necesita que le digan qué hacer. Tal vez la economía debería ser de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo. Tal vez el orden puede ser sorprendentemente espontáneo. Tal vez la sociedad puede evolucionar.

Este año se celebran otros dos aniversarios significativos. El primero es que, en 1767, hace 250 años, Adam Ferguson publicó su ensayo sobre la historia de la sociedad civil. Que contiene una idea vital: que hay cosas que son "el resultado de la acción humana, pero no la ejecución de algún diseño humano".

Cosas como la lengua inglesa, hechas por la humanidad, pero no planeadas, ordenada, construida o gobernada. No hay gobierno, corte suprema o policía de la lengua inglesa, pero todos obedecemos sus leyes de vocabulario, gramática y sintaxis. Del mismo modo, Internet es algo que evoluciona; no es y no fue diseñado, planeado o administrado.

Mi opinión es que este concepto del orden espontáneo es la idea central de la ilustración, llevada a un pináculo nueve años después por Adam Smith con su mano invisible y aplicada a la biología por Charles Darwin algunas décadas más tarde. Si el idioma inglés puede llevarse bien sin un gobierno, ¿por qué asumimos tan apuradamente que la sociedad inglesa no pueda organizarse?

Para enfatizar este punto, hoy en Londres aproximadamente 10 millones de personas almorzaron. Un problema de una complejidad alucinante, aún más difícil por el hecho de que muchas personas deciden qué comer a último minuto. ¿Quién estaba a cargo de esta asombrosa hazaña?¿Por qué este sistema no está subvencionado? ¿Cómo puede darse con tan poca regulación?

Los que de vez en cuando critican la libre empresa utilizan Facebook e iPhone para organizar sus protestas, beben Starbucks, usan camisetas y zapatos, en algunos casos incluso usan pasta de dientes y champú antes de salir. Nadan en el mar de posibilidades que ofrece la libre empresa.

Otro aniversario. Hace 200 años, en 1817, David Ricardo publicó los ‘Principios de Economía Política’, que trajo el principio de la ventaja comparativa, una idea completamente anti intuitiva que Paul Samuelson describió como la única proposición de las ciencias sociales que es a la vez verdadera y sorprendente.

La ventaja comparativa lleva la división del trabajo de Adam Smith un paso más allá y explica por qué el libre comercio beneficia a todos, incluso a los países que son los peores en hacer las cosas, incluso a los países que son los mejores en hacer las cosas. Pero también, en mi opinión, explica la prosperidad.

Cuando presenté la ley de ventaja comparativa de Ricardo entre los Lores, hace unos meses, una colega del Lib-Dem se rio diciendo que nunca había oído hablar de ella. ¿Qué están haciendo nuestros profesores? ¿Cómo es que nadie parece saber que el comercio no es un juego de suma cero? ¿Cómo es que tanto Bruselas como Washington son  enteramente esclavos del tipo de capitalismo mercantilismo que fue desaprobado hace 200 años? ¿Creen también en la teoría del tratamiento médico mediante sangrías?

Ricardo demuestra que si te especializas, tiene sentido intercambiar y viceversa. Trabajar el uno para el otro es el gran descubrimiento social de la historia humana, que la ha engrasado y frenado, pero en su mayor parte engrasado, durante miles de años, con una increíble aceleración en los últimos 50 años, gracias al libre comercio.

En ese medio siglo hemos pasado en el mundo, de tener 75% que vivía en extrema pobreza, a sólo 9%. Hemos aumentado la productividad humana en un 3,000 %.

Nadie parece saber esto. El difunto Hans Rosling preguntó a la gente en una encuesta, si en los últimos 20 años la proporción del mundo que vivía en extrema pobreza se había duplicado, reducido a la mitad o permanecido igual. Sólo un 5 % de la gente pensó que se había reducido a la mitad - que es la respuesta correcta.

"El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia; es la ilusión del conocimiento", dijo Daniel Boorstin.

La esencia de la libre empresa es que las personas se vuelven más prósperas trabajando el uno para el otro. Cuanto más pasan de la autosuficiencia a la interdependencia, mejor están. Cuanto más se especializan como productores, más pueden diversificarse como consumidores. Y lo que esto significa, por supuesto, es que las redes de intercambio y especialización crean cooperación, colaboración y comunidad en una escala épica.

Al colaborar a través del comercio podemos hacer cosas que están más allá de la capacidad de comprensión de la mente humana. La inteligencia humana es un fenómeno colectivo, un cerebro distribuido, una nube. Como lo señaló Leonard Reed, entre los miles de personas que contribuyen a hacer un simple lápiz, ninguna de ellos sabe cómo hacer un lápiz.

Ese verdadero comunismo, el verdadero colectivismo, es creado por el mercado, no por el Estado. La cooperación más profunda es la que alcanzamos comprando y vendiendo. Es hora de que expliquemos esto a los jóvenes. Nunca lo habrán oído.

Cuando el manifiesto conservador dijo el mes pasado: "No creemos en mercados libres sin trabas. Rechazamos el culto del individualismo egoísta", fue un non-sequitur masivo. O cuando el Papa Francisco criticó recientemente lo que llamó "individualismo libertario", diciendo: "Una característica común de este paradigma falaz es que minimiza el bien común", hablaba a través de su mitra.

¿Qué es más común que la colaboración de millones de personas para hacer, vender y comprar un lápiz, o proporcionar a 10 millones de personas con su almuerzo preferido?

Los mercados libres rechazan, incluso demuelen el culto del individualismo egoísta. Nos hacen pro-sociales. La evidencia de esta proposición es abrumadora: de experimentos, modelos matemáticos, episodios históricos, patrones geográficos. Los experimentos lo apoyan.

¿Su Santidad es consciente de estos estudios?

Como dice el economista Herb Gintis, "las sociedades que utilizan extensivamente los mercados desarrollan una cultura de cooperación, equidad y respeto por el individuo".

La historia apoya la misma conclusión. Las sociedades comerciales han sido siempre las más pacíficas y tolerantes, desde los fenicios y holandeses hasta la moderna Hong Kong. Montesquieu lo llamó ‘comercio doux’, comercio dulce.

En el exilio en Londres, Voltaire encontró que los ingleses "vivían felices juntos" por el comercio. Él dijo:

"Vayan a la Bolsa de Londres... y verán representantes de todas las naciones reunidas allí para el beneficio de la humanidad. Allí el judío, el mahometano y el cristiano tratan unos con otros como si fueran de la misma religión y reservan el nombre de infiel para los que van a la quiebra. Aquí el presbiteriano confía en el anabaptista y el anglicano acepta una promesa del cuáquero. Al salir de estas asambleas pacíficas y libres algunos van a la Sinagoga y otros a tomar un trago."

La geografía de la guerra y la paz también apoya la proposición de que los mercados nos hacen pro-sociales. El predictor más fuerte de que dos países no irán a la guerra no es - como lo dice la sabiduría convencional - si ambos son democracias, pero más bien, si ambos son economías de mercado.

"La democracia no tiene un impacto cuantificable, mientras que las naciones con niveles muy bajos de libertad económica son 14 veces más propensas al conflicto que aquellas con niveles muy altos". Erik Gartzke.

Otro estudio confirma: "en el mundo en desarrollo, el desarrollo económico conduce a la paz entre los estados, mientras que la democracia no".

En resumen, la evidencia es abrumadora de que los mercados no sólo hacen a la gente más rica, sino que también la hacen más agradable, con menos probabilidades de luchar y más propensos a ayudarse mutuamente.

Los mercados libres aumentan enormemente la movilidad social y también nos hacen más iguales. En una economía avanzada, la competencia garantiza que entre el 85 % y el 90 % de los retornos de la producción lleguen a los trabajadores. Los mercados bajan los márgenes. Hoy, en el Reino Unido, el 1 % más rico paga el mismo impuesto que el 50% más pobre.

"Las sociedades que ponen la igualdad antes de la libertad, no obtienen ni lo uno ni lo otro. Las sociedades que ponen la libertad antes de la igualdad consiguen un poco de ambas”. Milton Friedman.

Hoy en día, gracias al comercio y a la innovación, la desigualdad mundial se está desplomando, porque las personas de los países pobres se están haciendo más ricas que las personas de los países ricos. Existe una gran convergencia hacia niveles de vida más altos. Los países excluidos son los que menos dependen de los mercados. Corea del Norte, por ejemplo.

Una vez hice una charla en Oxford y un académico se me acercó y me dijo que estaba preocupado por lo que yo había dicho, ¿no era obvio que la gente más malvada del siglo XX eran todos, sin excepción, capitalistas? Lo miré, preguntándome si esto era una pregunta capciosa. Y, ¿qué pasa con Stalin?, dije. ¿Y Hitler? ¿Mao? ¿Pol Pot? - Está bien, dijo, …aparte de ellos.

¿No es muy extraño, después del siglo 20, la gente esté tan dispuesta a perdonar al Estado y sea tan desconfiada con el mercado?

¿Acaso las tropas de Corea del Norte, Afganistán, Somalia, Congo, Venezuela o Siria son causadas por demasiada libre empresa? No lo creo.

  • El terrible incendio de la Torre Grenfell no fue causado por un exceso de libre empresa; fue causado por malos cálculos o malas regulaciones en el sector público.
  • La crisis del 2008 tampoco fue causada por ‘demasiada libre empresa’. No si entiendes el rol desempeñado por el gobierno chino reduciendo su tipo de cambio, el rol desempeñado por la Reserva Federal en mantener tasas de interés bajas, y sobre todo el rol de las regulaciones gubernamentales que forzaron a Fannie Mae y Freddie Mac a hacer el negocio de los préstamos sub-prime.

La mentira de que la crisis fue producto del libre mercado, y no el corporativismo clientelista ha sido ya desacreditada por los académicos serios.

En mi libro, The Evolution of Everything, señalé que de las seis necesidades más básicas de un ser humano -alimentos, ropa, salud, educación, hogar y transporte-, en términos generales, el mercado proporciona alimentos y ropa, el estado proporciona salud y educación, mientras que el alojamiento y el transporte son proporcionados por empresas privadas con privilegios semi-monopolísticos suministrados por el gobierno.

En las últimas décadas, el costo de alimentos y ropa ha disminuido, mientras el costo de la atención médica y la educación han aumentado. En cuanto al transporte y hogar, en general, las partes que suministra el mercado - aerolíneas de bajo costo y construcción de viviendas - se han vuelto más baratas y mejores; mientras que las partes que suministra el Estado - las infraestructuras y desarrollo urbano - se han vuelto más caras y más lentas.

Es un patrón claro: el mercado hace las cosas más asequibles.

"Cualquier persona que después del siglo XX siga pensando que el socialismo, el nacionalismo, el imperialismo, la movilización, la planificación central, la regulación, la zonificación, los controles de precios, la política fiscal, los sindicatos, los cárteles empresariales, el gasto gubernamental, políticas intrusivas, el aventurerismo en política exterior, la fe en enredar la religión y la política, o la mayoría de las otras propuestas de acción gubernamental del siglo XIX siguen siendo ideas limpias e inofensivas para mejorar nuestras vidas ... no está prestando atención". Deirdre McCloskey

Sin embargo, para el estudiante promedio de hoy, adoctrinado por el estatismo, el "fundamentalismo de mercado" es más peligroso que cualquiera de estos ismos. ¿Cómo puede ser esto?

El comercio también es más verde que el estatismo. El movimiento ambiental ha estado diciendo una gran mentira por décadas. Desde la caída de la Unión Soviética, hemos sabido que el socialismo es mucho peor para el medio ambiente que la libre empresa.

Los ríos soviéticos seguían siendo tratados como alcantarillas; el Volga tenía tanto aceite que los pasajeros delos transbordadores eran advertidos de no lanzar los cigarrillos al agua.

En cuanto al cambio climático, el país que más ha hecho para reducir sus emisiones de dióxido de carbono en los últimos años ha sido Estados Unidos. Esto se ha logrado reemplazando la energía de carbón con las centrales eléctricas a gas a una escala masiva. Este cambio fue impulsado por imperativos comerciales e innovaciones, principalmente la revolución del gas de esquisto, no a políticas del gobierno.

En algún momento hemos dejado que el mercado, el más igualitario, liberal, disruptivo, distribuido y cooperativo de los fenómenos, sea considerado como algo reaccionario. No lo es. El mercado es la idea más radical y liberadora jamás concebida: que las personas sean libres de intercambiar bienes y servicios entre sí a su antojo, y así colaboren mutuamente para mejorar la vida del otro.

En la primera mitad del siglo XIX esto fue bien entendido. Ser seguidor de Adam Smith era ser un radical de izquierda, contra el imperialismo, el militarismo, la esclavitud, la autocracia, la iglesia establecida, la corrupción y el patriarcado.

La liberación política y la liberación económica iban de la manoEl gobierno pequeño era una propuesta progresista. La Revolución Industrial debilitó el poder de la aristocracia y los intereses de los terratenientes y trajo la liberación del grueso dela población.

Pero luego vino Marx y, de repente, en lugar de estar en contra de la tiranía, la izquierda estuvo a favor de ella, siempre y cuando sus pueblos fueran los tiranos. Todos esos siglos de luchar contra el poder de los monarcas y sus secuaces fueron olvidados de repente, cuando hubo la oportunidad de nombrar a tus propios secuaces.

En las artes, se puede detectar el cambio muy claramente. En la primera parte del siglo XIX muchos poetas, novelistas y dramaturgos eran partidarios ardientes del liberalismo clásico, del libre comercio y del gobierno limitado. Ellos estaban contentos de vender sus obras en un mercado de masas en lugar de tener que confiar en un príncipe rico.

Pero a medida que pasaba el tiempo, muchos artistas se volvieron hostiles al liberalismo, prefiriendo confiar en los príncipes socialistas.

Los verdaderos radicales, las personas con una visión de la libertad y el cambio, personas como Cobden y Mill y Herbert Spencer, fueron entonces injustamente depositadas a la derecha. Nadie había pensado que fueran reaccionarios, en su tiempo eran pacifistas, igualitarios, feministas, liberales, internacionalistas, libre-religiosos.

Pero su afecto por los mercados libres, como por la mejor manera de lograr estos objetivos, los catapultó en los ojos del siglo XX, desde la izquierda a la derecha. Salvaguardar la libertad individual, ya no era el principal objetivo de la política; a partir de ahora había que planificar para mantener el bienestar.

Las empresas también abrazaron la intervención del gobierno. A medida que terminaba el siglo XIX, los industriales estaban ansiosos por salir a formar cárteles, o acoger con beneplácito las regulaciones gubernamentales, para extinguir la competencia y erigir barreras de entrada.

Alrededor del año 1900, más gobierno era la respuesta si uno era un comunista que deseaba traer la dictadura del proletariado, un militarista que deseaba conquistar a sus enemigos y regimentar su sociedad, o un capitalista [clientelista] que deseaba construir nuevas fábricas y vender sus productos.

El eclipse del liberalismo fue exhibido en las elecciones presidenciales de Estados Unidos el año pasado, en las elecciones generales de este año del Reino Unido y está - por supuesto - en exhibición permanente en París y Bruselas. El libre comercio se ha estancado. China e India son campeones de los negocios, pero no de los mercados ni de la libre empresa.

Y esto me lleva de nuevo a un punto clave: que el apoyo a la libre empresa es lo opuesto del apoyo a la ‘gran empresa’. Vale la pena recordar que Lenin y Stalin admiraron a las grandes corporaciones norteamericanas con su gestión científica, su plantilla de personal, sus gigantescos requisitos de capital y sus gurús como Frederick Winslow Taylor.

Las ideas de libre mercado son a menudo lo opuesto de los intereses empresariales y corporativos.

"Las personas del mismo oficio rara vez se reúnen, pero la conversación termina en una conspiración contra el público [consumidor]". Adam Smith.

La verdad es que Bruselas, como una capa de meta-gobierno, difícilmente podría ser mejor diseñada para servir los intereses de gigantes multinacionales como Volkswagen, Greenpeace, Shell, Friends of the Earth, Miele, WWF y Airbus.

Apadrinar a la empresa significa defender la destrucción creativa, el dinamismo y el cambio, para defender a las pequeñas y medianas empresas y a los trabajadores independientes que proporcionan la gran mayoría de los empleos en la economía moderna.

Permítaseme mencionar un descubrimiento de ese otro gran economista llamado Smith-Vernon, el economista estadounidense ganador del premio Nobel. Él dice algo que creo que muy pocas personas aprecian.

En los laboratorios de economía experimental que inventó, Vernon Smith descubrió (para su sorpresa inicial) que los mercados de bienes de consumo, como las hamburguesas y los cortes de cabello, son cosas magníficamente eficientes, encontrando precios competitivos y excelentes equilibrios entre la oferta y la demanda incluso en situaciones de información asimétrica y poder.

Ellos expulsan la corrupción y la ineficiencia y producen soluciones casi mágicas. Recordemos de nuevo que hoy en Londres almorzaron diez millones de personas.

En cambio, según Vernon, los mercados de activos -los bienes para acaparamiento y reventa- no son nada eficientes y producen constantemente burbujas y choques. Sin embargo, cuando la gente utiliza la palabra mercado, suelen referirse a este tipo, los mercados financieros. Creo que debemos ser mucho más críticos con respecto a los mercados de activos en este siglo que en el último.

Nos enfrentamos a la urgente tarea de contar todo esto a los jóvenes. Sus maestros no les han dicho nada.

"En las universidades, que deben ser santuarios para la búsqueda de la verdad, los matones de la izquierda nos han estado dando un anticipo de lo que las dictaduras de izquierda intentarían lograr, activamente animados por la casuística de algunos miembros del personal universitario, por la pusilanimidad de otros, y por la apatía de muchos. Y, debo agregar, por cobardía moral en la vida pública”.  Keith Joseph, en un famoso discurso de 1974.

Hoy esto es cierto de nuevo, o más verdad que nunca. Sólo el 7% de los académicos británicos votan conservador. En algunas disciplinas, las universidades se han convertido en algo poco mejor que madrazas para la promulgación de una revolución cultural maoísta. La Gran Marcha Gramsciana a través de las instituciones, en la que los socialistas se embarcaron en los años 60, ha culminado en que los estudiantes votan en masa por un hombre que predica un credo cansado, viejo, reaccionario y autoritario.

Démosle algo más revolucionario, liberador y democrático. Ofrezcámosle libertad.

Esta es la transcripción de la conferencia de Lord Ridley del 2017 Keith Joseph Memorial Lecture to the Centre for Policy Studies.

Matt Ridley es un periodista y autor. Su libro más reciente es "La evolución de todo: cómo emergen las ideas".

Lampadia

Palabras Clave

Artículos Relacionados

Comentarios